
Por: Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar
Me llamo Bartolomé, pero me conocen más bien por el apellido. Y ya saben lo que pasa en la Argentina con nuestros apellidos gringos. A los que empiezan con S, se les agrega invariablemente la E adelante. Así que para todos yo soy Escavini. Tuve el privilegio de formar parte del grupo de los diez primeros misioneros salesianos que llegamos a América en 1875. Cuando desembarcamos en Buenos Aires tenía 36 años, apenas uno menos que don Cagliero, el jefe de la expedición.
Don Bosco convocó a todos los salesianos para la aventura misionera y yo me ofrecí enseguida. Soy maestro carpintero, ese es mi oficio. En ese tiempo estaba haciendo trabajos de carpintería en el colegio de las Hijas de María Auxiliadora en Mornés. Pensé que lo mío podría resultar útil también en América, donde los italianos siempre tuvimos fama de laburantes. Para Don Bosco era muy importante que nosotros, los salesianos coadjutores, formáramos parte del primer grupo de misioneros. No solo para resolver cuestiones prácticas a la hora de instalarnos en países desconocidos, sino también para hacernos cargo de la enseñanza de los oficios y para mostrar el rostro completo de la Congregación, que no era solo cosa de curas.
Cerca o lejos, Don Bosco seguía siempre pendiente de nosotros. Por eso, al enterarse de que yo andaba con dudas, me escribió una carta que decía: “Me llegó la noticia de que estás tentado de dejar la Congregación. Tú, que te has consagrado a Dios, tú, misionero salesiano, uno de los primeros en ir a América. Tú, que has sido gran confidente de Don Bosco, ¿vas a volver atrás? Espero que no lo hagas. Escribe las razones que te inquietan y yo, como un padre, aconsejaré a mi querido hijo con razones que sirvan para hacerte feliz en el tiempo y en la eternidad. Tu amigo Don Bosco”. Nunca olvidé esas palabras. Conservo la carta como un valioso tesoro que quiero guardar hasta el fin de mi vida.
Bartolomé Scavini nació en 1839 en Benevaggiena, en la provincia piamontesa de Cúneo. Durante nueve años colaboró activamente en la instalación de las primeras comunidades y los primeros colegios salesianos en América (San Nicolás de los Arroyos y Buenos Aires en la Argentina y Villa Colón en Uruguay). En diciembre de 1877 recibió la carta de Don Bosco en Buenos Aires. Allí se desempeñaba como instructor de carpintería en la primera escuela de artes y oficios de la Argentina, que los salesianos habían inaugurado ese mismo año. A fines de siglo volvió a Europa. Trabajó otros siete años en el inicio de las misiones salesianas en Tierra Santa. Murió en Turín, el 20 de septiembre de 1918, a los 79 años, sin abandonar la Congregación.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – AGOSTO 2026
