Don Bosco juega su mejor carta

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Juan Cagliero, el responsable de llevar el carisma a tierras desconocidas.

Por: Néstor Zubeldía, sdb

nzubeldia@donbosco.org.ar

En los primeros meses de 1875, Don Bosco había anunciado con bombos y platillos en el Oratorio la próxima misión en la Argentina y había convocado a los salesianos que quisieran ofrecerse voluntariamente para integrar el primer grupo de valientes. A la vez, era consciente de que debía poner a la cabeza del grupo pionero a alguien de su absoluta confianza. En realidad, hubiera deseado viajar él mismo, al menos para acompañarlos en el primer tiempo, pero tenía claro que eso resultaría imposible para su salud tan debilitada, que incluso unos años antes lo había llevado al borde de la muerte. Por eso, en marzo de 1875, se acercó al padre Juan Cagliero y le planteó su preocupación:

“Quisiera enviar a alguno de nuestros sacerdotes más preparados para acompañar a los misioneros. Tendría que quedarse en América unos tres meses, hasta que estén instalados, y después volver. Mi corazón no me permite dejarlos solos así de repente, sin un apoyo, sin un consejero en quien tengan confianza…”.

Cagliero, que no era de los que se echaban atrás frente a los desafíos, y mucho menos ante un pedido del Santo, respondió enseguida: 

“Si Don Bosco no encontrara alguno a quien confiar ese encargo y, si me cree capaz para cumplirlo, estoy listo”.

El Fundador se quedó tranquilo con la respuesta, que confirmó lo que esperaba, y ya no volvió sobre el asunto. No sería fácil prescindir de la presencia de Cagliero en Turín ni reemplazarlo en todas sus ocupaciones habituales, aunque fuera por unos meses. Pero la disponibilidad de uno de sus hombres de máxima confianza, lo animaba a seguir trabajando en la preparación del viaje.

“El jefe de la expedición”

A partir de ese día, el nombre de Cagliero apareció primero en todas las listas de los misioneros. Don Bosco lo mencionaba en sus conversaciones y en sus cartas como “jefe de la expedición”, como “plenipotenciario, dotado de todas las condiciones que se requieren, tanto para los asuntos civiles como eclesiásticos” e incluso como “vicesuperior de la Congregación”, un cargo que ya tenía don Rua, pero que de algún modo el Fundador duplicaba al establecer un representante suyo también del otro lado del mar. 

Don Bosco mencionaba a Cagliero como “jefe de la expedición” y como “vicesuperior de la Congregación”.

Un día de julio, cuando ya no faltaba mucho para la partida, el Santo volvió a preguntarle a Cagliero si seguía dispuesto a acompañar a los misioneros o si lo había dicho en broma. Él respondió decidido:

“Usted sabe bien que yo no bromeo con Don Bosco”.

“Entonces preparate”, le dijo Don Bosco, “porque llegó la hora”. 

Juan Cagliero era del mismo pueblo de Don Bosco. Se habían conocido precisamente allí. Cuando Cagliero tenía trece años ingresó al Oratorio y ya no se separó de Don Bosco. Con el tiempo, estuvo entre los primeros cuatro muchachos que recibieron el nombre de salesianos. Más tarde, y no sin dificultades, se contó también entre los que pusieron su firma como fundadores de la nueva Congregación. Al convocarlo como jefe de la primera expedición misionera salesiana, Don Bosco jugó su mejor carta. Si Miguel Rua era su mano derecha en Turín, Juan Cagliero lo sería en América, al menos en los primeros tiempos, en que la nueva obra iría adquiriendo su perfil propio. Llegar a estas tierras no sólo implicaba asumir nuevas responsabilidades, sino también trasplantar un modo de vivir y de actuar a un continente totalmente desconocido para aquellos primeros salesianos. 

“El jefe” Cagliero irá comunicando y consultando paso a paso con Don Bosco antes de tomar cada decisión. Enseguida los ofrecimientos y las propuestas para “los saleses” –como llamaban aquí en esos primeros tiempos a los salesianos– comenzaron a multiplicarse, no solo en la Argentina sino también en los países vecinos. Don Bosco ya era conocido en todo el mundo. Además, antes de desembarcar en nuestras tierras, los misioneros habían aprovechado las escalas americanas del vapor Savoie en Río de Janeiro y en Montevideo para visitar a los obispos del lugar y presentarles la nueva congregación. 

La lentitud de las comunicaciones de aquella época hacía muy complicadas las consultas con la Casa Madre de Turín o forzaba a largas esperas antes de cualquier decisión. Por eso resultó fundamental la confianza recíproca entre Don Bosco y su discípulo. De hecho, en más de una ocasión, Cagliero notificará al Fundador sobre decisiones ya tomadas o sobre obras puestas en marcha sin la correspondiente autorización previa. En algunos casos será “el jefe” quien acelere desde el terreno y Don Bosco quien ponga freno desde Turín a la expansión inicial. En otros, exactamente al revés. 

Los tres meses previstos inicialmente para Cagliero en América se transformaron en casi dos años y en una cantidad de contactos a uno y a otro lado del río de La Plata. También se multiplicaron las invitaciones para conocer lugares cercanos y lejanos. Entre otras cosas, en ese tiempo le quedó pendiente llegar hasta Puerto Santa Cruz, el pequeño caserío que sería la nueva capital del territorio austral de la Argentina. Pero al partir de regreso a Turín en agosto de 1877, para participar en el primer Capítulo General de la Congregación, Cagliero dejará en marcha en América lo que se llamó el “triángulo salesiano rioplatense”, es decir, la primera presencia estable de los salesianos en Buenos Aires, en San Nicolás de los Arroyos y en Montevideo. Sobre eso nos extenderemos en los próximos meses.

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