Me llamo Marie Magdeleine

Compartir

Por: Ana María Fernández, fma

anamferma@gmail.com

Me llamo Marie Magdeleine. Nací en Francia en 1857. Cuando era adolescente vivía en Marsella y allí escuchaba hablar de un cura llamado Don Bosco que atraía a la gente con su palabra y con los milagros que hacía en nombre de María Auxiliadora. Papá era médico, pero con toda su ciencia no podía explicar lo que él hacía con solo un Ave María. 

Corría el año 1877. Alguien me contó que en Italia, Don Bosco había fundado un Instituto que hacía por las chicas lo que él con sus salesianos hacían por los chicos y que estaban por abrir una casa aquí en Francia, en Niza. Al poco tiempo sentí que una semilla nueva me estaba creciendo adentro.

Me faltaba poco para cumplir los 20 años. En casa lo tenía todo, pero convencí a mis padres y me fui a Mornese para comenzar mi formación. Allí conocí a la madre Mazzarello y en seguida me sentí contagiada por el ardor apostólico y misionero que reinaba en la comunidad y por el ansia de santidad que se respiraba entre esas paredes. Un cartel decía: “Casa del Amor de Dios”.

En noviembre despedimos a un primer grupo de hermanas que partía para América con algunos salesianos. El año siguiente se empezó a organizar otra expedición. Yo no lo pensé dos veces y me ofrecí. La Madre, que tenía ojo clínico, me miró y dijo que sí. Pero yo no era ni siquiera novicia. En esa época estas cosas se arreglaban pronto. Para la fiesta de la Inmaculada de 1878, como se acercaba la hora de partir, junto con otras tres compañeras ¡nos convertimos en novicias y profesas en el mismo día! ¡No podíamos creerlo!

Así pertenecí al primer grupo de hermanas que llegaron a la Argentina en enero de 1879. Nuestra casa estaba en el barrio de Almagro, en las afueras de la ciudad. Después estuve en San Isidro y en Morón, bastante cerca de Buenos Aires. Este tiempo de pobreza y sacrificios me preparó para la vida más difícil que comenzó para mí en 1886, en Carmen de Patagones y luego en Pringles. Allí tuve que abrir la misión y me quedé diez años como directora y como «médico» de la pobre gente y los indios de los alrededores. Con papá había aprendido muchas cosas que me vinieron muy bien. Se comenzaba sanando el cuerpo y después el Evangelio llegaba más fácilmente al corazón.

Más tarde pasé a la misión de Fortín Mercedes, junto al río Colorado. Teníamos muchísimo trabajo. A la escuela, al oratorio, se nos agregaba el cuidado de la ropa de los salesianos y de todos sus chicos, más la cocina para tanta gente. 

En 1908 llegó la hora de la lejanísima Junín de los Andes, donde había florecido la santidad de Laurita Vicuña. Fue una odisea llegar hasta allá. El viaje duró 22 días desde Buenos Aires. Primero fuimos en tren hasta Neuquén, pero luego, desde Neuquén a Junín resultó muy penoso. Tuvimos que subir por escarpadas cuestas y bajar por descensos casi verticales. Nos ayudaban varios peones, otros conducían la pobre carreta y atrás, seguían los animales con la carga. A veces las mulas se empacaban. ¡Cuántos peligros pasamos!

Ya en la casa, en los días de muchísimo frío, tratábamos de calentarnos con el fuego de la caridad…

Como a todas, también para mi pasaban los años y la salud ya no era la misma. Después de cuatro años pasé a la casa de Roca. No podía hacer muchas cosas, trataba simplemente de ser buena, de confiar en la Providencia, de vivir la dulzura y el amor concreto hacia todos, aunque costara muchos sacrificios. Les contaba a las hermanas y a las chicas lo que recordaba de las enseñanzas de don Bosco y de la madre Mazzarello.

Al fin, tuve que dejar la misión y me trasladaron a Bahía Blanca para atenderme mejor. La Eucaristía me sostuvo en los momentos más difíciles hasta que el Señor me llamó el 21 de marzo de 1915. ¡Fui una misionera feliz!

BOLETÍN SALESIANO DE ARGNTINA – JUNIO 2026

Noticias Relacionadas

Ensayo general

Primer tiempo. Los primeros misioneros en América descubren otra forma de ser salesianos.

“Encontrarán siempre en mi un padre amabilísimo”

De puño y letra El arzobispo de Buenos Aires recibe a los primeros misioneros salesianos.

La Mater

Primer tiempo La iglesia de los italianos, y de los salesianos.

Me llamo Ernesto Benedetto Stefano

En primera persona. Un relato en primera persona de Ernesto Benedetto Stefano.