Competir con la calle

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En Junín de los Andes, la escuela hogar Ceferino Namuncurá reúne, cuida y educa a los chicos de las comunidades rurales

 

En la cordillera de Neuquén, diversas comunidades mapuches y criollas llevan adelante sus vidas lejos de las grandes ciudades. Allí conviven con un clima hostil, el aislamiento y la ausencia de servicios como la educación, la salud o el transporte.

No son “muchos” —en una provincia de medio millón de habitantes, menos del diez por ciento vive en el campo—. No “mueven” una elección. Pero para la obra de Don Bosco en Junín de los Andes, lo representan todo.

En esta ciudad ubicada a unos cuarenta kilómetros de San Martín de los Andes, los salesianos están presentes desde 1892. Entre otras propuestas, allí funciona la escuela hogar Ceferino Namuncurá, que recibe a los chicos y jóvenes de las comunidades rurales para que aprendan un oficio y completen sus estudios.

De domingo a viernes

Son las siete de la mañana y es hora de despertarse en el hogar. El desayuno espera en el salón común a los chicos, que van llegando a medida que dejan sus habitaciones ordenadas y limpias.

Fernando tiene 16 años. Está cursando segundo año del nivel secundario y vive en el hogar: dice que así se concentra más y pasa menos tiempo en la calle. “Levantarte a la mañana, tender la cama, limpiar, ayudar a los demás. Yo no lo hacía y ahora lo hago —cuenta Fernando—. Igual mi papá siempre me acompaña, viene a preguntarme cómo voy con el estudio”.

Después de los talleres de la mañana van a almorzar al hogar, y luego tienen un pequeño recreo: Tomamos unos mates, jugamos a la pelota… hasta la hora de entrar al taller de estudio —cuenta Javier, compañero de Fernando—. Después, a las cinco, ya es hora de ir y prepararnos para el secundario. Tomamos la merienda y salimos para la escuela”.

El objetivo de Javier y de Fernando es claro: salir con un título. No tener que andar buscando changas. Para eso, de domingo a viernes, viven en el hogar.

Volver a confiar en mí

Otro Javier, docente y de Buenos Aires, es el director de la escuela hogar de Junín de los Andes donde funciona el centro de mano de obra especializada, CEMOE, que nace en 1986 como una propuesta de formación profesional para jóvenes que no pudieron seguir la educación secundaria.

Los alumnos tienen entre 14 y 25 años. “Son chicos que vienen de las comunidades mapuche de alrededor de Junín de los Andes y también de las barriadas —comenta—. Se ofrecen talleres de albañilería, metalurgia, talabartería, carpintería y electricidad; con informática, educación física, matemática y lengua aplicada a los talleres”.

También se propone la posibilidad de terminar la primaria, y un espacio de educación intercultural mapuche. Dice Javier: “La matrícula ha crecido bastante, lo que tiene dos lecturas. Una positiva: las familias confían en esta propuesta. Y otra negativa: el sistema educativo está expulsando cada vez más jóvenes. Muchos vienen absolutamente convencidos de que no pueden. Nuestra principal preocupación es que vuelvan a confiar en sí mismos”.

Otros contextos, mismas dificultades

Preceptor y asistente en el hogar, Carlos cuenta también con la experiencia de haber sido alumno. Su padre criollo y su madre mapuche armaron su familia a orillas del lago Huechulafquen. Hasta allí fue el padre Antonio Mateos a ofrecerle la oportunidad de ir a estudiar a un colegio con albergue. Tenía diez años cuando se fue de su casa: “Y en esa época estábamos de lunes a lunes. A veces volvíamos a casa recién para las vacaciones de invierno, con la nieve a la cintura”.

Para Carlos, los chicos de las comunidades rurales sufren los mismos problemas que los chicos de la ciudad. “Viven un poco más aislados, por lo tanto su forma de ser quizás sea más silenciosa —aclara—. Pero no dejan de tener problemas como el alcohol o las drogas”. A eso se suma otro factor, propio del contexto: “muchas veces las familias tienen necesidad de que los chicos trabajen y cuiden los animales, y entonces no pueden darles una educación”.

Unos noventa chicos concurren a la escuela sin costo alguno. Los talleres, el hogar, la comida de cada día: todo se sostiene gracias a los aportes estatales y de la obra de Don Bosco, la búsqueda de fondos a través de la presentación de proyectos y las donaciones. Y hay muchas ganas de seguir creciendo.

Soñar el secundario propio

“Hace unos cinco años se dio un fenómeno muy interesante: dos chicos que hacían talleres a la mañana y a la tarde, pidieron ir al secundario a la noche”, recuerda Javier, el director. Hoy hay sesenta inscriptos para hacer el secundario, “lo que implica que después de las seis de la tarde, sesenta chicos estarán en los dos nocturnos estatales que hay en el pueblo”.

Algo que sin dudas es muy bueno, también hace difícil el acompañamiento. Por eso, la escuela hogar está armando un proyecto para tener un secundario propio. Queremos tener un secundario salesiano. La propuesta impactaría mucho más en el desarrollo de cada chico, en su crecimiento personal y profesional. Y en cuatro años, se llevarían dos talleres de oficio y el secundario terminado”, aclara Javier.

Cierra Carlos: “Es el viejo lema y sueño que tenía Ceferino Namuncurá: ‘Quiero ser útil a mi gente’. Estas actividades después las llevan al campo y si uno visita las comunidades, los chicos mismos han hecho las ampliaciones de sus casas. Se preparan para la vida. Eso es muy valioso”.

Por Santiago Valdemoros

BOLETÍN SALESIANO – ABRIL 2019

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