“Las obras son la forma de hacerle sentir a la gente que entendemos su dolor”

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Entrevista con el padre Ángel Rossi, sacerdote jesuita, comunicador, promotor de la fundación Manos Abiertas de asistencia a personas en situación de calle, huérfanos y enfermos.

«Nos estaba faltando lo que el Papa llama ‘agresividad apostólica’, el ir más a la gente«, expresa el jesuita Ángel Rossi

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros
redaccion@boletinsalesiano.com.ar

Cuando faltan apenas días para terminar el año, y mientras avanza el desarrollo de una o de varias vacunas en distintas partes del mundo, algo parecido al “final” de esta pandemia parece más cercano. ¿Cómo será esa “nueva normalidad”? ¿Qué se espera de las personas de fe luego de este año vivido? 

En este contexto, el Boletín Salesiano dialogó con el padre Ángel Rossi: sacerdote jesuita, nació y vive en la ciudad de Córdoba y desarrolla una amplia tarea social y pastoral a través de la fundación Manos Abiertas, que asiste a personas en situación de calle, huérfanos y enfermos.   Además, es autor de numerosas publicaciones y tiene una columna todos los viernes en radio Continental, de Buenos Aires.

Dice el padre Ángel: “El ejemplo es el Señor, que también pasó una cuarentena en el desierto y cuando termina ese tiempo, no para: visita a la gente, se junta con el leproso, va a la casa de Marta y María, se reúne con sus amigos… Una vez pasado este encierro, hay que volver a contactarse con la gente. Nos estaba faltando lo que el Papa llama ‘agresividad apostólica’, el ir más a la gente. Uno de los riesgos terminada la pandemia es habernos ‘apichonado’ un poco. El miedo, que no es lo mismo que la prudencia, nos ha jugado una mala pasada, porque tiende a bloquearnos. Nos está faltando, bajo la forma que sea, una presencia más valiente… Los enfermeros se matan trabajando y nosotros muchas veces estamos encerrados, con miles de excepciones gracias a Dios.

¿Qué cosas quedarán de lo vivido este año?

Creo que hay modelos anteriores que no funcionan. Hay que animarse a gestar algo nuevo en todos los ámbitos, que tenga memoria del pasado y arrojo ante el futuro. Está claro que hay cosas del mundo y de la Iglesia que son cambiables, sin perder la memoria. Lo dice el papa Francisco en Evangelii Gaudium: esto así no puede seguir, hay que pensar algo nuevo, en la economía, en la política, en lo social. Discerniendo qué es lo que el mundo y la Iglesia esperan de nosotros. Uno ve ámbitos de militancia con gente que nosotros muchas veces no hemos sabido cuidar. Hay una porción de gente y de jóvenes a la que no le hemos hecho llegar el mensaje, o no lo hemos hecho suficientemente seductor…

«Nuestro pueblo tiene un sentido de fe y de esperanza, que no es ingenuo. Estará tirado económicamente, pero en la fe, a veces somos nosotros los tirados».

¿Esos sectores siguen esperando algo de las personas de fe?

Yo creo que sí, que sigue habiendo espera, hay una sed de espiritualidad. La cosa es que la propuesta sea interesante. Los liderazgos de antes llenaban la plaza. Pero el liderazgo de este milenio es la compasión: lidera el que se vincula. Es un modo distinto, es cercanía a la gente, quizás es menos llamativo, pero se trata de eso. Cuando uno se acerca a la gente, conversa, los acompaña, los conoce, se preocupa de su dolor, de su alegría, es difícil que no se prendan. 
Si hay cierta coherencia, nos volvemos creíbles. Tal vez hoy muchos no nos encuentran suficientemente coherentes. Las obras y los gestos, no tanto las palabras, son la forma de hacerle sentir a la gente que entendemos su dolor, que los acompañamos y que queremos darles una mano.
Es cierto que hay indiferencia, que es hasta más dolorosa que el odio, pero no hay que creer que “no esperan nada”, porque puede pasar que esperan y que no encuentran. 

Para el papa Francisco, la pandemia no nos dejará “iguales”, pero quizás nos deje peores… ¿qué podemos hacer para que nos deje “mejores” a como éramos antes?

Puede pasar que cuando esto se suavice nos pase como al pueblo de Israel: la tentación del olvido. Una vez que empezás a estar cómodo, a retomar la vida, a veces uno se olvida de dónde viene. Por eso creo que hay que tomar como ejemplo a la gente de los barrios humildes y los sufrientes, que son maestros de esperanza. Justamente, al tener tan poco apoyo humano, necesariamente el corazón busca refugio en el Señor y en la fe. Son gente sencilla, de fe. Hay mucho que aprender y acompañar. No es que el pueblo esté tirado y desesperanzado. Estará tirado económicamente, pero en la fe, a veces somos nosotros los tirados. Nuestro pueblo tiene un sentido de fe, de esperanza, que no es ingenuo. Es fe en el sentido más hondo de la palabra. La gente sigue poniendo su corazón en Dios, en los santos. Nuestra devoción popular sigue firme, hay que saber escuchar a la gente porque tienen mucho para enseñar.

Una palabra muy presente este año es la esperanza: como creyentes, ¿cómo hacemos concreta esa esperanza?

Hay que rebuscársela, pero no nos podemos desencantar. No nos está permitido el desencanto. Una cosa es experimentarlo, pero no consentirlo, no instalarlo en el corazón. Si no, empezás a vivir desde ahí y entonces tenés un mensaje eclesial “tristón”. Frente a eso, el que puede se va. 
Como decía Santa Teresa, tenemos que tener en claro que Cristo no tiene otras manos más que las nuestras. Por eso el mundo entenderá de caridad a través de nuestros gestos, entenderá la misericordia del Señor a través de nuestra misericordia, el mundo entenderá lo que es la ternura a través de nuestros gestos de ternura y de caridad.
Hay que seguir esperando y no bajar los brazos. “Algo nuevo está brotando”, dice Isaías, hay que notarlo, y fomentarlo, empecinadamente. A veces nosotros tenemos ese brotecito nuevo, que puede ser símbolo para los demás, no porque seamos mejores que el resto, sino porque mostramos que hay otra forma de vivir.

El mundo entenderá de caridad a través de nuestros gestos, entenderá la misericordia del Señor a través de nuestra misericordia.

Los cierres de año siempre son momentos de mucha tensión: ¿qué consejo o pista se puede brindar para transitar este final tan particular?

Quizás ayuda un poco a reflexionar buscar un ratito de estar frente al pesebre y revisar qué es lo que espero, que es lo que anhelo, qué es lo que podría llenar mi vida, qué es lo que siento que me está faltando. Es un tiempo para sentarse frente al pesebre y revisar el territorio de nuestros sueños. La pandemia, contra todo pronóstico, en vez de destruir nuestros sueños a veces los fomenta. Cuando parecería que todo se acaba, es cuando brota más la esperanza.

Gracias educadores

El sábado 28 de noviembre, el padre Ángel Rossi brindó un espacio de reflexión y homenaje en VIVO para educadores de la Familia Salesiana de todo el país. A continuación podés mirar la conferencia completa y también podés encontrarla en el canal de YouTube del Boletín Salesiano, ingresando aquí.

BOLETÍN SALESIANO – DICIEMBRE 2020

“Las obras son la forma de hacerle sentir a la gente que entendemos su dolor”

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Entrevista con el padre Ángel Rossi, sacerdote jesuita, comunicador, promotor de la fundación Manos Abiertas de asistencia a personas en situación de calle, huérfanos y enfermos.

«Nos estaba faltando lo que el Papa llama ‘agresividad apostólica’, el ir más a la gente«, expresa el jesuita Ángel Rossi

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros
redaccion@boletinsalesiano.com.ar

Cuando faltan apenas días para terminar el año, y mientras avanza el desarrollo de una o de varias vacunas en distintas partes del mundo, algo parecido al “final” de esta pandemia parece más cercano. ¿Cómo será esa “nueva normalidad”? ¿Qué se espera de las personas de fe luego de este año vivido? 

En este contexto, el Boletín Salesiano dialogó con el padre Ángel Rossi: sacerdote jesuita, nació y vive en la ciudad de Córdoba y desarrolla una amplia tarea social y pastoral a través de la fundación Manos Abiertas, que asiste a personas en situación de calle, huérfanos y enfermos.   Además, es autor de numerosas publicaciones y tiene una columna todos los viernes en radio Continental, de Buenos Aires.

Dice el padre Ángel: “El ejemplo es el Señor, que también pasó una cuarentena en el desierto y cuando termina ese tiempo, no para: visita a la gente, se junta con el leproso, va a la casa de Marta y María, se reúne con sus amigos… Una vez pasado este encierro, hay que volver a contactarse con la gente. Nos estaba faltando lo que el Papa llama ‘agresividad apostólica’, el ir más a la gente. Uno de los riesgos terminada la pandemia es habernos ‘apichonado’ un poco. El miedo, que no es lo mismo que la prudencia, nos ha jugado una mala pasada, porque tiende a bloquearnos. Nos está faltando, bajo la forma que sea, una presencia más valiente… Los enfermeros se matan trabajando y nosotros muchas veces estamos encerrados, con miles de excepciones gracias a Dios.

¿Qué cosas quedarán de lo vivido este año?

Creo que hay modelos anteriores que no funcionan. Hay que animarse a gestar algo nuevo en todos los ámbitos, que tenga memoria del pasado y arrojo ante el futuro. Está claro que hay cosas del mundo y de la Iglesia que son cambiables, sin perder la memoria. Lo dice el papa Francisco en Evangelii Gaudium: esto así no puede seguir, hay que pensar algo nuevo, en la economía, en la política, en lo social. Discerniendo qué es lo que el mundo y la Iglesia esperan de nosotros. Uno ve ámbitos de militancia con gente que nosotros muchas veces no hemos sabido cuidar. Hay una porción de gente y de jóvenes a la que no le hemos hecho llegar el mensaje, o no lo hemos hecho suficientemente seductor…

«Nuestro pueblo tiene un sentido de fe y de esperanza, que no es ingenuo. Estará tirado económicamente, pero en la fe, a veces somos nosotros los tirados».

¿Esos sectores siguen esperando algo de las personas de fe?

Yo creo que sí, que sigue habiendo espera, hay una sed de espiritualidad. La cosa es que la propuesta sea interesante. Los liderazgos de antes llenaban la plaza. Pero el liderazgo de este milenio es la compasión: lidera el que se vincula. Es un modo distinto, es cercanía a la gente, quizás es menos llamativo, pero se trata de eso. Cuando uno se acerca a la gente, conversa, los acompaña, los conoce, se preocupa de su dolor, de su alegría, es difícil que no se prendan. 
Si hay cierta coherencia, nos volvemos creíbles. Tal vez hoy muchos no nos encuentran suficientemente coherentes. Las obras y los gestos, no tanto las palabras, son la forma de hacerle sentir a la gente que entendemos su dolor, que los acompañamos y que queremos darles una mano.
Es cierto que hay indiferencia, que es hasta más dolorosa que el odio, pero no hay que creer que “no esperan nada”, porque puede pasar que esperan y que no encuentran. 

Para el papa Francisco, la pandemia no nos dejará “iguales”, pero quizás nos deje peores… ¿qué podemos hacer para que nos deje “mejores” a como éramos antes?

Puede pasar que cuando esto se suavice nos pase como al pueblo de Israel: la tentación del olvido. Una vez que empezás a estar cómodo, a retomar la vida, a veces uno se olvida de dónde viene. Por eso creo que hay que tomar como ejemplo a la gente de los barrios humildes y los sufrientes, que son maestros de esperanza. Justamente, al tener tan poco apoyo humano, necesariamente el corazón busca refugio en el Señor y en la fe. Son gente sencilla, de fe. Hay mucho que aprender y acompañar. No es que el pueblo esté tirado y desesperanzado. Estará tirado económicamente, pero en la fe, a veces somos nosotros los tirados. Nuestro pueblo tiene un sentido de fe, de esperanza, que no es ingenuo. Es fe en el sentido más hondo de la palabra. La gente sigue poniendo su corazón en Dios, en los santos. Nuestra devoción popular sigue firme, hay que saber escuchar a la gente porque tienen mucho para enseñar.

Una palabra muy presente este año es la esperanza: como creyentes, ¿cómo hacemos concreta esa esperanza?

Hay que rebuscársela, pero no nos podemos desencantar. No nos está permitido el desencanto. Una cosa es experimentarlo, pero no consentirlo, no instalarlo en el corazón. Si no, empezás a vivir desde ahí y entonces tenés un mensaje eclesial “tristón”. Frente a eso, el que puede se va. 
Como decía Santa Teresa, tenemos que tener en claro que Cristo no tiene otras manos más que las nuestras. Por eso el mundo entenderá de caridad a través de nuestros gestos, entenderá la misericordia del Señor a través de nuestra misericordia, el mundo entenderá lo que es la ternura a través de nuestros gestos de ternura y de caridad.
Hay que seguir esperando y no bajar los brazos. “Algo nuevo está brotando”, dice Isaías, hay que notarlo, y fomentarlo, empecinadamente. A veces nosotros tenemos ese brotecito nuevo, que puede ser símbolo para los demás, no porque seamos mejores que el resto, sino porque mostramos que hay otra forma de vivir.

El mundo entenderá de caridad a través de nuestros gestos, entenderá la misericordia del Señor a través de nuestra misericordia.

Los cierres de año siempre son momentos de mucha tensión: ¿qué consejo o pista se puede brindar para transitar este final tan particular?

Quizás ayuda un poco a reflexionar buscar un ratito de estar frente al pesebre y revisar qué es lo que espero, que es lo que anhelo, qué es lo que podría llenar mi vida, qué es lo que siento que me está faltando. Es un tiempo para sentarse frente al pesebre y revisar el territorio de nuestros sueños. La pandemia, contra todo pronóstico, en vez de destruir nuestros sueños a veces los fomenta. Cuando parecería que todo se acaba, es cuando brota más la esperanza.

Gracias educadores

El sábado 28 de noviembre, el padre Ángel Rossi brindó un espacio de reflexión y homenaje en VIVO para educadores de la Familia Salesiana de todo el país. A continuación podés mirar la conferencia completa y también podés encontrarla en el canal de YouTube del Boletín Salesiano, ingresando aquí.

BOLETÍN SALESIANO – DICIEMBRE 2020

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