Fagnano reportándose

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El jefe de la expedición cumple su promesa a Don Bosco.

Por Néstor Zubeldía, sdb

nzubeldia@donbosco.org.ar

Poco después de la carta de Juan Cagliero, jefe de la expedición misionera a la Argentina, también el primer director salesiano de América, José Fagnano, escribe a Don Bosco compartiendo las experiencias del comienzo del año en su nuevo territorio de misión.

San Nicolás de los Arroyos, 3 de enero de 1876

Queridísimo Don Bosco:

Cumplo mi promesa escribiéndole. Estamos todavía en casa del párroco y de Francisco Benítez porque no se han construido los inmuebles para cuartos y clases. El local hecho es muy pequeño, pero veo buena voluntad en la comisión para ampliar lo que se necesite. 

Don Cagliero hasta ahora quedó en Buenos Aires y espero que venga el día 10 del corriente a vernos y a tomar posesión del colegio. Comienzo a confesar en castellano y a ejercitarme en el ministerio. 

El primer día del año debí ir a rezar misa en Ramallo, aldea distante diez millas de San Nicolás. Son cuatro casas unidas, de las cuales una es la escuela que usamos como capilla ese día.

He aquí cuanto hice: El viernes a las seis, monté a caballo y andando al galope por esos campos, como no había caminos, iba de una estancia a otra (así llaman acá a nuestras “cascine”). Llegué a las diez, todo transpirado. El maestro me recibió, me preparó el almuerzo y luego levantamos el altar en un aula y dispusimos lo necesario para la misa y para administrar algunos bautismos. En la tarde se me tendió en la misma sala un catre y cuando a la noche estaba por acostarme vinieron a pedirme si al día siguiente podía ir a ver a un enfermo a diez millas de allí.

A la mañana me levanté a las cinco, puse el catre debajo del altar de modo que no se viera nada, abrí la puerta de mi catedral y comencé a rezar ante el altar. A las seis oí unos ruidos tremendos. Eran los petardos con que, a falta de campana, se anunciaba la misa. A las siete y media vi aparecer a lo lejos hombres, mujeres y niños, todos a caballo.

Cerca de la capilla, se detuvieron, se apearon y dejaron a los animales pastando, atándoles con una correa las dos patas delanteras para que no se alejaran. Entraron en la iglesia tomando agua bendita y haciendo cuatro señales de la cruz en la frente, la boca y el pecho y luego como nosotros. Están bien en el templo, pero no saben nada porque viven lejos de la iglesia, algunos 10, 20, 30 millas. Algunos se confesaron.

A las diez fueron las autoridades a la misa y debo decirlo, con mucha devoción, pero no rezaban. Creo que realmente no sabían. Después de la misa el juez de paz me agradeció el favor de haber ido a celebrarles la misa y se pusieron a mis órdenes rogándome que volviera siempre que pudiera. Luego bauticé a dos bebés de tres meses.

Almorcé y a las 15 fueron a buscarme para ir a confesar ¡a caballo y andando!. Hacía mucho calor y me cansaba mucho el galope. ¡Paciencia! Llegué a las dieciocho con el muchacho que había ido a buscarme. La casa era de una sola planta, con dos cuartos y un galpón, todo cubierto de paja. Visité al enfermo, lo consolé, le di la unción, y mientras me despedía dejándole una medalla bendecida por el Papa, me rodearon todos los de la familia, pidiendo medallas o crucifijos. Contentos, me invitaron entonces a cenar. Eran las 19.30.

En el patio había un fuego y sobre él media res de ternero asándose. Sólo esperaban mi llegada: dan vuelta al medio ternero y lo ponen sobre un cuero seco de buey. Me dan un cuchillo y me invitan a servirme. ¡Pobre de mí! Corto un trozo, chorreaba sangre… me repugnaba, pero había que apechugar. Lo llevé a la boca. No podía masticarlo. Con un pedazo de galleta y mucha buena voluntad, conseguí tragarlo. Como bebida, agua del arroyo que corría ahí cerca y que nosotros llamamos “ruscello”.

Me disponía a partir cuando di con un señor de a caballo que me invitó a que fuera a dormir a su casa, porque Ramallo me quedaba muy lejos, prometiéndome que a la mañana siguiente me iba a hacer acompañar. Acepté de buen grado porque realmente estaba cansado. Y fui, ¡cuántas novedades en esa casa-estancia! El hombre tenía nada menos que sesenta mil ovejas, diez mil entre bueyes y vacas y tres mil caballos, todo en pleno campo y en los alrededores de la estancia. 

A la mañana me levanté a las 4 y saludando cordialmente al patrón, que ya se hallaba en pie, partí hacia Ramallo, adonde llegué a las 8 y media. Enseguida di la señal de misa con los cohetes y a las diez la pequeña iglesia estaba repleta. Celebré la misa y después del almuerzo volví a San Nicolás.

Le aseguro, querido Don Bosco, que el trabajo consuela tanto que me hace olvidar la lejanía del oratorio, de Don Bosco y de los hermanos. Que el Señor bendiga nuestras fatigas. Aquí estamos todos alegres y esperamos el momento de tener jóvenes para educarlos e instruirlos en la religión. 

Quizás lo he fastidiado con estas bagatelas, pero me sirve de excusa esto: Me parece que estoy conversando con usted y no puedo alejarme de su persona. En sus oraciones, encomiende nuestra pequeña casa y especialmente a su afmo. en Jesús y María 

José Fagnano

P.D.: Todos lo saludan, especialmente don Cassini. Tenga en cuenta a don Ceccarelli, por lo mucho que hace por nosotros y procura todavía hacernos. Envíe un cajón de botellas al capitán Guidard que tan bien nos trató en el barco. Partirá el 14 de febrero desde Génova.

José Fagnano tenía 31 años cuando llegó a la Argentina en la primera expedición misionera salesiana y se convirtió en el primer director salesiano de América. Como sabemos, al llegar a destino, en San Nicolás de los Arroyos, los misioneros se encontraron con que el colegio y la casa que debían habitar estaban todavía a medio construir (ver Boletín Salesiano de abril de 2026). Por eso, debieron alojarse en casa del párroco Ceccarelli. Y como no pudieron recibir alumnos hasta concluir la construcción, aprovecharon ese primer tiempo para mejorar el estudio del español, para recorrer su nuevo territorio y colaborar en la atención pastoral de la zona.

La extensa carta de Fagnano a Don Bosco, de la que seleccionamos apenas algunos párrafos, narra sus experiencias y permite conocer sus sentimientos en esos primeros días en el nuevo continente, lejos de todo lo conocido hasta entonces. Con sencillez y gracia, el nuevo director misionero va comentando a Don Bosco las cosas que le pasaron y las costumbres que más lo sorprendieron como recién llegado; una de ellas, verse obligado a comer carne sanguinolenta al modo de los gauchos, y además sin pan ni vino, cosa seria para un piamontés de pura cepa.

Ramallo, en ese tiempo apenas un caserío a 25 kilómetros de San Nicolás de los Arroyos, tiene actualmente más de veinte mil habitantes. Entre 1878 y 1883, el padre Domingo Tomatis, del mismo grupo de misioneros, fue el primer párroco de esa localidad a orillas del Paraná. 

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – SEPTIEMBRE 2026

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