La cocina de Mamá

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El “Comedor Mamá Margarita” del barrio porteño de La Boca.

Por: Andrea Argañaraz 

pastoral@sanjuanevangelista.edu.ar

Cada domingo por la mañana, cuando se abre la persiana en la calle Lamadrid 447, del barrio porteño de La Boca, comienza mucho más que la entrega de una vianda. En ese gesto sencillo se renueva una certeza que atraviesa la historia de nuestra Casa Salesiana San Juan Evangelista: nadie debería sentirse solo frente a sus necesidades.

El comedor dominical, conocido durante muchos años como “Comedor Mamá Margarita”, nació como respuesta a una realidad concreta del barrio. Como tantas obras inspiradas por Don Bosco, surgió al descubrir necesidades urgentes y al decidir no permanecer indiferentes ante ellas. Con el paso de los años fue transformándose, adaptándose a los cambios sociales y a las distintas realidades que atravesaron nuestra comunidad.

Durante mucho tiempo las personas compartían la comida dentro del comedor. La pandemia obligó a repensar las formas de acompañamiento y comenzó la entrega de bolsones y viandas para llevar. Hoy, aunque el contexto es diferente, se mantiene esa modalidad que permite llegar a más personas y responder mejor a las necesidades actuales.

Alimentar el alma

En el comedor se distribuyen semanalmente alrededor de 180 viandas a vecinos y vecinas que se acercan buscando un plato de comida, pero también una palabra de aliento, una escucha atenta o simplemente alguien que los reciba con respeto y cercanía.

La mayoría de quienes participan son vecinos del barrio de La Boca. También llegan personas de barrios cercanos e incluso algunas que cruzan el puente desde Dock Sud para retirar su vianda. Entre ellos se encuentran familias enteras, adultos mayores, trabajadores informales y personas en situación de calle cuya realidad suele cambiar semana a semana según los lugares donde logran alojarse.

Uno de los aspectos más valiosos de esta propuesta es que detrás de cada domingo existe una verdadera comunidad educativa, pastoral y social comprometida con el servicio. El comedor es sostenido por dos equipos que se alternan semanalmente y ambos están integrados por docentes, miembros de Cáritas, agentes pastorales de la parroquia, catequistas, voluntarios y personas que eligen este espacio para realizar sus horas de servicio comunitario. 

“Hace mucho tiempo que quería hacer algo, algo más por alguien, y acá encontré un objetivo, una misión”, comparte Tania.

Sara tiene 61 años, es del barrio y desde el año 2020 es voluntaria en el comedor. Me hace feliz hacer esto. Me gusta colaborar con esa gente que lo necesita y compartir con quienes vienen también hacer lo mismo que hago yo, cocinar, servir para los demás”, expresa. 

En los últimos años también comenzaron a sumarse jóvenes del Movimiento Juvenil Salesiano, quienes encuentran en el comedor una oportunidad concreta para vivir la solidaridad, el compromiso social y el servicio a los más necesitados.

La diversidad de personas que hacen posible este espacio refleja el espíritu de familia que caracteriza a las obras salesianas: distintos estados de vida, edades y vocaciones que se unen cada domingo para poner sus dones al servicio de los demás.

“Hace mucho tiempo que quería hacer algo, algo más por alguien, y acá encontré un objetivo, una misión, comparte Tania, quien desde el 2021 colabora allí. “Cada vez que siento que estoy cansada o que me quiero quedar el domingo en casa, digo ‘vamos por un año más’. Y bueno, todos los años me reconforta hacerlo. Es algo que alimenta el alma”.

Una comunidad que espera

El comedor forma parte del Campo Social de la Obra y se articula con otras propuestas que acompañan integralmente la vida de las personas. Muchas de las familias que participan también reciben el bolsón de alimentos de Cáritas parroquial o encuentran acompañamiento en el CAAC –casa de acompañamiento y atención comunitaria–, además de otras redes comunitarias del barrio con las que trabajamos cotidianamente.

Porque las necesidades rara vez llegan de a una, detrás de una vianda puede haber una búsqueda de trabajo, un problema de salud, una situación habitacional compleja o una necesidad de acompañamiento emocional. Por eso el comedor se convierte también en un puente hacia otros espacios de ayuda y promoción.

Cada domingo se toma asistencia. No se trata de una cuestión administrativa. Es una manera de conocer a las personas, de llamarlas por su nombre y de notar cuándo alguien deja de venir. En tiempos donde muchas veces prevalece la indiferencia y el anonimato, queremos que cada persona experimente que su vida importa y que hay una comunidad que la espera.

Eduardo, quien conoce la Obra desde hace casi treinta años, afirma que “la gente del barrio es nuestra segunda familia. Uno no se pregunta por qué le da de comer a los hijos. El papa Francisco escribió en Evangelii Gaudium que “la inclusión social de los pobres es una tarea que no puede esperar”. Esa invitación encuentra una expresión concreta en este espacio, donde la solidaridad deja de ser una idea para transformarse en encuentro. 

“La gente del barrio es nuestra segunda familia, y uno no se pregunta por qué le da de comer a los hijos”, afirma Eduardo.

Don Bosco enseñaba que los jóvenes y los más vulnerables debían sentirse amados y no solamente ser amados. Algo de eso sucede cada domingo. La comida es necesaria, pero no alcanza. También hacen falta vínculos, escucha y cercanía.

El comedor dominical es mucho más que un espacio de asistencia. Es una expresión concreta de la mesa del Señor, una mesa donde todos tienen lugar, donde nadie queda afuera y donde nos descubrimos hermanos, llamados a compartir la vida, la fe y la esperanza.

“De chicos alguien nos daba de comer. Siempre alguien a lo largo de la vida nos dio una mano. Hay que ser agradecidos con Dios y con, con los vecinos, con la familia, con todos, concluye Eduardo.

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