Un amor entrañable

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Los creyentes de los primeros tiempos reconocieron en María ese amor profundo, “desde las entrañas”, que viene de Dios mismo. Así lo refleja una de sus oraciones más antiguas.

Por Alberto Capboscq, sdb
albertosdb@gmail.com

“Bajo tu amparo nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos
en nuestras necesidades;
antes bien, líbranos siempre
de todo peligro,
¡Oh Virgen gloriosa y bendita!”

Muchos conocemos esta oración de la Bendición de María Auxiliadora. Incluso puede que algunos hasta conozcan su comienzo en latín, Sum tuum praesidium confugimus. Lo que quizás no nos sea tan familiar es el dato de que se trata de una de las oraciones más antiguas a la Virgen, si no la más antigua.

Efectivamente, se la encuentra en un fragmento de papiro de mediados del siglo III —hacia el año 250—, conservado en la Biblioteca John Rylands, de la Universidad de Manchester (Inglaterra), y que fue estudiado por el experto Edgar Lobel (1888-1982). En ese documento, la oración está en griego antiguo y, traducida, reza así:

Bajo tus entrañas misericordiosas
nos refugiamos, Madre de Dios.
No desprecies nuestras súplicas,
sino rescátanos de los peligros
Oh tu sola pura, tu sola bendita.

Es lindo descubrir que lo que en nuestra versión castellana se denomina “amparo”, se refería a las “entrañas” —literalmente: “buenas entrañas”, de allí “entrañas misericordiosas”—. Aquí resuena el eco de muchos pasajes de la Escritura, el del conocido canto de alabanza de Zacarías —el Benedictus—, tras el nacimiento de su hijo Juan, el Bautista: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto…” (Lc 1,78). O incluso también esto nos evoca la audaz y estremecedora expresión en el libro del profeta Oseas: “Mi corazón se me revuelve dentro, a la vez que mis entrañas se estremecen. No ejecutaré el ardor de mi ira, no volveré a destruir a Efraím, porque soy Dios y no hombre” (Os 11,8–9).

Efectivamente, el término hebreo rahamîn significa las “vísceras”, “entrañas” —plural del término réhem: “seno materno”, “útero”— y habla de un apego hondo, instintivo, como se presume que es el amor materno. Por ello, refiriéndose a Dios, frecuentemente es vertido a nuestro idioma como “misericordia”, “ternura”. El griego imitó ese uso, hablando entonces de splágna, también plural con el mismo significado que el término hebreo. 

El término hebreo rahamîn significa las “vísceras”, “entrañas”, habla de un apego hondo, instintivo, como se presume que es el amor materno.

Y así, por ejemplo, en el relato de Jesús que cura al leproso, donde suelen decir nuestras traducciones: “Compadecido de él, Jesús extendió su mano, lo tocó y le dijo: ‘Quiero, queda limpio’” (Mc 1,41), la palabra que hay detrás del “compadecido” es “conmovido en sus entrañas”. O también en la escena de la multiplicación de los panes, todo se pone en marcha porque “Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: ‘Me da lástima esta gente, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer’” (Mt 15,32), también aquí el texto pone en boca del Señor: “Se conmueven las entrañas por esta gente…”. Muchos otros pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento hablan en términos semejantes.

Los creyentes de los primeros tiempos reconocieron en María ese mismo “amor entrañable”, que las Escrituras describen respecto de Dios y de Jesucristo, y es al que apelaron al dirigirse a ella en la oración: “Nos refugiamos bajo tus entrañas misericordiosas”, “Acudimos a tu amor entrañable…”, “Sabemos de tu profundo y maternal cariño para con nosotros…”

Quizás al rezar nuestra plegaria “Bajo tu amparo…”, personalmente o el recibir la Bendición de María Auxiliadora, nos ayude recordar que estamos buscando refugio en el regazo de Aquella que encarna —muestra y realiza— el amor entrañable de Dios mismo.

BOLETIN SALESIANO – MAYO 2021

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