
Por: Néstor Zubeldía
nzubeldia@donbosco.org.ar
Me llamo Ángel. Nací en un pueblito medieval de la Toscana. ¿Será por haberme criado en un ambiente tan maravilloso que desde pequeño tuve una especial conexión con la naturaleza? Aprendí a comunicarme con las aves, las abejas y las flores. Y también con Dios, que se manifestaba de tantos modos en mi familia sencilla y en mi entorno, como en la impresionante abadía de San Galgano, que lleva el nombre de un paisano nuestro del siglo XII. Ya mayor, fui a estudiar con el doctor Milani, un reconocido cirujano dentista de Siena, la capital de la provincia. Y estrené el siglo XX con mi certificado de aptitud y habilidad en odontología. Todavía no me imaginaba adonde me llevarían esas cualidades y ese oficio en el que me sentía realmente en lo mío.
Fue en ese tiempo cuando mi párroco me acompañó a Turín y me presentó a don Rua, el primer sucesor de Don Bosco. Aunque hasta entonces no conocía a los salesianos, enseguida me sentí a gusto entre ellos. Unos años después llegó desde América el padre Esteban Pagliere. Era el primer sacerdote salesiano argentino y, tras la partida de monseñor Cagliero, había quedado al frente de las misiones de la Patagonia. Me invitó a viajar con él a la Argentina y acepté sin dudarlo. Sabía que implicaba un desafío, pero en el Piamonte y en la casa de Don Bosco, la Patagonia y las misiones despertaban una especial fascinación.
Al llegar a Buenos Aires fui aceptado para hacer el noviciado en Bernal, en las afueras de la ciudad. En enero de 1911 hice mis primeros votos como salesiano coadjutor. Después me quedé en la capital para perfeccionar mi profesión de dentista en la clínica del doctor Buljevich. Hasta que en 1913 fui enviado a Viedma, al famoso hospital San José, que era el primero de la Patagonia, fundado por monseñor Cagliero en 1899. Lamentablemente llegué tarde para conocer al célebre “padre dotor” Evasio Garrone. Él había fallecido en 1911, agotado de tantas fatigas y recordado por todos los enfermos en la comarca. Pero gracias a Dios llegué a tiempo para compartir casi veinte años junto a don Artémides Zatti, salesiano coadjutor como yo, sacrificado enfermero y alma mater del hospital. En Viedma lo llamaban “el médico y el pariente de todos los pobres”.
Años después fui enviado a Fortín Mercedes, siempre dedicado a mi profesión. Los salesianos levantaron allí, a orillas del río Colorado, un enorme complejo, con escuelas, casa de formación y un hermoso santuario dedicado a María Auxiliadora. Mientras la salud me lo permitió, continué atendiendo a los enfermos. Siempre me sentí hermano entre hermanos en mi comunidad. Siempre fui feliz poniendo mis humildes talentos al servicio del prójimo.
Ángel Mori nació en Chiusdino, Italia, el 10 de noviembre de 1870. En 1910 llegó a la Argentina acompañando al pro vicario de la Patagonia, padre Esteban Pagliere. Al año siguiente, después de hacer el noviciado en Bernal, profesó como salesiano coadjutor. Vivió y trabajó diecinueve años en el Hospital San José de Viedma. Y otros diecisiete, en Fortín Mercedes, siempre ejerciendo su oficio de dentista. Como de san Artémides Zatti, también de él se decía que curaba no solo con su ciencia sino además con su palabra y con su testimonio. Murió de cáncer el 9 de agosto de 1949, a los setenta y nueve años de edad. Sus restos descansan en el panteón salesiano del cementerio de Pedro Luro.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – SEPTIEMBRE 2026
