
Por: Luis Timossi, sdb
ltimossi@donbosco.org.ar
El fin del año 2025 y el inicio del 2026, con su carga de noticias de alta tensión emocional, de conflictos y guerras ponen en vilo el sentido de la fraternidad universal.
Iniciamos el año casi en un estado de estrés postraumático, con sentimientos de ansiedad y de angustia generalizados. Tenemos la mente tan embotada que nos resulta difícil formular opiniones, y estas generan, a su vez, dolorosos abismos de incomprensión y grietas que crean distancias.
Se ha sembrado la sensación de que, se haga lo que se haga, nada va a cambiar.
Una metáfora providencial
La falta del vino en las bodas de Caná puede ser una metáfora muy apropiada para dibujar la realidad que hoy nos desafía. Los jóvenes novios pasan por una situación de la que casi no tienen idea, pero en su mundo estaba por morirse la alegría.
Es quizá una paráfrasis de lo que acontece en especial a los jóvenes de nuestro tiempo, a los que se les limita el acceso a una alegría genuina y se los seduce con engaños para participar en fiestas que dejan la boca amarga.
La aceleración e inmediatez de los tiempos los obliga a proyectar la propia vida sobre espejismos de términos muy breves.
Muchos jóvenes, desde muy niños, se han visto privados de los vínculos del amor que dan solidez a su persona y la enriquecen con una experiencia de libertad básica, que les permite lanzarse a la vida con creatividad.
Los niños, adolescentes y jóvenes más pobres, abandonados y vulnerables –los predilectos de la misión salesiana– son quienes están en más alto riesgo frente a estas desgracias de nuestro mundo globalizado.
El Aguinaldo de este año nos abre una rendija de esperanza y suscita el interés por descubrir, asumir, y comprometerse con esta realidad. Ante un mundo que acorrala a los jóvenes en redes que los oprimen y confunden en sus sentimientos más genuinos, sus búsquedas de sentido y sus sueños de un mundo más humano, el Rector Mayor nos propone fortalecer el dinamismo de la fe para comprometernos más libremente en el servicio de transformación de la realidad.
María la maestra
María nos enseña a ver, a descubrir, a darnos cuenta de lo que pasa. En esas bodas de Caná Juan destaca la presencia de seis personajes. Además de María estaban Jesús y sus discípulos, los sirvientes, el maestresala y el novio. El evangelista observa que sólo María es quien detecta la realidad y reacciona ante ella: se acaba el vino.
María es sensible y se interesa, por eso percibe, descubre y actúa.
María es consciente y activa, no vive aturdida, ajena o despreocupada. Es sensible y se interesa, por eso percibe, descubre y actúa. María ve, porque ama. Ve, porque tiene la luz interior que le permite sintonizar con la realidad de quien padece y está pronta para actuar en su favor. Ella está llena del Espíritu Santo y esa energía es la motivación de su mirada. Ella nos enseña que la fe en Jesús parte de la constatación de nuestras fragilidades, de nuestras impotencias y vulnerabilidades, y muy particularmente de las que afectan a los jóvenes.
Ella percibe que no está en sus manos la solución del problema, pero sabe quién puede asumir y transfigurar la realidad.
A su vez, Ella percibe que no está en sus manos la solución del problema. Ella es pequeña, pero sabe quién puede asumir y transfigurar la realidad. Ella es la primera en creer en su Hijo, en Jesús. Y su confianza de madre le arranca, la primera señal de Su misión, con la que inicia el anuncio del Reino. Ella sabe-cree que en Jesús está la respuesta.
El aguinaldo de este año nos invita a tomarnos de la mano de María para recorrer con Ella el camino de la fe en Jesús, poniendo en práctica lo que Él nos diga para hacernos más libremente, servidores de los jóvenes.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – MARZO 2026

