Felices en la tierra y felices en el cielo

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Don Bosco y la propuesta de santidad para los jóvenes del Oratorio

Don Bosco quería bien a sus chicos: felices en la tierra y en el cielo.  Por eso, nunca dudó en presentarles, de muchos modos y maneras, el ideal de la santidad.

En las biografías que escribió de tres de sus muchachos —Domingo Savio, Miguel Magone y Francisco Bessuco— una de sus intenciones fue decirles a todos que la santidad era posible, que era fácil, que todos estaban llamados, que nadie quedaba afuera. Que todos podían.

Estos tres chicos eran distintos entre ellos, pero candidatos cada uno a la misma felicidad, vivida en el mismo patio, en la misma escuela, en la misma casa. Ellos crecieron hasta la santidad en la casa de Don Bosco, en un momento histórico determinado. Hoy su vida y sus testimonios nos revelan actitudes y rasgos espirituales válidos y significativos. Me permito señalar algunos de ellos:

1.- Voluntad de crecer y de progresar. Don Bosco los conocía muy bien. Sabía que eran buenos y que podían dar mucho más. Necesitaban y querían vivir una vida distinta, intensa y atrayente. Decía que una manzana podrida, como era la ciudad de Turín en ese momento, todavía llevaba algo bueno: la semilla. Con ella se podía hacer crecer un árbol nuevo: “Quisiera que todos se hicieran santos… Sí, mis queridos hijos, traten seriamente de hacerse santos; pero de aquellos santos que, cuando se trata de hacer el bien saben buscar también los medios para ello, no temen la persecución, no ahorran fatigas; santos astutos, que prudentemente buscan todos los medios para alcanzar su intento”.

2.- Planteos radicales. Elegir a Dios, seguirlo hasta las últimas consecuencias. En 1867, Don Bosco le escribe a los salesianos: “Cada uno se lo grabe bien en la mente y en el corazón: solo Dios puede ser absolutamente necesario y debemos trabajar solo por Él, abandonarlo todo, para poder decirle al final de la vida: ‘Mira, lo hemos dejado todo para seguirte”. (MB VIII 828)

Otras veces decía: “Hazlo todo para mayor gloria de Dios: cuando comas, cuando juegues, cuando estudies, cuando descanses…”.

En su itinerario evangélico, Don Bosco les propuso y señaló las exigencias de Jesús para seguirlo más de cerca, con las frases que más utilizaba en sus “buenas noches” o pequeñas lecciones: “ama a tu enemigo”, “reza por los que te persiguen”, “nadie puede servir a dos señores”.

3.- No hacer solos el camino. Don Bosco era para ellos el confidente, el confesor, el acompañante de camino… Juan Villa, uno de los primeros oratorianos, en 1855 dejó este testimonio: “En el primer encuentro que tuve con él, me dijo: ‘¡De hoy en adelante seremos buenos amigos, hasta que nos volvamos a encontrar en el paraíso!’”. Y nunca los dejó solos. Ellos no tenían secretos para con él. Era el amigo que los escuchaba y los aconsejaba. Un camino de a dos.

Don Bosco decía que una manzana podrida todavía llevaba algo bueno: la semilla. Con ella se podía hacer crecer un árbol nuevo.

4.- Experiencia de la alegría. San Luis Orione, quien vivió en el oratorio de Don Bosco, dejó escrito este testimonio: “¡Valdocco era la ciudad de la alegría! Se comía en tazones de metal. La cuchara era de madera; cada uno la llevaba en el bolsillo y la limpiaba en la canilla del patio, también en invierno. En el almuerzo había caldo… ¡liviano! Lo llamábamos “caldo espartano”. Pan había a voluntad y después un poco de ensalada y alguna rebanada de mortadela. Se dormía en colchones de hojas de maíz. Se vivía felices y contentos: ¡estábamos alegres y felices!”

Esta alegría que llenaba el corazón y la vida de esos chicos era una de las características más salientes del ambiente que se vivía en el oratorio.

5.- Preocupación apostólica. Don Bosco siempre educó a sus muchachos para un amor solidario y generoso. Les proponía agruparse en distintas “compañías” que tenían como objetivo hacer el bien a los demás con iniciativas concretas de ayuda y caridad. Muchas veces las autoridades de Turín fueron a buscar a Don Bosco para pedirle albergue para chicos huérfanos o para socorrer a los enfermos y víctimas de epidemias, y él mismo invitaba a sus chicos a involucrarse.

Así también sucedió con su propuesta misionera, que tuvo un eco insospechado y que movilizó a todo Valdocco para viajar a otro continente a predicar el Evangelio: “Si buscas únicamente a Jesús y su cruz, si deseas verdaderamente sufrir por Él, entonces sí puedes ir a las misiones”.

Educó a sus muchachos para un amor solidario y generoso. Así sucedió con su propuesta misionera, que movilizó a todo Valdocco para viajar a otro continente a predicar el Evangelio.

 6.- Gusto por la oración. Necesidad de rezar, de dialogar con Dios y con la Virgen. Don Bosco rezaba y enseñaba a rezar. Las celebraciones y las distintas prácticas de piedad eran uno de los pilares del espíritu de oración que se vivía en el Oratorio. La devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora fueron claves para despertar deseos de rezar, de buscar y encontrarse con lo sagrado.

 

Seguramente hay muchas más características de esta propuesta de santidad que Don Bosco hacía a sus muchachos. Muchos lo entendieron, se pusieron a vivirlo y lo lograron.

Nosotros también hoy recibimos esta misma propuesta: “La santidad también para vos”. Será cuestión de dar el paso y comenzar a disfrutar ahora de una vida distinta, feliz, con la sencillez y la profundidad de quien busca un encuentro sincero con el Dios de la vida.

Por Juan Carlos Romanín

BOLETÍN SALESIANO – ABRIL 2019

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