Una época, muchos desafíos

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Con 26 años y en un turbulento contexto, Don Albera se hace cargo de la nueva obra salesiana de Génova, desde donde partirán tiempo después los primeros misioneros salesianos.

Un joven Pablo Albera, recién ordenado sacerdote, emprende la nueva obra salesiana de Génova.

Por Manolo Pérez, sdb 
Centro Salesiano de Formación Permanente América

Volver en tiempos revueltos

Hacia 1865, el Oratorio de Valdocco había crecido tanto que en el mismo edificio funcionaba el colegio, los talleres y el seminario. Los jóvenes, que ya eran unos setecientos, crecían en número, y también crecían las deudas. Para mayor dificultad, ese mismo año muere Don Alasonatti, el administrador. La Basílica de María Auxiliadora estaba en pleno proceso de construcción y las Lecturas Católicas, uno de los grandes proyectos editoriales de Don Bosco,  llegaban a los doce mil abonados mensuales.

Él tampoco tiene descanso. Pasa sus días viajando a Roma para la aprobación de la Congregación y mediando entre el gobierno y la Santa Sede, proponiendo obispos y apoyando el Concilio Vaticano I. Está sobrepasado de trabajo y por eso llega Don Rúa, desde Mirabello, para respaldarlo. El contexto también es muy hostil: abundan las leyes anticlericales, el ejército piamontés invade toda la península llegando a Roma y el Concilio se suspenderá.

El 2 de agosto de 1868, en el seminario de Mirabello, Pablo Albera es consagrado sacerdote. En octubre de ese año la situación continúa siendo compleja en Valdocco, y hacia allí va Pablo a colaborar con Don Rúa, quien está agotado y enfermo. Don Bosco le encomienda a Albera la formación y el acompañamiento de los seminaristas, y además le pide que se haga cargo de las relaciones externas: entre sus tareas estaban la aceptación de los alumnos, la relación con sus familias y el vínculo con otras personas.

El 20 de septiembre de 1870, los ejércitos del rey Víctor Manuel III toman la ciudad de Roma, hasta entonces bajo autoridad de los Estados Pontificios, poniendo fin al proceso de unificación italiana.

“Con la plata del alquiler”

Desde 1858, los paseos otoñales se habían convertido en una tradición que los jóvenes del Oratorio esperaban con ansias. El paseo de 1864 será especial, porque Don Bosco les promete ir a Génova, donde conocerán el mar; una ciudad que él frecuentaba desde hace tiempo por algunos benefactores y difusores de las Lecturas católicas.

Allí, siempre fue cálidamente recibido por el arzobispo Charvaz, quien en uno de sus viajes le sugiere un sueño: contar con la presencia permanente de los salesianos en su diócesis. La comunidad estará compuesta por seis salesianos. Y al frente de ellos se encontrará Don Albera, que apenas tiene 26 años. Además lo acompañarán dos seminaristas y tres maestros de taller.

Al despedirlos, el 26 de octubre de 1871, Don Bosco les pregunta si necesitan algo. Pablo Albera solo tiene en su bolsillo quinientas liras, el dinero exacto para pagar el alquiler. “Mi querido Pablo, no es necesario más dinero. También en Génova vive la Divina Providencia… Abran un hospicio para los jóvenes más pobres y abandonados”: con esa certeza lo envía Don Bosco. 

Al llegar nadie los esperaba y en la casa tampoco había nada. Pero a fuerza de trabajo, Pablo y el resto de los salesianos en poco tiempo abrieron talleres de sastrería, zapatería y carpintería para unos cuarenta jóvenes. Finalmente, el 3 de diciembre recibieron la anhelada visita de Don Bosco.

En el lugar indicado

Génova era en ese momento una ciudad-puerto con mucho movimiento y en pleno crecimiento; además de conexiones ferroviarias, contaba con múltiples talleres y un aluvión de inmigrantes. 

Percibiendo la importancia de la obra salesiana, en 1872 el nuevo arzobispo, Magnasco, ofrece en Sampierdarena —uno de los barrios más populares de la ciudad— la iglesia de San Juan Bautista y un antiguo convento. Don Bosco en esta ocasión sólo cuenta con treinta liras, pero está decidido. No sólo adquiere la iglesia, sino que también se queda con el convento y el terreno adyacente, que hará las veces de patio. El 15 de noviembre se trasladan los salesianos, y la casa es inaugurada el 8 de diciembre.

Al igual que Don Bosco, Pablo Albera supo hacerse de amigos y benefactores, y también acercarse a la gente sencilla de la ciudad.

Los dos años posteriores confirman lo que se preveía: bajo la dirección de Albera, el crecimiento de la obra es imparable, se inaugura la escuela secundaria y los cursos para artesanos. Además se amplía el edificio, se duplica la cantidad de estudiantes, tanto internos como externos, y se restaura el viejo templo.

En 1876 son más de cien los jóvenes que pertenecen a la obra salesiana, a quienes se suman unos treinta salesianos cooperadores. Desde allí se brinda catequesis en las parroquias y se imprimen las las Lecturas católicas y el Boletín Salesiano. Mientras tanto, el oratorio no deja de crecer.

Punto de llegada, punto de partida

Por su parte, Don Bosco sigue emprendiendo nuevos proyectos, como son la apertura de nuevas obras en Francia y el envío de misioneros hacia América.

El 11 de noviembre de 1875, Pablo Albera recibe a Don Bosco y a los primeros misioneros en la casa de Génova. Allí se congregan salesianos, jóvenes, cooperadores y benefactores; todos, admirados, se muestran dispuestos a ayudar y se suman al festejo del envío misionero. Algunos años más tarde, en 1877, también María Mazzarello acompañará allí a sus primeras misioneras.

Don Albera era sin duda el alma de la casa por su amabilidad, dedicación y sencilla piedad. Siempre estaba dispuesto a confesar a quien se acercara y, cuando predicaba, llegaba al corazón. Quienes lo conocieron destacan su devoción a María Auxiliadora, a Jesús sacramentado y al Sagrado Corazón. Al igual que Don Bosco, supo hacerse de amigos y benefactores, y también de acercarse a la gente sencilla de la ciudad.

Entre 1871 y 1887, en sus viajes a Roma o a Francia, Don Bosco visitó cuarenta y seis veces la casa de Génova en Sampierdarena. Y ya tenía otros planes para Don Albera: que preste servicio como provincial en Francia.

BOLETÍN SALESIANO – JUNIO 2021

Una época, muchos desafíos

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Con 26 años y en un turbulento contexto, Don Albera se hace cargo de la nueva obra salesiana de Génova, desde donde partirán tiempo después los primeros misioneros salesianos.

Un joven Pablo Albera, recién ordenado sacerdote, emprende la nueva obra salesiana de Génova.

Por Manolo Pérez, sdb 
Centro Salesiano de Formación Permanente América

Volver en tiempos revueltos

Hacia 1865, el Oratorio de Valdocco había crecido tanto que en el mismo edificio funcionaba el colegio, los talleres y el seminario. Los jóvenes, que ya eran unos setecientos, crecían en número, y también crecían las deudas. Para mayor dificultad, ese mismo año muere Don Alasonatti, el administrador. La Basílica de María Auxiliadora estaba en pleno proceso de construcción y las Lecturas Católicas, uno de los grandes proyectos editoriales de Don Bosco,  llegaban a los doce mil abonados mensuales.

Él tampoco tiene descanso. Pasa sus días viajando a Roma para la aprobación de la Congregación y mediando entre el gobierno y la Santa Sede, proponiendo obispos y apoyando el Concilio Vaticano I. Está sobrepasado de trabajo y por eso llega Don Rúa, desde Mirabello, para respaldarlo. El contexto también es muy hostil: abundan las leyes anticlericales, el ejército piamontés invade toda la península llegando a Roma y el Concilio se suspenderá.

El 2 de agosto de 1868, en el seminario de Mirabello, Pablo Albera es consagrado sacerdote. En octubre de ese año la situación continúa siendo compleja en Valdocco, y hacia allí va Pablo a colaborar con Don Rúa, quien está agotado y enfermo. Don Bosco le encomienda a Albera la formación y el acompañamiento de los seminaristas, y además le pide que se haga cargo de las relaciones externas: entre sus tareas estaban la aceptación de los alumnos, la relación con sus familias y el vínculo con otras personas.

El 20 de septiembre de 1870, los ejércitos del rey Víctor Manuel III toman la ciudad de Roma, hasta entonces bajo autoridad de los Estados Pontificios, poniendo fin al proceso de unificación italiana.

“Con la plata del alquiler”

Desde 1858, los paseos otoñales se habían convertido en una tradición que los jóvenes del Oratorio esperaban con ansias. El paseo de 1864 será especial, porque Don Bosco les promete ir a Génova, donde conocerán el mar; una ciudad que él frecuentaba desde hace tiempo por algunos benefactores y difusores de las Lecturas católicas.

Allí, siempre fue cálidamente recibido por el arzobispo Charvaz, quien en uno de sus viajes le sugiere un sueño: contar con la presencia permanente de los salesianos en su diócesis. La comunidad estará compuesta por seis salesianos. Y al frente de ellos se encontrará Don Albera, que apenas tiene 26 años. Además lo acompañarán dos seminaristas y tres maestros de taller.

Al despedirlos, el 26 de octubre de 1871, Don Bosco les pregunta si necesitan algo. Pablo Albera solo tiene en su bolsillo quinientas liras, el dinero exacto para pagar el alquiler. “Mi querido Pablo, no es necesario más dinero. También en Génova vive la Divina Providencia… Abran un hospicio para los jóvenes más pobres y abandonados”: con esa certeza lo envía Don Bosco. 

Al llegar nadie los esperaba y en la casa tampoco había nada. Pero a fuerza de trabajo, Pablo y el resto de los salesianos en poco tiempo abrieron talleres de sastrería, zapatería y carpintería para unos cuarenta jóvenes. Finalmente, el 3 de diciembre recibieron la anhelada visita de Don Bosco.

En el lugar indicado

Génova era en ese momento una ciudad-puerto con mucho movimiento y en pleno crecimiento; además de conexiones ferroviarias, contaba con múltiples talleres y un aluvión de inmigrantes. 

Percibiendo la importancia de la obra salesiana, en 1872 el nuevo arzobispo, Magnasco, ofrece en Sampierdarena —uno de los barrios más populares de la ciudad— la iglesia de San Juan Bautista y un antiguo convento. Don Bosco en esta ocasión sólo cuenta con treinta liras, pero está decidido. No sólo adquiere la iglesia, sino que también se queda con el convento y el terreno adyacente, que hará las veces de patio. El 15 de noviembre se trasladan los salesianos, y la casa es inaugurada el 8 de diciembre.

Al igual que Don Bosco, Pablo Albera supo hacerse de amigos y benefactores, y también acercarse a la gente sencilla de la ciudad.

Los dos años posteriores confirman lo que se preveía: bajo la dirección de Albera, el crecimiento de la obra es imparable, se inaugura la escuela secundaria y los cursos para artesanos. Además se amplía el edificio, se duplica la cantidad de estudiantes, tanto internos como externos, y se restaura el viejo templo.

En 1876 son más de cien los jóvenes que pertenecen a la obra salesiana, a quienes se suman unos treinta salesianos cooperadores. Desde allí se brinda catequesis en las parroquias y se imprimen las las Lecturas católicas y el Boletín Salesiano. Mientras tanto, el oratorio no deja de crecer.

Punto de llegada, punto de partida

Por su parte, Don Bosco sigue emprendiendo nuevos proyectos, como son la apertura de nuevas obras en Francia y el envío de misioneros hacia América.

El 11 de noviembre de 1875, Pablo Albera recibe a Don Bosco y a los primeros misioneros en la casa de Génova. Allí se congregan salesianos, jóvenes, cooperadores y benefactores; todos, admirados, se muestran dispuestos a ayudar y se suman al festejo del envío misionero. Algunos años más tarde, en 1877, también María Mazzarello acompañará allí a sus primeras misioneras.

Don Albera era sin duda el alma de la casa por su amabilidad, dedicación y sencilla piedad. Siempre estaba dispuesto a confesar a quien se acercara y, cuando predicaba, llegaba al corazón. Quienes lo conocieron destacan su devoción a María Auxiliadora, a Jesús sacramentado y al Sagrado Corazón. Al igual que Don Bosco, supo hacerse de amigos y benefactores, y también de acercarse a la gente sencilla de la ciudad.

Entre 1871 y 1887, en sus viajes a Roma o a Francia, Don Bosco visitó cuarenta y seis veces la casa de Génova en Sampierdarena. Y ya tenía otros planes para Don Albera: que preste servicio como provincial en Francia.

BOLETÍN SALESIANO – JUNIO 2021

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