Anunciadores del Reino

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Jesús nos envía a ser misioneros en nuestra vida cotidiana

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En el Evangelio de Lucas, al comienzo del capítulo 10 , Jesús extiende su misión más allá de los doce, enviando a 72 discípulos delante de sí para preparar el camino. Es un momento decisivo: la misión ya no queda reservada a un pequeño círculo apostólico, sino que se amplía a un grupo más extenso de seguidores ordinarios. La implicación es clara: todo discípulo es misionero, enviado a su propio rincón del mundo para hacer presente a Cristo.

Para los cristianos de hoy, que trabajamos en oficinas o en hospitales, criamos a nuestros hijos en casa o servimos en las escuelas, dirigimos empresas o cuidamos de los ancianos, este pasaje habla directamente a nuestra vocación bautismal. También nosotros somos enviados. Nuestros lugares de trabajo, nuestros barrios, nuestras familias y nuestras amistades son las “ciudades y lugares” donde Cristo quiere llegar, y nos envía allí delante de Él para prepararle el camino.

Nuestros lugares de trabajo, nuestros barrios, nuestras familias y nuestras amistades son las “ciudades y lugares” donde Cristo quiere llegar, y nos envía allí delante de Él para prepararle el camino.

Las instrucciones que Jesús da no son solo para los profesionales de la religión, sino para todos los que llevan su nombre. Son indicaciones que revelan cómo debe ser el testimonio cristiano en cualquier contexto: viajar ligeros, llevar la paz, sanar a los heridos, anunciar la cercanía del Reino a través de la realidad concreta de nuestras vidas.

En una cultura que a menudo relega la fe a una convicción privada o al culto dominical, Lucas reivindica toda la vida como territorio misionero. Estas tres reflexiones exploran cómo las palabras de Jesús a los setenta y dos iluminan lo que significa vivir como discípulos enviados en las circunstancias ordinarias de la vida cotidiana.

Viajar ligeros

“No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias”. Jesús envía a sus discípulos deliberadamente vulnerables, radicalmente dependientes de Dios y de la hospitalidad de los demás. Esta instrucción desafía los presupuestos fundamentales de la vida contemporánea: que la seguridad proviene de la acumulación, que el valor nace de la autosuficiencia, que debemos tener siempre todo bajo control.

Para los cristianos que afrontan la vida ordinaria –la carrera profesional, las responsabilidades familiares, las presiones económicas– esta llamada a la pobreza evangélica no significa abandonar una planificación prudente o una gestión responsable. Más bien plantea una pregunta espiritual más profunda: ¿en qué ponemos realmente nuestra confianza?

Vivimos en una cultura que nos enseña a confiar en nuestra capacidad para gestionar cualquier eventualidad. Acumulamos certificaciones, credenciales, contactos construyendo bolsas cada vez más grandes. Y terminamos agotados intentando mantener la ilusión de la autosuficiencia.

Viajar ligeros significa reconocer nuestra dependencia fundamental de la providencia de Dios, de la comunidad de los creyentes, de la gracia que no podemos fabricar.

La indicación de Jesús nos libera de ese peso. Viajar ligeros significa reconocer nuestra dependencia fundamental de la providencia de Dios, de la comunidad de los creyentes, de la gracia que no podemos fabricar. Significa estar dispuestos a reconocer cuando no tenemos la respuesta, cuando necesitamos ayuda, cuando nuestros planes cuidadosamente elaborados se derrumban y debemos confiar en que Dios abrirá otro camino.

En términos prácticos: admitir que no somos perfectos y que mantener una imagen perfecta acaba por esclavizarnos; ser sinceros con los hijos sobre nuestras dificultades; elegir la sencillez frente a la acumulación, la presencia frente a la productividad, la confianza frente a la ansiedad.

No estamos llamados a ser cristianos que parecen tenerlo todo resuelto. Estamos invitados a descubrir que Cristo basta, que su gracia es verdaderamente suficiente, que la dependencia de Dios es pura libertad.

Ante todo, paz

“En cualquier casa donde entréis, decid primero: ‘Paz a esta casa’”. Antes de cualquier actividad o productividad, que haya ante todo paz. Vivimos vidas fragmentadas: mil cosas al mismo tiempo, presentes solo a medias en las conversaciones. Jesús nos envía a llevar paz. Atención: no se trata de una paz superficial, fruto de la ilusión de tener todo bajo control, sino de la paz verdadera y profunda que nace de saberse sostenidos por Dios incluso en medio del caos.

Esta paz es un testimonio contracultural. Cuando los compañeros de trabajo están estresados y nosotros permanecemos firmes, no por negación, sino por confianza. Cuando los barrios viven en la ansiedad y nosotros ofrecemos una presencia serena, no por ingenuidad, sino por esperanza.

Vivimos vidas fragmentadas: mil cosas al mismo tiempo, presentes solo a medias en las conversaciones. Jesús nos envía a llevar paz

Piensa en las “casas” cotidianas en las que entras: el lugar de trabajo, tu hogar, el gimnasio, la escuela de los hijos, el barrio. Llevar paz puede significar no participar en el cotilleo en el trabajo, sino hablar con respeto; crear en casa un ambiente donde las personas puedan respirar y donde haya espacio para el silencio; ser ese vecino que escucha sin juzgar.

Esta paz se vuelve especialmente poderosa y significativa con quienes están luchando. Cuántas personas cargan con pesos invisibles: problemas de salud mental, ansiedad económica, crisis relacionales, desesperanza existencial. No necesitan soluciones. Necesitan a alguien capaz de permanecer con ellos en el dolor sin desestabilizarse, alguien que irradie una paz que sugiera tierra firme bajo el caos.

Nuestro testimonio cristiano tiene que ver principalmente con quiénes somos: personas que han encontrado una paz que el mundo no puede dar ni quitar.

Hacer visible el Reino

“Curad a los enfermos que haya allí y decidles: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’”. Palabra y acción son inseparables. Esto significa reconocer las heridas que hay a nuestro alrededor y responder con gestos concretos de empatía. Reconocer el vacío y la falta de sentido que algunos llevan dentro, la competencia despiadada, el agotamiento extremo de otros, ofreciéndoles el don de una presencia que sabe escuchar sin juzgar. Estar cerca de quien se siente aislado, de los ancianos, con gestos pequeños y sencillos que dejan huella en el corazón que sufre. El Reino se hace cercano cuando las personas pueden decir: “Aquí he encontrado algo distinto. He sido acogido, valorado, restaurado”.

Así creció la Iglesia primitiva, no principalmente a través de predicaciones elocuentes, sino mediante comunidades que vivían de un modo tan diferente que las personas se sentían impulsadas a preguntar: “¿Qué tienen ustedes que nosotros no tenemos? ¿Por qué aman así? ¿De dónde nace esta esperanza?”.

Nuestras vidas se convierten en proclamación. Y cuando las personas pregunten, estemos preparados para nombrar la fuente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes. El amor que han experimentado no viene solo de nosotros; viene de Cristo, que ha hecho nuevas todas las cosas y que los invita a esta nueva realidad”.

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Don Fabio Attard, Rector Mayor

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2026

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