Los Papas y una elección que marcará su magisterio.

Por Néstor Zubledía, sdb
nzubledía@donbosco.org.ar
Apenas un nuevo Papa resulta elegido por los cardenales reunidos en la Capilla Sixtina, debe decidir qué nombre llevará en adelante. Tras el aplauso que corona el escrutinio, el cardenal decano se acerca al recién elegido y le pregunta si acepta el nuevo cargo. A su vez, otro cardenal le pregunta con qué nombre desea ser llamado. Después, el elegido ingresa a la conocida como “sala de las lágrimas”, una pequeña sacristía junto a la capilla donde queda un rato completamente solo. Finalmente se prueba la vestidura blanca con la que, instantes después, será presentado ante la muchedumbre desde el balcón de la Basílica de San Pedro.
Durante los primeros siglos de la Iglesia, los nuevos papas continuaban usando su nombre de bautismo. El primero que prefirió cambiarlo fue Juan II en el siglo VI. Llevaba el nombre del dios romano Mercurio y le pareció mejor elegir otro. Esa práctica se volvió habitual, por distintos motivos, a partir del siglo X y se consolidó desde mediados del siglo XVI. De los 266 papas anteriores a León XIV, 129 eligieron nuevo nombre, todavía menos de la mitad del total.
El primer Papa que prefirió cambiar su nombre fue Juan II en el siglo VI. Llevaba el nombre del dios romano Mercurio y le pareció mejor elegir otro.
A lo largo de la historia, los nombres más comunes han sido Juan –23–, Benedicto y Gregorio –16–, Clemente y León –14–, Inocencio –13– y Pío –12–. Llamativamente ningún Papa hasta la fecha eligió cambiar su nombre por alguno de los más conocidos en los evangelios como José, Santiago, Mateo, Lucas, Andrés, Felipe y especialmente Pedro.
Francisco fue el último papa en estrenar un nombre que ningún predecesor había elegido todavía. Antes de él, Albino Luciani había sido el primero en elegir un nombre compuesto. Al unir los de sus dos predecesores –Juan XXIII y Pablo VI, los papas del Concilio Vaticano II–, Juan Pablo I preanunciaba un pontificado auspicioso. Pero murió apenas 33 días después de su elección. Para buscar más atrás a otro que estrenara un nuevo nombre todavía no utilizado por ningún Papa, hay que retroceder mil años hasta Lando, en el siglo X.
“No te olvides de los pobres”: Francisco
En los últimos siglos la elección del nombre del nuevo Papa tiene, sin duda, algo de programático. Por eso los periodistas empiezan a hacer pronósticos y conjeturas, no solo a partir del apellido y la nacionalidad del recién elegido, sino además del nombre que llevará en su pontificado.
En marzo de 2013, apenas elegido Papa, Francisco comentó en su primer encuentro con los periodistas de todo el mundo: “Algunos no sabían por qué había querido llamarme Francisco. Pensaban en Francisco Javier, en Francisco de Sales, también en Francisco de Asís. Les contaré la historia: Durante las elecciones, tenía al lado al cardenal brasileño Claudio Hummes, un gran amigo. Cuando la cosa se ponía un poco peligrosa, él me confortaba. Y cuando los votos subieron a los dos tercios, hubo el acostumbrado aplauso, porque había sido elegido el Papa. Entonces él me abrazó y me dijo: ‘No te olvides de los pobres’. Y esta palabra ha entrado aquí –señaló su frente–: los pobres, los pobres. De inmediato, en relación con los pobres, he pensado en Francisco de Asís. Después he pensado en las guerras, mientras proseguía el escrutinio hasta terminar todos los votos. Y Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación; en este momento, también nosotros mantenemos con la creación una relación no tan buena, ¿no? Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre… ¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”.
El desafío de llevar el nombre de Francisco de Asís, uno de los santos más conocidos y queridos dentro y fuera de la Iglesia católica, no resultaría fácil en adelante. Hoy no resulta difícil jalonar, a partir de esas palabras del papa Francisco en los primeros días de su pontificado, los pasos que fue dando después en doce años: Su dedicación a los pobres, especialmente los gestos y palabras para con los migrantes, los enfermos, los ancianos y los presos; la preocupación por los temas ecológicos. La primera encíclica “verde” de la historia llevó por título el comienzo de una oración de San Francisco de Asís en su idioma: Laudato sí –Alabado seas–. Las palabras del santo dieron nombre también a otra encíclica, Fratelli tutti, nacida en plena pandemia como llamado a la fraternidad y a la amistad social. Del santo de Asís vino también la inspiración, ocho siglos después, para el primer viaje papal a la península arábiga y el encuentro con el imán de la mezquita Al Azhar. Juntos, el Papa y el imán, firmaron la Declaración sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común. Los esfuerzos de Francisco por la paz en el mundo fueron incansables hasta el final.
“La defensa de la dignidad humana”: León XIV
Dos días después del cónclave de 2025, el papa León hizo su primera explicación ante los cardenales sobre la elección de su nuevo nombre. Tras mencionar al Concilio Vaticano II, “recordado y actualizado magistralmente en la Exhortación apostólica del papa Francisco Evangelii gaudium”, agregó: “Pensé tomar el nombre de León XIV por varias razones. La principal, porque el papa León XIII, con la histórica encíclica Rerum Novarum afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a todos, su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo”. La tenía clara de entrada.
Apenas un año después, León XIV firmaba en Roma la encíclica Magnifica humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Ese mismo 14 de mayo se cumplían 135 años de la encíclica Rerum Novarum de León XIII. “Con ese documento –escribió el primer pontífice estadounidense-, mi querido predecesor impulsó aquella reflexión sobre la sociedad, la economía y la política que hoy llamamos ‘Doctrina social de la Iglesia’. Y cuando algunos objetaban que la Iglesia no debía desperdiciar energías en cuestiones humanas, sino preocuparse por comunicar un mensaje de vida eterna, él respondía con realismo y sabiduría que el anuncio del evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos” (MH 3, RN 22).
“Estamos viviendo una rápida fase de transición –agregó el papa León en la introducción de la nueva encíclica- un ‘cambio de época’ en el que, mientras algunos se disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se dedican a reflexionar sobre ellas, la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien” (MH 6).
Un poco más adelante, el que dejó de joven su Chicago natal para embarrarse entre los pobres del norte peruano como misionero agustino, agrega: “No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo (…) oremos, proyectemos con sabiduría, trabajemos con perseverancia poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Entonces las piedras desechadas -los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños- se convertirán en piedras angulares, y sobre la tierra surgirá un hogar común, sólido y hospitalario, donde el amor y la verdad finalmente se encontrarán, y la justicia y la paz se besarán (cf Sal 85,11). Esta es la bendición que imploramos a Dios y la tarea que tenemos por delante” (MH 16)
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – OCTUBRE 2026
