En la Boca del Diablo

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Cagliero, el primer salesiano que visitó el barrio porteño de La Boca.

Por Néstor Zubeldía, sdb

nzubeldia@donbosco.org.ar

El 17 de agosto de 1876, cuando todavía no había cumplido un año de misión en América, Don Cagliero escribió a Don Bosco confiándole dos de sus muchas tareas y preocupaciones recientes: “Me ocupo de la Patagonia y de un oratorio en la Boca del Diablo”, le dijo. Don Bosco no cesaba de insistir, en cuanta ocasión tenía, sobre la importancia y la urgencia de llegar a la Patagonia. Cagliero, por su parte, no dejaba de aclararle a la distancia las dificultades que eso suponía. En otra carta del año siguiente, le explicaba a Don Bosco con mucha confianza: “En lo tocante a la Patagonia, le repito que no hay que correr con velocidad eléctrica ni navegar a vapor, porque para esta empresa los salesianos todavía no están preparados. Hay que reconocerlo. La empresa es fácil de idear, pero difícil de realizar y apenas si somos recién llegados”. 

“El cura de las medallitas”

Mientras tanto, había una preocupación que Cagliero percibía en ese tiempo más cercana y urgente. Tenía que ver con sus propios paisanos italianos, que vivían hacinados en las afueras de Buenos Aires, en el pequeño puerto junto a la desembocadura del Riachuelo de los navíos, que con cada sudestada quedaba anegado por la inundación. Los italianos de la Boca eran acusados de haber llevado a cabo el incendio del colegio de los jesuitas y del arzobispado el año anterior, cuando los salesianos aún no habían llegado a la ciudad. Por eso los misioneros llamaban a la barriada del Riachuelo “la Boca del Diablo”. Esa misma situación hacía que se interesaran por la pobre gente que vivía allí, aislada y abandonada por todos. Para llegar a La Boca, había que salir de la ciudad y animarse a cruzar el peligroso “tragaleguas”, como se llamaba a lo que hoy es la avenida Almirante Brown, que en ese tiempo era un baldío rodeado de matorrales.

Los italianos de la Boca eran acusados de haber llevado a cabo el incendio del colegio de los jesuitas y del arzobispado el año anterior.

Hacia allí fue a pie don Cagliero una tarde primaveral de 1876, con los bolsillos de la sotana llenos de medallitas de la Virgen. Cuando llegó a la zona de las tabernas y los muelles, cerca del Riachuelo, la gente empezó a mirarlo con sorpresa y desconfianza y los pibes a acercársele. Él mismo escribió muchos años después al padre Bonetti recordando esa experiencia: “¡Imaginate! Cuatro muchachotes se me acercaron como para tirarme al agua. En ese momento metí la mano en el bolsillo y arrojé un puñado de medallas doradas. Ellos habrán pensado que eran monedas y empezaron a pelearse por juntarlas. Yo aproveché la distracción para escabullirme como pude y salir corriendo por donde había venido”.

“Metí la mano en el bolsillo y arrojé un puñado de medallas doradas. Ellos habrán pensado que eran monedas y empezaron a pelearse por juntarlas. Yo aproveché la distracción para escabullirme”.

“Cuando monseñor Aneiros se enteró, me reprendió muy preocupado por la imprudencia y porque hubiera ido solo. Entonces le pedí poder cometer una segunda imprudencia y volver acompañado. Y le pedí también que nos encargara a los salesianos de la parroquia de la Boca, que nosotros la íbamos a cambiar. Fui el primer salesiano que visitó la Boca”. 

Cagliero le dijo en ese momento al arzobispo que necesitaba volver a ver lo que había sembrado. Y cuando Aneiros le preguntó qué había sembrado, le respondió: “Medallas, monseñor”. Cuando volvió poco después a la Boca, siempre de sotana, enseguida se corrió la voz de que andaba de nuevo por el puerto u preve da madunnine, que en genovés quiere decir: “el cura de las medallitas de la Virgen”.

“¡Basta para Buenos Aires!”

Antes de que llegara el verano, Cagliero escribió nuevamente a Don Bosco diciéndole: “Hoy me dijo Espinosa (el secretario del arzobispo Aneiros) que nos preparemos para recibir la parroquia de la Boca. He dicho que sí. Así tendremos, en el centro, la Mater Misericordiae; en el oeste, (en lo que hoy es el barrio de Almagro) San Carlos; al sur, la parroquia de San Juan Evangelista (La Boca) y… ¡Basta para Buenos Aires! ¡Después a la Patagonia! ¡A la Patagonia! Hasta ahora me han conmovido más los indianizados que los indios. Hasta enero no podré dar noticias de la Patagonia, adonde iré con el señor arzobispo”

Pero esa vez, ni Cagliero ni Aneiros pudieron llegar hasta la Patagonia como lo habían planeado. Efectivamente, no sería cosa fácil y todavía les llevaría algunos años y varios intentos. Pero eso ya es otra historia.

El 20 de mayo de 1877, los salesianos se hicieron cargo de la parroquia de San Juan Evangelista en la Boca del Riachuelo. Monseñor Aneiros designó como primer párroco al padre Francisco Bodratto, que había llegado a fines del año anterior a la cabeza de la segunda expedición misionera. Fue la primera parroquia confiada a una congregación religiosa en la Argentina y la primera a cargo de los salesianos en todo el mundo.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – OCTUBRE 2026

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