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En Paraná, el club del centro de exalumnos de Don Bosco es camino de inclusión y evangelización para los jóvenes

Están jugando un partidazo. El silbato de largada sonó hace ya ochenta años y aunque hubo varios cambios, el equipo sigue unido y mirando para adelante. En Paraná, el centro de exalumnos de Don Bosco le dio vida a un club donde el deporte es camino de inclusión, formación y evangelización para cientos de chicos y jóvenes que cada semana encuentran allí un lugar para ser felices.

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Todo comenzó con los jóvenes

Los salesianos José María Brasesco y Luis Ramasso habían llegado a la capital entrerriana en 1935 para dar comienzo a una importante iniciativa: la obra salesiana Enrique Carbó, llamada así en honor quien donó la propiedad.

Frente a la inquietud de los primeros exploradores y oratorianos de seguir vinculados a la obra en sus ratos libres, el padre Brasesco les propuso un desafío: formar un centro de exalumnos. Así, las firmas de un grupo de casi treinta jóvenes de entre 16 y 18 años aparecen al pie del acta de fundación de la agrupación, un 8 de mayo de 1938.

El deporte fue sin dudas la piedra fundacional. Un aula del viejo colegio funcionó como sede, mientras que al billar y al pingpong se sumaba la práctica de fútbol. En 1948, el acceso a un subsidio por parte del gobierno nacional y la venta de un jugador a Rosario Central —Juan Antonio Portaluppi, llamado “Cartero” por su trabajo en el Correo— permitieron adquirir el campo de deportes: cuatro hectáreas cercanas al colegio sobre la hoy avenida Don Bosco y actual sede del centro de exalumnos.

La propiedad se encontraba en desnivel, al lado de un arroyo y sin delimitar. Con gran esmero, las mejoras en el terreno se fueron sucediendo a lo largo de los años, a la vez que se incorporaban nuevas disciplinas deportivas. Hoy el centro cuenta con una cancha de fútbol principal iluminada y con tribunas, y otra alternativa; cancha de softbol, playón deportivo, quincho, sede social, gimnasio y salón de eventos. Y una envidiable tarea social.

Casi treinta jóvenes firmaron acta de fundación del centro, un 8 de mayo de 1938.

“Formar a través del deporte”

“Seguimos el carisma de Don Bosco. Tratamos de formar jóvenes a través del deporte”: quien lo dice es Oscar Barbieri que está terminando su segundo período como presidente de la comisión directiva del centro. Hizo la primaria en la obra salesiana de Paraná y recuerda los tiempos en que la sede aún funcionaba en el colegio: “Tratamos de que los chicos sean libres, correteen, se diviertan y respeten a Dios a través del respeto a sus semejantes. Pero también cuando comparten la pelota, o en el vestuario. Que no descuiden sus estudios y sean respetuosos en sus hogares”.

A fines de los años noventa, los exalumnos formaron una asociación civil independiente de la obra Enrique Carbó pero vinculada a la Familia Salesiana. Por esa época, el acuerdo con una cadena de supermercados les permitió alquilar una fracción del terreno a cambio de un pago mensual. Esta decisión posibilitó solventar gran parte de los gastos de mantenimiento y a la vez sostener una cuota accesible a los socios: por menos de cien pesos al mes, casi seiscientos jóvenes acceden a una variada práctica deportiva.

Ubicado en las afueras de la ciudad, el centro cumple una importante función social. “Acá en la periferia hay barrios con muchos problemas sociales. En algunos casos los chicos no escapan al consumo problemático de sustancias. Entonces tratamos de contenerlos, tener el corazón abierto. El que puede paga la cuota, pero si hay necesidad se da una beca”, aclara Oscar.

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Daniel viene al club desde los 11 años. Hoy tiene 34, coordina el fútbol infantil y jamás dudó en traer a sus hijos: «Los valores que tengo hoy se los debo a este lugar».

Colaborar en la educación de los hijos

Bibiana vive en el barrio Loma Hermosa. Como otros papás y mamás acompaña a su hijo de seis años mientras practica fútbol. Lo anotó en Don Bosco porque el deporte le ayudaría a mejorar algunas dificultades respiratorias. Benjamín no sólo encontró un alivio para su salud, sino también un lugar donde se preocupan por él. Y para Bibiana, eso también es un alivio: “Hay buen ambiente. Si alguno se enferma el profe le está mandando un mensaje preguntando por qué faltó. Se preocupan mucho por los chicos.

Cuando empezó venir al club, Daniel Zárate tenía 11 años. Hoy tiene 34, coordina el fútbol infantil y jamás dudó en traer también a sus hijos, Felipe y Nehemías. “El club es muy importante para contener chicos de distintas partes de la ciudad. Tratamos de sacarlos de la calle. Vienen acá, se divierten, tienen la merienda, juegan”, comenta Daniel. Mientras tanto, en el salón de eventos están preparando todo para la fiesta del domingo: un grupo de chicos hace su Confirmación. “Más allá de la escuela, el club da una muy buena educación. Los valores que hoy en día tengo se los debo a este lugar.

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Un lugar para brillar

En el club se pueden practicar varios deportes: softbol, vóley, fútbol, hockey, fútbol de salón, jiujitsu, entre otros. En esa variedad está una de las claves del centro de exalumnos: brindarle a los chicos y jóvenes distintas posibilidades de destacarse y disfrutar con otros.

Paraná es la capital nacional del softbol y en buena medida se lo debe a la generación del centro de exalumnos que en 1970 empezó a practicar la disciplina. Numerosos torneos internacionales se han disputado en la ciudad y del club Don Bosco han salido grandes jugadores para la selección mayor.

Más recientemente, el fútbol femenino encontró aquí un lugar para crecer. Gisel Matorras, de 27 años, llegó a Paraná a estudiar desde Las Lomitas, la localidad de Formosa donde creció y aprendió a apasionarse por la pelota. “El deporte te enseña cosas que estar encerrado jugando un videojuego no te enseña. Aprendés a hacer compañeros… aprendés a tener ganas de vivir”, dice Gisel.

Cuando llegó a Paraná, lo primero que hizo fue armar un equipo de fútbol femenino. Y fue el centro de exalumnos el que le abrió las puertas para practicar: “Cuando sos de otro lado, te ayuda un montón a insertarte en la ciudad. Encontrás una nueva familia”. Mientras continúa sus estudios, forma parte del departamento de fútbol femenino del Consejo Federal de AFA. Desde allí alienta a ligas y equipos a darle calidad a la disciplina. “Ganar una carrera retrocediendo en un ataque es mucho más que ser un profesional jugando en el Barcelona. Cada uno supera sus propias dificultades. Ese es el éxito para mí”, cierra Gisel.

La variedad de deportes brinda a los chicos distintas posibilidades de destacarse y disfrutar con otros.

Tener puesta la camiseta de Don Bosco

A principios de mayo, el centro de exalumnos de Paraná celebró sus ochenta años de vida con una semana de festejos abiertos a toda la comunidad. Es el aniversario de una original forma de llevar adelante el espíritu de Don Bosco: en este caso, a través del trabajo y la entrega gratuita de numerosos laicos comprometidos. Gracias a todos ellos varias generaciones de jóvenes ya salieron ganando. •

«Primero están los chicos»

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“Lo único que tienen que hacer es divertirse con la pelotita. No quiero que si nos hacen un foul reaccionemos mal. Es un foul. Pasa en todos los partidos. Sin embargo se levantan y siguen. Nadie va a pegar a los otros chicos. Y si nos hacen goles a nosotros está bien, porque los demás también juegan…”.

Hace unas semanas, esta arenga de un entrenador a su equipo de fútbol infantil se “viralizó” en las redes. El protagonista fue Máximo Monzón, más conocido en el centro de exalumnos como “Chaco”. “No tendría que haber sido noticia —dice Chaco, que a raíz de ese video fue entrevistado por numerosos medios locales y nacionales—. No busqué esa ‘fama’, pero es una cosa que yo les decía a los chicos: el fútbol es para divertirse”.

De joven, Chaco vivía como casero en el club. Cuando se levantaron los muros perimetrales, se mudó al barrio de atrás.“Los chicosdeambulan, no tienen un trabajo, no tienen un estudio —reconoce Chaco—. La importancia del club tratar de contenerlos, de enseñarles mediante el deporte una vida más sana”.

En el tiempo que le deja su trabajo como albañil colabora como entrenador. Arranca su día a eso de las seis de la mañana y vuelve a su casa a las cuatro. Se baña, come algo y sale para el club. “Mis tres hijos mayores jugaron fútbol en Don Bosco, mi nena hockey. El más chiquito va a la escuelita de fútbol. Hay cosas para hacer en casa, sí, pero para eso hay tiempo. Primero están los chicos”, afirma Chaco.

 

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros

BOLETIN SALESIANO – JUNIO 2018

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