¿Jaque a la presencia?

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Educar al estilo salesiano con los patios vacíos.

Por Hugo Carlos Vera, sdb
hvera@donbosco.org.ar

Todos los que nos hemos criado en una casa salesiana sabemos, más por experiencia que por teoría, que la pedagogía de nuestros ambientes es “pedagogía de la presencia”. 

Desde Don Bosco a nuestros días, la clave de toda relación educativa salesiana se basa en “estar en medio” de los pibes. Aunque a veces aquello que tradicionalmente llamamos “asistencia”, por distintas razones, no se termina viendo en la práctica. 

La presencia, corazón del estilo educativo salesiano, pone en juego la oportunidad de un “encuentro” en todos los niveles posibles, que moviliza las energías afectivas y genera un ambiente de cordial compañía en el que pueden crecer, tanto educandos como educadores. Baste solo recordar la escena que relata la Carta de Don Bosco desde Roma de 1884, o aquel estribillo que años atrás era muy común escuchar a los salesianos mayores: “Faccia allegra, cuore in mano…ecco fatto il salesiano” —“rostro alegre, corazón en la mano… aquí tienen al salesiano”—.

No vengas, que vamos nosotros

Este tiempo de cuarentena por la pandemia de coronavirus —lo hemos comentado en muchos espacios educativos durante estos más de cien días— nos “jaqueó” esta llave maestra de nuestras propuestas educativas. Tanto en las iniciativas formales como en las del Movimiento Juvenil Salesiano, las parroquias y otras obras, de un día para el otro —en la escuela pasó aún antes— dejamos de “venir” a la casa salesiana, de juntarnos físicamente para las actividades de los grupos, de abrir las capillas y templos para celebrar juntas y juntos la fe. 

Sólo las actividades y obras solidarias, que se incrementaron enormemente, siguieron estando “presentes”, inclusive con grandes riesgos que el amor por los hermanos más pobres nos invita a correr. 

¿Realmente hemos perdido la posibilidad de la presencia? ¿El sentir la distancia entre estudiantes y docentes, entre animadores, pibas y pibes de los grupos a la que nos confinó el aislamiento, cohartó toda posibilidad de vínculos, de cercanía, de atención, de acompañamiento? Sin lugar a dudas, digo que no.

Los antiguos y naturalizados —y por ello no siempre aprovechados— modos de la “presencia” educativa se multiplicaron creativamente por los medios digitales que, sin haberlo podido elegir demasiado, se volvieron casi el único camino de estar presentes para sostener algunos “fueguitos” educativo-pastorales. Fue como poder agudizar el ingenio para vivir aquello que Don Bosco decía a sus chicos al comenzar la citada Carta de Roma: “Cerca o lejos… pienso en ustedes”. Aunque es también cierto que por desigualdades ante el acceso a lo digital —socioeconómicas, culturales, prácticas…— a algunos se pudo llegar muy débilmente.

La presencia no desapareció, más bien se desplazó hacia campos menos explorados, menos seguros, menos proyectados.

De aquí que yo me animaría a pensar que no desapareció la presencia: más bien se desplazó hacia campos menos explorados, menos seguros, menos proyectados. Me atrevo a decir que la cuarentena nos puso en la disyuntiva de “inventar” nuevos dispositivos de presencia.

Un juego de luces y sombras

Al menos en algunos campos de la experiencia humana, toda presencia se “ilumina” por la ausencia. Me explico con dos ejemplos. 

En el campo de la pintura, y luego en cierto modo tomado por la corriente de la Gestalt en Psicología, existe una especie de juego entre lo que podríamos llamar luz/sombra, figura/fondo. Para que se ilumine y resalte el personaje del cuadro —rememorando a Caravaggio o Velázquez, por ejemplo— es necesario todo un marco de oscuridad y penumbra. Las presencias se hacen patentes por la potencia de otras ausencias —sombra/distancia/carencia—. 

Veámoslo ahora desde otra perspectiva: las experiencias del crecimiento en la fe pospascual de los discípulos. María Magdalena, Pedro, Juan, los discípulos de Emaús, Tomás… experimentan la “presencia del Resucitado” en un torbellino de ausencias: el sepulcro vacío, la fracción del pan y el cordial ardor de sus palabras, la obstinación por “tocar y ver” para creer. El camino de la fe después de la Pascua de Jesús es un progresivo, continuo y por momentos angustioso recorrer ausencias del Muerto para dejarse alcanzar por el resplandor del Viviente.

María Magdalena, Pedro, Juan, los discípulos de Emaús, experimentan la “presencia del Resucitado” en un torbellino de ausencias.

La cuarentena se encargó de despertarnos de esos embotamientos que nos provoca la rutina y la repetición, inclusive de lo más importante. Y nos puso en la encrucijada —¿nos puso? ¿a todos…?—, ante el desafío de rediseñar, de reinventar la presencia educativa salesiana en nuevos territorios. 

Solo como ejemplos, sin querer agotar sus posibilidades, comparto algunos de estos ensayos que en este tiempo me he animado a pensar y algunos a encarnar.

Todo en su justa medida

Un primer ensayo es el desplazamiento de la materialidad espacial y tangible de una presencia física a la menos rimbombante presencia —a veces digital, a veces del recuerdo afectivo, otras de la compañía orante— del “estar atento”, del “prestar atención”. 

Me gusta pensar que nuestras propuestas pedagógico pastorales se han visto jaqueadas del tan y muy importante —pero quizás “mero”— estar presentes, a la posibilidad, la sensibilidad, el gusto por “estar atentos para hacer aparecer”. Docentes que han debido relegar su “recorrido preciso y casi invariable del enseñar” para dar paso a la “aventura de la aparición de aprendizajes inesperados” en los que hemos caminado más “al lado” que “al frente”. Acompañamientos en los que el tradicional “cara a cara” se trocó en el menos manejable encuentro “pantalla a pantalla”.

Otro ensayo podría hablar del vaivén, de la danza, entre la presencia contundente, material, sensiblemente “amorevole”; a la distancia necesaria, saludable, empoderante que sabe —o lo intenta al menos— salir de la escena en la que la piba o el pibe comienzan a ser protagonistas. Un encuentro muy difícil de planificar, de calcular, de prever. Un estar, como diría el pedagogo madrileño Fernando Bárcena, “ni muy lejos… ni muy cerca”.

Y si no es abusar de su paciencia, permítanme un bosquejo más. Vuelvo al principio y sigo afirmando, sin temor alguno, que la pedagogía salesiana se juega en la presencia. Pero la cosa no queda ahí, no se agota en “constataciones de presencia”. 

Este tiempo se ha vuelto propicio —quizá por la nostalgia de estar juntos, de compartir un mate, de dar un abrazo…— para ir más hondo, para preguntarnos por los “sentidos” de nuestra presencia. Y al menos en mi caso, son tres las preguntas que me han permitido perforar la naturalización de esta clave educativa: dónde estar presente/prestar atención, cómo hacernos presentes/hacer aparecer y para qué sostener una presencia/ayudar a sacar a la luz. 

Este tiempo se ha vuelto propicio para preguntarnos por los “sentidos” de nuestra presencia: dónde, cómo y para qué hacernos presentes.

Son preguntas muy incisivas, que no se responden “de una”, como solemos decir. Pero inquietarnos por dilucidar “dónde” nos puede ayudar a estar más atentos, a patear territorios desconocidos, a elegir los espacios de mayor calidad carismática y educativo pastoral. 

Cuestionarnos por el “cómo” podrá invitarnos a abandonar la seguridad de las recetas, de lo acostumbrado, y lanzarnos al misterio de tener que volver a aprender porque las respuestas ya no siempre coinciden con las preguntas. Y, finalmente, discernir el “para qué” nos permitirá resintonizar con algunas fuentes —la centralidad del anuncio de Jesús, por ejemplo—, diferenciar lo fundante de lo accesorio, transitar más como compañeros que como maestros algunas gramáticas juveniles que nos desestabilizan.

Concluyo con una alusión a la imagen que nos acompaña. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry —a mi gusto, un libro profundamente necesario para quienes anhelamos hacer crecer la vida— concluye tan misteriosa como bellamente sus páginas con dicha figura. El paisaje desértico en el que el hombrecito apareció para luego desaparecer se muestra en dos tiempos: el de una presencia que se desvanece, cae “suavemente, como cae un árbol”, nos dice el autor; y el de la ausencia luminosa, fulgurante como una estrella en la que la tarea es, sin prisa, reconocer la espera de un nuevo modo de estar presente o de aparecer. 

Quizá la yerma experiencia de esta cuarentena sea una invitación, una oportunidad, para ese mismo desafío en nuestras casas salesianas.

BOLETIN SALESIANO – JULIO 2020

¿Jaque a la presencia?

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Educar al estilo salesiano con los patios vacíos.

Por Hugo Carlos Vera, sdb
hvera@donbosco.org.ar

Todos los que nos hemos criado en una casa salesiana sabemos, más por experiencia que por teoría, que la pedagogía de nuestros ambientes es “pedagogía de la presencia”. 

Desde Don Bosco a nuestros días, la clave de toda relación educativa salesiana se basa en “estar en medio” de los pibes. Aunque a veces aquello que tradicionalmente llamamos “asistencia”, por distintas razones, no se termina viendo en la práctica. 

La presencia, corazón del estilo educativo salesiano, pone en juego la oportunidad de un “encuentro” en todos los niveles posibles, que moviliza las energías afectivas y genera un ambiente de cordial compañía en el que pueden crecer, tanto educandos como educadores. Baste solo recordar la escena que relata la Carta de Don Bosco desde Roma de 1884, o aquel estribillo que años atrás era muy común escuchar a los salesianos mayores: “Faccia allegra, cuore in mano…ecco fatto il salesiano” —“rostro alegre, corazón en la mano… aquí tienen al salesiano”—.

No vengas, que vamos nosotros

Este tiempo de cuarentena por la pandemia de coronavirus —lo hemos comentado en muchos espacios educativos durante estos más de cien días— nos “jaqueó” esta llave maestra de nuestras propuestas educativas. Tanto en las iniciativas formales como en las del Movimiento Juvenil Salesiano, las parroquias y otras obras, de un día para el otro —en la escuela pasó aún antes— dejamos de “venir” a la casa salesiana, de juntarnos físicamente para las actividades de los grupos, de abrir las capillas y templos para celebrar juntas y juntos la fe. 

Sólo las actividades y obras solidarias, que se incrementaron enormemente, siguieron estando “presentes”, inclusive con grandes riesgos que el amor por los hermanos más pobres nos invita a correr. 

¿Realmente hemos perdido la posibilidad de la presencia? ¿El sentir la distancia entre estudiantes y docentes, entre animadores, pibas y pibes de los grupos a la que nos confinó el aislamiento, cohartó toda posibilidad de vínculos, de cercanía, de atención, de acompañamiento? Sin lugar a dudas, digo que no.

Los antiguos y naturalizados —y por ello no siempre aprovechados— modos de la “presencia” educativa se multiplicaron creativamente por los medios digitales que, sin haberlo podido elegir demasiado, se volvieron casi el único camino de estar presentes para sostener algunos “fueguitos” educativo-pastorales. Fue como poder agudizar el ingenio para vivir aquello que Don Bosco decía a sus chicos al comenzar la citada Carta de Roma: “Cerca o lejos… pienso en ustedes”. Aunque es también cierto que por desigualdades ante el acceso a lo digital —socioeconómicas, culturales, prácticas…— a algunos se pudo llegar muy débilmente.

La presencia no desapareció, más bien se desplazó hacia campos menos explorados, menos seguros, menos proyectados.

De aquí que yo me animaría a pensar que no desapareció la presencia: más bien se desplazó hacia campos menos explorados, menos seguros, menos proyectados. Me atrevo a decir que la cuarentena nos puso en la disyuntiva de “inventar” nuevos dispositivos de presencia.

Un juego de luces y sombras

Al menos en algunos campos de la experiencia humana, toda presencia se “ilumina” por la ausencia. Me explico con dos ejemplos. 

En el campo de la pintura, y luego en cierto modo tomado por la corriente de la Gestalt en Psicología, existe una especie de juego entre lo que podríamos llamar luz/sombra, figura/fondo. Para que se ilumine y resalte el personaje del cuadro —rememorando a Caravaggio o Velázquez, por ejemplo— es necesario todo un marco de oscuridad y penumbra. Las presencias se hacen patentes por la potencia de otras ausencias —sombra/distancia/carencia—. 

Veámoslo ahora desde otra perspectiva: las experiencias del crecimiento en la fe pospascual de los discípulos. María Magdalena, Pedro, Juan, los discípulos de Emaús, Tomás… experimentan la “presencia del Resucitado” en un torbellino de ausencias: el sepulcro vacío, la fracción del pan y el cordial ardor de sus palabras, la obstinación por “tocar y ver” para creer. El camino de la fe después de la Pascua de Jesús es un progresivo, continuo y por momentos angustioso recorrer ausencias del Muerto para dejarse alcanzar por el resplandor del Viviente.

María Magdalena, Pedro, Juan, los discípulos de Emaús, experimentan la “presencia del Resucitado” en un torbellino de ausencias.

La cuarentena se encargó de despertarnos de esos embotamientos que nos provoca la rutina y la repetición, inclusive de lo más importante. Y nos puso en la encrucijada —¿nos puso? ¿a todos…?—, ante el desafío de rediseñar, de reinventar la presencia educativa salesiana en nuevos territorios. 

Solo como ejemplos, sin querer agotar sus posibilidades, comparto algunos de estos ensayos que en este tiempo me he animado a pensar y algunos a encarnar.

Todo en su justa medida

Un primer ensayo es el desplazamiento de la materialidad espacial y tangible de una presencia física a la menos rimbombante presencia —a veces digital, a veces del recuerdo afectivo, otras de la compañía orante— del “estar atento”, del “prestar atención”. 

Me gusta pensar que nuestras propuestas pedagógico pastorales se han visto jaqueadas del tan y muy importante —pero quizás “mero”— estar presentes, a la posibilidad, la sensibilidad, el gusto por “estar atentos para hacer aparecer”. Docentes que han debido relegar su “recorrido preciso y casi invariable del enseñar” para dar paso a la “aventura de la aparición de aprendizajes inesperados” en los que hemos caminado más “al lado” que “al frente”. Acompañamientos en los que el tradicional “cara a cara” se trocó en el menos manejable encuentro “pantalla a pantalla”.

Otro ensayo podría hablar del vaivén, de la danza, entre la presencia contundente, material, sensiblemente “amorevole”; a la distancia necesaria, saludable, empoderante que sabe —o lo intenta al menos— salir de la escena en la que la piba o el pibe comienzan a ser protagonistas. Un encuentro muy difícil de planificar, de calcular, de prever. Un estar, como diría el pedagogo madrileño Fernando Bárcena, “ni muy lejos… ni muy cerca”.

Y si no es abusar de su paciencia, permítanme un bosquejo más. Vuelvo al principio y sigo afirmando, sin temor alguno, que la pedagogía salesiana se juega en la presencia. Pero la cosa no queda ahí, no se agota en “constataciones de presencia”. 

Este tiempo se ha vuelto propicio —quizá por la nostalgia de estar juntos, de compartir un mate, de dar un abrazo…— para ir más hondo, para preguntarnos por los “sentidos” de nuestra presencia. Y al menos en mi caso, son tres las preguntas que me han permitido perforar la naturalización de esta clave educativa: dónde estar presente/prestar atención, cómo hacernos presentes/hacer aparecer y para qué sostener una presencia/ayudar a sacar a la luz. 

Este tiempo se ha vuelto propicio para preguntarnos por los “sentidos” de nuestra presencia: dónde, cómo y para qué hacernos presentes.

Son preguntas muy incisivas, que no se responden “de una”, como solemos decir. Pero inquietarnos por dilucidar “dónde” nos puede ayudar a estar más atentos, a patear territorios desconocidos, a elegir los espacios de mayor calidad carismática y educativo pastoral. 

Cuestionarnos por el “cómo” podrá invitarnos a abandonar la seguridad de las recetas, de lo acostumbrado, y lanzarnos al misterio de tener que volver a aprender porque las respuestas ya no siempre coinciden con las preguntas. Y, finalmente, discernir el “para qué” nos permitirá resintonizar con algunas fuentes —la centralidad del anuncio de Jesús, por ejemplo—, diferenciar lo fundante de lo accesorio, transitar más como compañeros que como maestros algunas gramáticas juveniles que nos desestabilizan.

Concluyo con una alusión a la imagen que nos acompaña. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry —a mi gusto, un libro profundamente necesario para quienes anhelamos hacer crecer la vida— concluye tan misteriosa como bellamente sus páginas con dicha figura. El paisaje desértico en el que el hombrecito apareció para luego desaparecer se muestra en dos tiempos: el de una presencia que se desvanece, cae “suavemente, como cae un árbol”, nos dice el autor; y el de la ausencia luminosa, fulgurante como una estrella en la que la tarea es, sin prisa, reconocer la espera de un nuevo modo de estar presente o de aparecer. 

Quizá la yerma experiencia de esta cuarentena sea una invitación, una oportunidad, para ese mismo desafío en nuestras casas salesianas.

BOLETIN SALESIANO – JULIO 2020

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