“Si mil veces naciera, mil veces me haría salesiano”

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Entrevista al padre Pedro Estupiñán.

Por Redacción Boletín Salesiano

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“Mi papá me explicó qué era la vida matrimonial, cómo venían los hijos. Yo lo escuché, no lo corté, y entonces le dije: ‘Papá, te agradezco todo, me alegro de que ustedes tengan esa inquietud de ver si yo me hago cura porque no conozco la vida matrimonial. Pero le vas a comunicar a mamá y a todos los demás que yo sé perfectamente qué es lo que dejo, y qué es lo que elijo. Y opto por esto porque tengo una vocación de servicio a los demás, servicio religioso y servicio a Dios…”.

El padre Pedro Estupiñán tenía veintiún años cuando tuvo esa conversación con su papá en una cancha de fútbol en Ramos Mejía. Poco después se ordenó sacerdote, y esa vocación fue creciendo en distintas partes del mundo y a través de distintas personas. Hoy con 93 años la reafirma una vez más: “Si mil veces naciera, mil veces me haría salesiano”.

¿Cómo fue su infancia? ¿Cómo conoció a los salesianos? 

Nací el 29 de abril de 1933 en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en una familia de nueve hijos, yo fui el anteúltimo. Mi papá era de las Islas Canarias, y mi mamá, nacida en Pergamino, era analfabeta, pero tenía otros conocimientos: era la mejor cocinera, conocía el campo, tenía sabiduría y un principio de educación para sus hijos sin haber estudiado ningún libro. La mejor mamá. 

En los primeros años íbamos a estudiar a un pueblo cercano, Manuel Ocampo. Fui bautizado y tomé la primera comunión a los siete años. Cuando tenía doce nos trasladamos a Buenos Aires, porque mis hermanos mayores se casaban y se iban para allá. Papá comenzó a trabajar en Cervecería Quilmes y mi mamá a vivir la vida porteña. Nos trasladamos a Villa Luzuriaga. Mi madrina consiguió que yo ingresara en el colegio Don Bosco de Ramos Mejía. La secundaria la hice en el Don Bosco de Bernal, ahí hacía oratorio, coro polifónico, deporte, teatro… y empezó mi vocación. En 1950 entré a la Congregación haciendo los primeros votos.

¿Qué recuerdos significativos tiene de sus primeros años como sacerdote? 

Cuando me ordené estuve cinco años en el Juan Segundo Fernández como director de estudios y disciplina. Al mismo tiempo comenzaba a hacer apostolado en las zonas vecinas de las parroquias de San Isidro. En 1966 me nombraron consejero y director de estudio del Pio IX, y a mediados de 1968, se dio la revolución de los jóvenes de la Inspectoría

Se comenzaba a hablar de la renovación en la Iglesia, y esa renovación no fue bien vista por algunos tradicionalistas. Vino una especie de rebelión, pero una rebelión buena. Nosotros nos aferrábamos a todo lo que Don Bosco hizo, piensen que incluso los superiores y el obispo de entonces quisieron meterlo en un manicomio. Don Bosco estuvo al frente y fue tenido al trote por su tiempo. 

El año pasado se cumplieron sesenta años de la clausura del Concilio Vaticano II. ¿Qué le aportó a la Iglesia? 

Comenzamos a renovarnos porque la Iglesia no podía estar así como estaba. En primer lugar, salimos del latín. ¿Cómo podíamos comunicarnos con la gente que venía a la parroquia y nunca estudió latín? La gente iba a misa y rezaba el rosario mientras el cura estaba de espaldas.

Estudiamos a Jesús y la primera comunidad. La renovación parte de todo aquello que me lleva a amar más a Dios, porque tengo que conocerlo, no puedo amarlo si no lo conozco. ¿Cómo mostrar el corazón de Dios? ¿Cómo llevar a los hermanos a un amor entre ellos que los lleva hasta el martirio, que nos lleva a amar? 

El estudio bíblico teológico y praxis de relación de amor los unos a los otros, tiene que ir renovándose según las culturas, los sistemas… La ciencia, la psicología, las ciencias humanas y todo lo demás tienen que estar al servicio del Evangelio. Hay que renovarse constantemente, pero no hay que hacer tantas divisiones. Yo no me hice cura para encerrarme en mi vida, sino para abrir mi vida a los demás

¿Y qué recuerdo significativo tiene de su tiempo en Europa? 

Yo fui a los treinta y ocho, y volví a los cuarenta y tres. Durante ese tiempo estudié. Pero me faltaba un paso más, un poco más comprometido para poder servir. Me faltaba el hecho de estar sirviendo a los enfermos. En el medio mis padres cumplían cincuenta años de casados. Y yo no podía faltar. Para poder pagar el pasaje trabajé durante nueve meses en el pabellón de cancerosos terminales en el hospital Las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, pero ellos no sabían que yo era sacerdote.

Fui a Buenos Aires para el aniversario de mis padres, cuando volví estaba bajando al subterráneo de París, hasta que escuche como me gritaba una señora “Pedro, Pedro”. Era la esposa de un hombre que conocí durante ese tiempo de trabajo y que había fallecido durante mi viaje. Me dijo que él había muerto llamándome a mí, pero que no sabia por qué me estaba llamando, y que ella estaba muy apenada porque su esposo no había recibido la unción de los enfermos. Recién ahí le dije que yo era sacerdote, y que se la había dado antes de irme. Pegó un grito y me dio un abrazo. Esas son cosas extraordinarias.

¿Qué es lo que más disfruta de ser sacerdote? 

Primero, la Eucaristía. ¿Qué quiere decir Eucaristía? La feliz noticia. Lo que damos, cómo lo damos y cómo se da, no solamente con palabras, sino con la vida. 

Cuando fui a Europa me metí en la teología para profundizar el Evangelio y me encontré con grandes tipos. El sacerdote Teilhard de Chardin, por ejemplo, fue el que me habló casualmente de ir encontrando al Señor, hasta tal punto de decir yo me encuentro envejeciendo porque sé que Él viene caminando aquí y yo voy caminando hacia Él. ¿Qué definición de vejez mejor que esa? Y la vejez consiste en caminar como pueda, yendo hacia el encuentro de aquel que ya viene a buscarme. Haré lo que pueda acá, pero en la cama, enfermo, acetato y demás, podés ser un apóstol.

¿Quién es Don Bosco para usted? 

Para mí, Don Bosco fue el apóstol de los jóvenes, sobre todo de los más necesitados en los elementos fundamentales de la vida y también más necesitados de la luz del Evangelio. No es solamente pobres para sacarlo de la pobreza, sino enriquecerlos con la riqueza del Evangelio.

¿Qué me ilumino de él? Su apostolado de cura. No solo el estar con los jóvenes más pobres y abandonados, sino hacerlo con una metodología del Evangelio: estar con los enfermos, con los presos. No hay que rechazar a nadie, tampoco a los ricos.

Si mil veces naciera, mil veces me haría salesiano. Estoy contento con la vida, y me da bronca que no me dé más años. ¿Sabes lo que le voy a discutir a Dios? ¿Por qué no nos dio dos vidas? La primera para equivocarnos y la segunda para corregirnos.

Es linda la vida de cura y es muy humano que te quieran, pero Don Bosco dijo eso también, si un tipo no se hace amar, pero no falsamente para que se llene de un amor egoísta, sino para que la otra persona pueda ser feliz… 

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – SEPTIEMBRE 2026

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