«Me quedo con Don Bosco»

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El vínculo entre jóvenes y adultos, la cordialidad y la amabilidad en el trato, características de la Obra Salesiana en Concepción del Uruguay.

Por Ezequiel Herrero
boletin@donbosco.org.ar

Manuela tiene 17 años y está terminando la escuela secundaria. El año próximo piensa comenzar a estudiar para ser docente, porque no se imagina su vida sin un patio salesiano. Como un anticipo de lo que vendrá o como una confirmación de su vocación, cada sábado vuelve a la Casa Salesiana para animar en el oratorio.

Vanina relata orgullosa que el año pasado obtuvo su diploma por el curso de carpintería que realizó, pero el egreso no significó un retiro. Este año volvió a inscribirse y ahora se está capacitando en soldadura. Al mismo tiempo los sábados colabora en el comedor de la parroquia que asiste a los vecinos del barrio.

Tomás estudió con los salesianos desde el nivel inicial hasta el secundario. Pero cuando llegó el momento de continuar la formación superior, se fue a vivir a Rosario. Cambió de casa, de ciudad, pero no cambió el amor por Don Bosco y siguió participando en los grupos juveniles de esa ciudad, al igual que lo hizo durante toda su secundaria en Concepción, donde ahora volvió y trabaja como profesor.

Silvia es docente del nivel primario y está próxima a jubilarse. Al recordarlo se le llenan los ojos de lágrimas, que mezclan el agradecimiento por todo lo vivido y la nostalgia por tener que dejar ese patio tan querido para ella. Ese mismo patio en el que la acompañaron y al que decidió volver después de haber atravesado el dolor más grande que una mamá puede afrontar.

Agustina tiene 23 años y está estudiando medicina, porque reconoce que su vocación es siempre ayudar a los demás, algo que también despliega como animadora del oratorio desde hace varios años. Y, como expresión de ese compromiso que desea extender para toda la vida, hizo su promesa como salesiana cooperadora.

Estas historias de vida nos pueden ayudar a entender por qué, de una u otra manera, en Concepción del Uruguay, todos vuelven con Don Bosco.

“Te vas a encontrar con una familia”

“Cuando entré me cautivó el clima de familia. Me acuerdo cómo me recibieron todos, era como que siempre hubiera estado en la casa y a mí eso me llenó el alma”, recuerda Silvia, directora del nivel primario, Don Bosco.

El vínculo entre jóvenes y adultos, la cordialidad y la amabilidad en el trato son algunas de las características que Fernando Saade, director de la obra, identifica como rasgos distintivos de esta presencia de Don Bosco, en las orillas del Río Uruguay.

Manuela, alumna del último año del colegio, destaca algo similar: “Esta escuela tiene eso de ser familia, la fraternidad. El que venga se va a encontrar con un lugar donde puede ser uno mismo, siempre hay alguien con quien charlar y contarle lo que le pasa. Se va a encontrar con una familia».

Ambas forman parte de la escuela cuya propuesta se extiende desde el nivel inicial hasta el nivel secundario. Además esta Casa Salesiana cuenta con una variada propuesta de grupos juveniles, la parroquia –una de las más antiguas de la ciudad– y diferentes capillas: San José, San Isidro y el Centro Pastoral Laura Vicuña. “La idea es generar una dinámica comunitaria más fuerte, con presencia de los jóvenes y abierto al que llega”, explica Fernando Saade.

La propuesta se completa con algunos servicios pensados directamente para quienes tuvieron menos oportunidades. El Centro de Formación Profesional abre sus puertas todas las tardes y noches para recibir a estudiantes de diferentes barrios que buscan capacitarse para fortalecer sus trayectorias laborales, o simplemente compartir un espacio de familia, tan escaso como necesario.

De una u otra manera, en Concepción del Uruguay, todos vuelven con Don Bosco.

Vanina es una de ellas, primero eligió hacer el curso de carpintería y actualmente se encuentra realizando el de soldadura. “Desde que falleció mi mamá yo entré en un estado depresivo. Un día mi cuñada me llevó a hacer un curso de costura en el Laura –una de las comunidades que tiene vínculo directo con la parroquia– y me gustó. Ahí estaban entregando folletos y me anoté para los cursos de Formación Profesional. Después me invitaron a dar una mano en el comedor –que ofrece cada fin de semana entre 100 y 120 raciones de comida– porque había una chica que un sábado no podía ir y acá estoy desde hace tres años vengo todos los fines de semana”. Ella también destaca el clima de familia y el buen vínculo con sus compañeros: “Acá hay mucho compañerismo, entre los chicos, con el profe, hay mucha
unión, tratamos de ayudarnos unos a otros. Llego a mi casa y ya quiero volver, porque acá me olvido de todo, me despejo, tanto en el comedor como en el taller”.

Algo de eso es lo que le pasó a Tomas –docente del nivel secundario– “Uno tiene el recuerdo de vivir todos los días acá, prácticamente”, expresa al recordar sus años como alumno y animador de los grupos juveniles. “Venía todos los días a la escuela, después en el secundario el viernes a la tarde ya nos quedábamos a participar de los grupos juveniles, y los sábados también, porque a la tarde íbamos al oratorio. Además fui catequista los sábados a la mañana, así que pasaba todo el día acá”.

Una vez finalizado el secundario Tomás tuvo la oportunidad de irse a estudiar a Rosario, donde compartió pensión y vida con otros exalumnos de su misma casa salesiana. Y donde también siguió en contacto con el carisma, ya que se sumó a animar en los oratorios de esa ciudad.

Dios está en el compromiso con los demás

La vocación y el compromiso por ayudar a los demás son dos de las características que Tomas reconoce lo marcaron para toda la vida y las experimentó por primera vez en esta Casa Salesiana. Manuela también destaca que durante sus años como alumna sus docentes y animadores fueron quienes la ayudaron a mirar a los demás y comprometerse con los que menos tienen. “El oratorio lo conocí por un voluntariado del colegio. Acá te enseña mucho a mirar al de al lado. Por ahí uno muchas veces está muy metido en lo suyo y no termina mirando al otro. Pero el oratorio tiene esa sencillez, que te ayuda a mirar esa realidad que a veces uno no ve por estar tan metido en lo suyo”.

A Ian, animador de Camprevoc y alumno del último año del secundario le ocurre algo similar: “Para mí pensar en el otro es esencial, porque sin el otro no sos vos”.

Esto mismo fue lo que aprendió e hizo carne Claudio “Pocho” Lepratti, exalumno de esta casa, asesinado en diciembre del 2001. “El Pocho era un buscador que trataba de vivir el Evangelio, ya sea en la congregación o en alguna organización social, pero el sentido fue siempre el mismo, que no te resbale, que no te pase por al lado el grito y la necesidad de los jóvenes”, explica el hermano Fernando Saade.

“Pocho Lepratti –exalumno de esta Casa Salesiana– trató de vivir el Evangelio, sin que le pase por al lado el grito y la necesidad de los jóvenes”.

Al igual que Pocho, Tomás, también es exalumno y conoció parte de su trabajo recorriendo los barrios de la periferia de Rosario. El explica que Pocho “fue un militante social, político, sindicalista, catequista; fue alguien que siempre estuvo para para los demás. Y fue un adolescente como cualquiera de todos los que transitan estos patios, que pasan por nuestras escuelas, que están en nuestras comunidades barriales. Él se enamoró de una propuesta de fe, la de Don Bosco, la de Jesús”.


Más de dos décadas después, muchas de estas características y búsquedas siguen estando presentes entre los jóvenes y adultos que transitan esta Casa Salesiana. “Yo encuentro mucho a Dios en los chicos, en el oratorio, cuando voy al barrio, en el abrazo, en la sonrisa, cuando confían en vos, cuando saben que pueden ser escuchados”, reconoce Andrea y completa que también lo encuentra en sus límites y en los desafíos que enfrenta.

A Manuela le pasa algo similar cada vez que concurre al oratorio; ese es su espacio privilegiado para el encuentro con Dios a quien siente “como un amigo, al que le puedo contar mis problemas, que siempre me escucha, que está para mi”.

Manuela, Tomás, Vanina, Silvia y Agustina –al igual que tantos otros jóvenes y adultos– eligieron y siguen eligiendo quedarse con Don Bosco. Eso no fue por azar. No. En la Casa Salesiana de Concepción del Uruguay vivieron y aún siguen viviendo algo tan significativo que los marcó para toda la vida: alguien se preocupó por ellos y, con una sonrisa se arremangó y los ayudó a caminar. Pero lo hicieron con una convicción: es Dios el que actúa y los quiere felices. Y, como hizo Don Bosco, les mostraron que ellos también podían hacerlo: dar su vida y ayudar a otros a vivir plenamente, aquí y en la eternidad. Eso no se olvida ni se abandona.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – OCTUBRE 2026

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