Ciencia y educación: construir paso a paso el porvenir de la sociedad.

Por: Gustavo Zarrilli
azarrilli@unq.edu.ar
La Argentina vive tiempos de discusiones intensas. Entre ellas, la inversión pública en ciencia y educación. Sin embargo, no se trata solo de una cuestión presupuestaria. Educar e investigar no dan resultados inmediatos, no responden a la lógica del rendimiento instantáneo. Sin embargo, construyen, paso a paso, el futuro de una sociedad.
En el fondo, lo que se debate es qué lugar ocupan el conocimiento y la formación en el proyecto de país que queremos construir. Y desde una mirada salesiana, son una apuesta concreta por los jóvenes y por su capacidad de soñar, crecer y transformar la realidad.
¿Soluciones mágicas?
Vivimos en una cultura que premia la rapidez, todo parece tener que dar resultados ya. Se valora lo inmediato, lo visible, lo que rinde en el corto plazo. Esa lógica también pesa sobre los jóvenes: se les exige decidir rápido, no equivocarse, tener claro su futuro desde muy temprano. En ese contexto, estudiar durante años o dedicarse a investigar puede parecer una apuesta incierta o demasiado trabajosa.
Sin embargo, tanto la educación como la investigación funcionan con otra lógica: la del proceso. Formar a una persona no es un acto instantáneo, sino un camino paciente y cotidiano, hecho de pequeños aprendizajes, de hábitos que se consolidan, de capacidades que tal vez no se aplican de inmediato, pero que quedan sembradas. Muchas veces el fruto no se ve en el momento, y a veces ni siquiera sabemos cuándo llegará. Pero lo aprendido transforma la manera de pensar, de decidir y de servir a los demás.
Educar e investigar no dan resultados inmediatos, no responden a la lógica del rendimiento instantáneo. Sin embargo, construyen, paso a paso, el futuro de una sociedad.
La investigación científica es un claro ejemplo. Investigar no significa ofrecer soluciones mágicas ni producir resultados rápidos. Implica formular preguntas, ensayar respuestas, equivocarse, revisar, volver a intentar. Supone años de estudio y de trabajo silencioso –y casi siempre colectivo–. En ese proceso se desarrolla algo más profundo que un dato o un descubrimiento: se aprende a pensar con rigor, a buscar la verdad con honestidad, a no conformarse con explicaciones superficiales y a trabajar en equipo.
El fruto de un proceso
Cuando hablamos de ciencia, además, no nos referimos solo a laboratorios o tecnologías. Un país necesita avances en salud, energía o ambiente, pero también comprender su historia, sus desigualdades, sus conflictos y sus culturas. Las ciencias sociales y humanas son tan necesarias como las llamadas ciencias “duras”. Todas aportan a construir una sociedad más justa y más consciente. Para los jóvenes, esto es fundamental: hay vocaciones diversas, talentos distintos y caminos múltiples. Cuidar la ciencia es también cuidar esa diversidad de llamados.
Las transmisiones en vivo realizadas por investigadoras e investigadores del CONICET acercaron el mundo científico a miles de personas a través de YouTube. Muchos jóvenes pudieron escuchar, preguntar, interesarse. Esa apertura fue celebrada porque mostró una ciencia cercana y comprometida. Pero detrás de cada transmisión hubo algo que no siempre se percibe: años de formación, de estudio sostenido, de esfuerzo compartido y trabajo en equipo. Ninguna de esas experiencias surge de un día para otro. Son el fruto de procesos largos que una comunidad decidió sostener y cuidar.
Lo mismo ocurre con la educación. Un aula no produce resultados espectaculares en el instante. Lo que allí sucede es más profundo y menos visible: se forman criterios, se desarrollan capacidades, se despiertan preguntas, se construyen hábitos. Tal vez lo aprendido hoy no se aplique mañana, pero queda como una reserva interior que, en el momento oportuno, se pondrá en práctica al servicio de la sociedad.
Apostar a largo plazo
Invertir en ciencia y educación es, entonces, apostar a largo plazo. Es confiar en procesos que no siempre son inmediatos ni fácilmente medibles. Es aceptar que hay saberes que no se traducen automáticamente en resultados económicos, pero que son igualmente valiosos porque humanizan, amplían horizontes y fortalecen el tejido social.
Desde una mirada cristiana y salesiana, esta lógica nos resulta profundamente cercana. Don Bosco entendió que educar es sembrar. No ofreció soluciones rápidas, sino acompañamiento paciente. Él creía en los jóvenes incluso cuando el entorno no ofrecía garantías. Les dio tiempo, presencia y confianza. Hoy, cuidar e invertir en investigación y educación significa hacer lo mismo: creer que los jóvenes pueden recorrer caminos largos y valiosos, aunque los frutos no sean inmediatos.
No podemos pedir a los jóvenes que apuesten al futuro si no cuidamos los espacios donde se gesta.
El desafío no es solo de quienes estudian o investigan. Es de toda la sociedad. No podemos pedir a los jóvenes que apuesten al futuro si como comunidad no cuidamos los espacios donde ese futuro se gesta. Sostener la ciencia y la educación es sostener una esperanza concreta: la de un país que no se resigna al corto plazo.
El futuro no se improvisa. Se construye con paciencia, con procesos sólidos y con confianza. Un país que dice pensar en el mañana, pero descuida la ciencia y la educación, termina negando a sus jóvenes la posibilidad real de vivir mejor y de servir mejor a los demás.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – MAYO 2026
