Mundos sonoros e inclusión

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La postulación del chamamé ante la Unesco para integrar el patrimonio de las grandes expresiones culturales de la humanidad, despertó gran expectativa. Los pueblos del Nordeste resignifican en torno a él sus identidades. En su música, como en su poesía y su baile, se unen tradiciones, memorias colectivas, sentimientos por la propia tierra, hermandad entre los pueblos. Sin embargo, en algunos sectores tuvo tanta subestimación este estilo musical que escuchar al “Chango” Spasiuk en el Teatro Colón, no dejó de causar sorpresa.En el Gran Buenos Aires se lo vincula directamente a la población que llegó a trabajar en la cadena industrial del conurbano, “con una mano delante y otra detrás”, y lamentablemente al igual que esa gente quedó estigmatizado.
Barreras estéticas, prejuicios sociales y culturales que otros lenguajes musicales del mundo supieron derribar. La incorporación o no del chamamé dentro del mapa musical argentino plantea otro dilema: si excluir o incluir a quienes producen esta música, la transmiten, la interpretan, cantan o bailan. ¿Es posible pensar la diversidad creativa en un contexto de estratificación social al que no es ajena la cultura? La Unesco podrá favorecernos, pero no resolverá nuestro problema. En una tierra sembrada de diferencias, conciliar el derecho de grupos con identidades diversas es la tarea.
Una danza encierra el misterio de la vida en el Nordeste. Por sus venas corre un mundo sonoro de guaraníes, jesuitas, inmigrantes y criollos que aquí se encontraron. “Un rezo hecho canto” que fluye como el río sin pedir permiso. Gente que danza su historia.

María Lucía Cantini, hma
Boletín Salesiano, septiembre 2017

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