El Grupo Universitario: una propuesta del Sagrado Corazón para los jóvenes que llegan a estudiar a la ciudad de La Plata.

Por Redacción Boletín Salesiano
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La capital de la provincia de Buenos Aires, además de la ciudad de las diagonales, es también una ciudad con una fuerte presencia de jóvenes universitarios. Chicos y chicas llegan cada año desde diferentes lugares de la provincia, del país, y –en el último tiempo– desde diferentes países latinoamericanos persiguiendo el sueño de convertirse en profesionales. La extendida oferta y el prestigio de la Universidad Nacional de La Plata, son el principal impulso para ello.
Para muchos de estos jóvenes, comenzar estos estudios implica despedirse de sus hogares, de sus familias y de sus amigos, en algunos casos con la esperanza de volver a visitarlos unas pocas veces al año o incluso cada un par de años. Dejar lo conocido, y asumir la soledad y la incertidumbre propias del comienzo de este nuevo tiempo para muchos chicos y chicas de dieciocho o diecinueve años, no es una tarea sencilla.
Para intentar dar respuesta a esta realidad la obra salesiana de La Plata cuenta con una particular propuesta juvenil: El Grupo Universitario. La misma está destinada especialmente a acompañar a aquellos jóvenes que llegan a la ciudad para estudiar y que están buscando un espacio para compartir la fe con otros chicos y chicas que se encuentran en las mismas circunstancias. Todos los domingos por la tarde se encuentran a celebrar la Eucaristía y luego comparten un momento de formación, de reflexión, algún servicio o simplemente una buena charla, algunos mates, juegos de mesa y la cena.
«Se convirtió en mi lugar de apoyo, en nuestro espacio seguro, en nuestra familia».
“Lo único que hacía era estudiar y estar en mi casa. También tenía miedo porque me decían ‘vos que tenés costumbres de pueblo, ¿qué vas a hacer en una ciudad?’. Extrañaba a mi gente y el bata”, expresa Nazarena, quien tiene veinte años, estudia medicina y es de Zapala, Neuquén, donde solía participar del Batallón de Exploradores. Cuando se enteró del Grupo, decidió darle una oportunidad y eligió quedarse: “El domingo es un día familiar, y muchos universitarios están solos en sus casas. Y este Grupo es como una familia, tenemos la costumbre de cenar juntos, de la mesa larga, de estar todos juntos”.
Por su parte, Agustina, una de las coordinadoras del grupo tiene veintitrés años y es oriunda de La Plata, “Es un grupo de amigos en la fe, caminamos todos juntos en un momento tan difícil y desequilibrante como lo es iniciar una nueva etapa en la vida”, explica.
Una fe que atraviesa fronteras
La Obra de Don Bosco es conocida por abrir sus puertas a quienes más lo necesitan, sin importar de dónde vienen o cómo llegan. Y por supuesto, la propuesta del Grupo Universitario, no es solamente para quienes de alguna manera u otra conocían el carisma salesiano.
Verónica tiene 26 años, estudia medicina y es de Ecuador. Cuando era chica asistía junto a su hermana a una iglesia llamada Sagrado Corazón. Cuando se mudó a la ciudad e identificó el nombre, no dudó en darle una oportunidad al Grupo. “Cuando llegas a un nuevo país tenés que adaptarte a la costumbres y te sentís solo. Pero en el Grupo encontrás a jóvenes en la misma situación, con el mismo objetivo. Este espacio te ayuda a salir de la rutina y recargar energías para la semana”, comparte y añade que cuando conoció esta propuesta estaba atravesando un momento difícil en su vida: “Lo encontré en el momento preciso, cuando necesitaba luz. Se convirtió en mi lugar de apoyo, en nuestro espacio seguro, en nuestra familia”.
Una situación similar es la que vivió Gabriela, quien tiene diecinueve años y llegó de Honduras. “La fue siempre significó como una compañía muy importante para mi y más desde que vine de tan lejos y estaba sola acá”. Un día, cuando estaba en la Catedral de la ciudad, una señora le preguntó de dónde era, y le comentó sobre la existencia del Grupo: “si yo tuviera una hija tan lejos me gustaría que esté en un lugar así”.
«Nos criamos de formas diferentes, tenemos costumbres distintas, pero la fe nos une».
Gabriela recuerda la despedida de su madre en el aeropuerto de Honduras, antes de viajar a Buenos Aires: “Nos abrazamos, pero no me permití llorar, porque pensé que de ahí en adelante iba a estar sola, que nadie iba a hacer la cosas por mí, que iba a tener que ser fuerte, armar mi vida. Tuve que encontrar un equilibrio entre la nostalgia de hogar con todo lo nuevo que iba descubriendo. Enfrenté los miedos y muchos obstáculos de la vida adulta”. Sin embargo, a pesar de los miedos, se acercó hasta el Sagrado Corazón y tocó la puerta: “Me permitió conocer gente, me dio amigos, muchos en la misma situación, y nos pudimos acompañar en el proceso. Somos muchos quienes venimos del extranjero, y acá aprendemos de todas las culturas. Es muy lindo saber que la fe atraviesa fronteras, porque el amor de Dios es lo más grande que tenemos. Nos criamos de formas diferentes, tenemos costumbres distintas, pero la fe nos une”, concluye.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – AGOSTO 2026



