Del tsunami a la esperanza

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Una casa salesiana se abrió para recibir a los huérfanos luego del terrible tsunami de 2004. Hoy sigue siendo casa de vida, esperanza y futuro para los jóvenes de Tailandia.

Durante el mes de mayo, el Rector Mayor visitó numerosas presencias del sudeste asiático. En la Casa Don Bosco de Bangsak plantó un árbol como recuerdo de su visita.

Llegue mi saludo como cada mes, amigos y amigas del carisma de Don Bosco. Saben que, en lo posible, me complace compartir con ustedes muchas de las cosas increíbles que tengo la fortuna de vivir.

Dos semanas atrás me encontraba en Tailandia. Entre los objetivos de la visita, uno era conocer una pequeña pero muy hermosa presencia ubicada en un lugar de dolor —y hoy de vida—; en el mismo lugar donde aquel 26 de diciembre de 2004 un terrible tsunami arrasaba una gran parte de Indonesia, y regiones e islas limítrofes, llegando al sur de Tailandia. En Indonesia fueron unos doscientos mil los muertos y desaparecidos. En ese pequeño pueblo de pescadores —y también de turismo, especialmente para extranjeros—, los muertos y desaparecidos llegaron a casi ocho mil personas. Una verdadera tragedia.

En aquel momento, mi predecesor, Don Pascual Chávez, pidió al provincial de aquella inspectoría ponerse de inmediato en movimiento para poder recibir en una nueva presencia salesiana —ya que no estábamos allí hasta ese momento— a muchos de los huérfanos víctimas del tsunami.

Así se hizo, y en muy poco tiempo más de ciento veinte muchachos y muchachas tenían una casa, y en ella una familia grande que los acogía, les daba seguridad y, aún dentro de su dolor, una oportunidad para mirar a la vida con esperanza. Así pasaron los años, y aquellos chicos y chicas crecieron, pudieron formarse y hoy son mujeres y hombres con sus familias y sus vidas bien encaminadas. Toda una bendición aún en medio de la tragedia.

«Estos chicos y chicas ya no tiene nada que ver con el tsunami del mar, pero sí con el tsunami de la vida, de las pobrezas, de las fragmentaciones familiares»

Pero hoy, 18 años después, ya no hay huérfanos de aquel tsunami en Kaolak. ¿En qué ha derivado esa presencia salesiana? Eso es lo que pude ver con mis propios ojos. Al llegar nos esperaban 42 niños, niñas, y adolescentes, entre los 6 y los 15 años; viven una preciosa vida de amistad y de familia. Están organizados en cinco casitas preciosas en las que tienen cocina, lugar para lavar su ropa, aseos y duchas, sala de estudio, comedor y un pequeño dormitorio. El lugar es paradisíaco, como toda aquella región. Y muy cerquita de la casa salesiana está la escuela pública que frecuentan los chicos y chicas.

¿Y quiénes son? Como dije, ya no tienen nada que ver con el tsunami del mar, pero sí con el tsunami de la vida, de las pobrezas, de las fragmentaciones familiares. Por lo general no tienen padres; hay quienes tienen la protección de un tío lejano o un familiar más lejano todavía —es decir, casi desconocidos—. Y la casa salesiana es esa oportunidad que transforma vidas, que lleva a cabo verdaderos “milagros”. Sí, reitero: verdaderos “milagros”. No se asusten por ello. 

Puedo asegurarles que me conmovía al saber que las jovencitas que allí están tienen la oportunidad de prepararse felizmente para la vida, de sentirse cuidadas y protegidas, de formarse, de estudiar … a veces hasta los más altos niveles. ¿Saben por qué digo que es un “milagro”? Porque sin esta oportunidad, a esas chicas de 13 años podría esperarles caer en cualquier red de prostitución o de explotación de menores, o bien ser obligadas a tener un marido muy mayor o anciano. Me decía a mí mismo: “Sólo por esto merece la pena el hermoso ideal del carisma de Don Bosco que se sigue encarnando y haciendo realidad hoy, 165 años después”.

Y añado algo más. Podrían pensar que allí tenemos una comunidad salesiana, pero no es así. Las presencias en Tailandia y los frentes que atender son tantos y tan diversos que no conseguimos llegar a todo como religiosos, pero sí como presencias salesianas con educadores y educadoras de todo tipo.

En concreto, en la “Casa Don Bosco de la Esperanza” son dos laicas consagradas quienes están al frente de esta presencia educativa, y quienes hacen de “mamás” las veinticuatro horas del día. Es también un matrimonio de salesianos cooperadores quien se encarga de la intendencia, de las compras, de lo que se necesite. Y hay una señora, una auténtica Mamá Margarita, que cocina y acompaña las comidas. La inspectoría salesiana asegura que no les falte lo necesario. Es otra presencia más, y se vela por ella con el mismo cariño.

Y dos últimas cosas: la creatividad salesiana hace que esos muchachos, muchachas y adolescentes realicen manualidades de gran calidad que después venden, generando un fondo para llevarse cuando dejen la casa salesiana. Incluso la inspectoría salesiana está preparando un puesto de venta para que puedan tener visibilidad al público, especialmente entre los turistas.

Mi corazón se llenaba de gozo al escuchar que un 12% de estos muchachos y muchachas de Don Bosco llegaban a la universidad. Un 15% hacía después algunos estudios técnicos en nuestras escuelas de formación profesional y más de un 50%, terminada la enseñanza del colegio público, encontraba un trabajo con el que comenzar su vida con autonomía. A los otros se les perdía la pista o no había noticia de ellos.

Viví no sólo un hermoso sueño, sino una realidad que me llegaba muy al corazón. Esta es otra de esas cosas buenas y noticias que existen, que no hacen ruido pero que hacen más bonito el mundo. Por eso, el dolor del tsunami hoy deja paso a la belleza de la esperanza. Sigamos creyendo que también hay cosas buenas en este nuestro mundo.

Don Ángel Fernández Artime, sdb

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JULIO 2022

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