Cada vida vale

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“¡Qué vayan a trabajar!”, grita el prejuicio cuando la indiferencia visita una villa. “¡Los mantenemos con nuestros impuestos”, agrega la mentira. “¡Son todos ‘chorros’!”, concluye el lugar común.
Cristian trabajaba, se mantenía solo, no era ladrón ni asesino. No tenía antecedentes policiales y, sin embargo, la historia oficial intentó disfrazar su crimen como un “intento de robo” contra un bombero de la Policía de la Ciudad. Por suerte, en medio de la desgracia, surgió la figura del padre Lorenzo “Toto” de Vedia, párroco en el barrio porteño de Barracas. El sacerdote limpió el honor del chico, describió cómo le hacía frente a la desigualdad y la exclusión, contó que el barrio suele sufrir ataques como el que se llevó los 25 años del joven. Y configuró el argumento que tuvo el uniformado para dispararle seis veces a Cristian mientras lo perseguía con su auto: “Le vio cara de villero, lo siguió y lo mató”.
El valor sagrado de la vida, mancillado otra vez. El silencio de quienes moldean y orientan la opinión pública ya no asombra. Pero hay que decirlo sin rodeos: los jóvenes no son peligrosos, están en peligro. La especulación política también mata. El viejo truco de arrancar la fruta podrida sin atacar la raíz. ¿Cuántos homicidios se cometieron en tierra porteña en 2015? Fueron 175. ¿Cuántos cometidos por menores de 16 años? Solo uno.
Nos pintan a los pibes como criminales para que cuando caigan muertos sintamos alivio. “Dejen que los niños vengan a mí”, enseñó el Maestro. Y nada dijo de excluir a los de “gorrita”.

Diego Pietrafesa
Boletín Salesiano, agosto 2017

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