
La yugular
¿Cuántas peleas recuerdan las líneas de mis manos?
¿Cuántas historias caben metidas en 21 gramos?
Tú que estás lejos. Y a la vez más cerca
Tú que estás lejos. Y a la vez más cerca
Que mi propia vena yugular
Mira yo no tengo tiempo
Para odiar a lucifer
Estoy demasiado ocupada
Amándote a ti Undibel
Mi corazón
Que siempre está en una carrera
Estoy cortando las flores
Antes de que sea primavera
(fragmento)
Artista: Rosalía
Álbum: Lux (2025)
Por Juan Pablo Dolcini Opacak
jpodb@yahoo.com
En la canción “La yugular”, Rosalía comienza haciéndose preguntas. Luego varios tiempos de percusión y staccatos que demuestran lo punzante que va a ser, entre un colchón de cuerdas se hace preguntas en diálogo íntimo acerca de su historia y su identidad –el alma–: “¿Cuántas peleas recuerdan las líneas de mis manos? ¿Cuántas historias caben metidas en veintiún gramos?”.
Y enseguida afirma con simpleza –como esos arpegios de guitarra que acompaña con sutileza– una certeza: la proximidad constante de Dios. Esto lo repite, lo reafirma, junto con un coro, porque no es ella sola la que lo experimenta. Para afirmar esta certeza que ella tiene, se vale de una imagen del Corán Islámico (Cor 50:16): “más cerca que de nuestra propia vena yugular”.
“Tú, que estás lejos. Y a la vez más cerca. Tú, que estás lejos. Y a la vez más cerca. Que mi propia vena yugular”. Una vez declarada la cercanía con Dios, le expresa –con el cariño del canto en árabe y la dulzura de las cuerdas–, que no le importan ni avala las teologías que proponen castigos y recompensas: su vínculo es otro. Es una cita a una mística sufí –Rabia al-Adawiyya–, que no quería adorar por miedo al castigo o por la promesa de recompensa, sino simplemente por amor. “Por ti destruyo el cielo. Y por ti derribo el infierno. No hay promesas. Ni amenazas”.
Pero acá comienza lo intenso. La vida es intensa. Las cuerdas pulsadas del contrabajo ponen el suspenso, pero los violines y violas que responden muy resueltos lo dicen todo: resueltos como ella y su experiencia. Ella dice lo que le pasa: “yo estoy en otra”, mi vínculo es otro. El gerundio denota una acción en curso, continúa, en desarrollo, inconclusa. Estoy amando-te –Undibel significa Dios en un dialecto del pueblo gitano de España–. “Mira, yo no tengo tiempo para odiar a Lucifer. Estoy demasiado ocupada amándote a ti, Undibel”.
Y estoy resuelta porque… ¡es que yo soy así! La artista cuenta, en dos estrofas, que ella es eso. Es esta mezcla de vértigo. Dos versos con todo mezclado, guitarra arpegiada serena, cuerdas, golpes, metales que expresan esta mezcla que somos, con garra, armados para la batalla que es la vida.
“Mi corazón que siempre está en una carrera. Estoy cortando las flores antes de que sea primavera. Donde atan a los caballos, los míos bien amarrados. La sangre y la suerte. Aquí, me han arrastrado”. Todo ese embrollo y tensión –humanidad– se va a resolver acá. Y por eso la palabra “hundirse” parece tan bien elegida. Directamente desde ese ataque de cuerdas punzantes… cae en el amor de esa guitarra criolla valseada. Se siente como caer en un colchón blando, un colchón de nieve, que se amolda para recibirte. Termina expresando el amor, totalmente des-armada, abandonada en, rendida a los pies. Es el abandono que mencionan los grandes místicos: “Tu amor es una avalancha. Cae por su propio peso al existir. Ayer, hoy y mañana. La nieve en la que me quiero hundir”
Lo que queda de la canción es como una coda. Ejemplificar eso divino terrenal que somos, mencionando la totalidad del cosmos. Para terminar nuevamente en el amor de Dios. Ese amor en el que otra vez, se quiere perder.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – AGOSTO 2026
