La experiencia de un docente salesiano en el continente blanco.

Por: Ezequiel Herrero y Valentina Costantino
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¿Alguna vez tuviste el deseo de mudarte a otra ciudad, a otra provincia, a otro país o a otro continente? ¿Qué pasaría si ese lugar se ubicara a más de mil kilómetros de la ciudad más cercana? ¿Y si por momentos la sensación térmica llegara a -40 grados?
“Mi esposa y yo somos nacidos en la provincia de Formosa. Hicimos toda la carrera del profesorado de educación en ese lugar, trabajamos dos años ahí en Formosa, después uno en Chaco y finalmente algunos compañeros se habían ido a vivir a Tierra del Fuego, y nosotros también nos sumamos a esa experiencia” .
Actualmente Gustavo Olivera es profesor del colegio María Auxiliadora de Río Grande y reconoce que desde que se enteró de la existencia de una escuela en la Antártida, enseñar allí se convirtió en su sueño.
Claro que como todo proyecto para cumplirse implica esfuerzo, dedicación, e insistencia. “Para venir acá hay que cumplir una serie de requisitos y nosotros en el 2017 habíamos quedado preseleccionados, pero en esa oportunidad no se nos dio y la verdad que nos pinchamos un poco” reconoce Gustavo. “Pasó un tiempo, llegó Gerónimo nuestro hijo menor y luego volvimos a intentarlo. Si realmente hay deseo, ganas, uno tiene que ir detrás de esos deseos. Creo que fueron tres o cuatro veces que nos volvimos a inscribir, y el año pasado fuimos seleccionados”.
El sueño de enseñar y trabajar en la Antártida comenzaba a hacerse realidad.
“Una formación integral”
“El territorio antártico argentino cuenta con trece bases: siete permanentes y seis que son solamente operativas en verano. Base Esperanza es una de las que operan durante todo el año, y es la única que alberga familias. Acá cada persona tiene un rol específico, algunos se encargan de la organización de víveres, otros del sector de sanidad, otros del sector meteorológico, y otros, por ejemplo de llevar adelante una radio”, explica Gustavo. Además, desde el 2023 cuentan con un módulo de hidroponía, una estructura diseñada para cultivar plantas en ese contexto climático.
Por supuesto, la educación es otra área importante para atender. Por eso, Gustavo como coordinador, y Susana como directora, tienen la responsabilidad de llevar adelante la educación primaria de cinco estudiantes, hijos e hijas de los matrimonios que residen allí, en ese contexto tan asombroso como hostil.
No se trata solamente de asegurarse que los chicos y chicas cuenten con el material didáctico y biográfico correspondiente, sino también de “generar un espacio donde se sientan acompañados y queridos”.
“El carisma salesiano está muy presente. Acompañamos desde el Sistema Preventivo de Don Bosco, intentamos anticiparnos de las cosas, y ofrecer una propuesta de formación integral”, comparte Gustavo quien junto a su esposa han trabajado alrededor del carisma durante muchos años. “La obra de Don Bosco tiene tres pilares: la religión, la razón y el amor, la “amorevolezza”. Acá, especialmente lo último, es muy importante. No se trata solamente de amar a los niños, sino también de que se sientan amados”.
“Somos todos uno”
En total son 58 personas quienes habitan en la base. En un contexto donde realizar actividades al aire libre no es una posibilidad de todos los días, los momentos de encuentro se priorizan en toda la comunidad. Y allí nuevamente la escuela es el lugar que cobra protagonismo. “Los domingos por ejemplo las familias nos encontramos en la escuela, compartimos unos mates, los chicos aprovechan los juegos que hay ahí, nos acompañamos, es como la placita del barrio”
“En esta comunidad tenemos que tener la mirada atenta, ver de qué manera nos podemos dar una mano, ir hacia una misma dirección. Acá somos todos uno, nadie sale a flote solo. Nos tenemos que ayudar entre todos”, afirma Gustavo.
Si bien los desafíos, las responsabilidades y las tareas son muchas, también lo son las experiencias y los momentos de alegría. Gustavo y Susana enseñan catequesis a una de las niñas más grandes de la base con la ilusión de que a fin de año, si las condiciones están dadas, pueda realizar la primera comunión en la Antártida: “Creo que Dios y María nos regalan cosas y oportunidades maravillosas. Estar acá es un regalo y lo tenemos que aprovechar de la mejor manera, cumplir esta misión, que era un gran deseo que teníamos”.
El trabajo en equipo, la unión, la vida en comunidad, la atención hacia los demás… Gustavo asegura que así como ellos llevaron su experiencia como educadores –y educadores del carisma de Don Bosco– a otro continente, son también muchas las enseñanzas que regresaran con ellos a casa. Pero principalmente, entender que los sueños tienen sus tiempos y su esfuerzo, y que “todo lo que se realiza o lo que no se realiza en su momento, es voluntad de Dios”.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JULIO 2026




