El único compromiso que tenían definido los primeros misioneros, todo lo demás estaba por verse.

Por: Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar
El colegio de San Nicolás de los Arroyos fue la primera obra educativa de los salesianos en América. Los diez misioneros que partieron del puerto de Génova en noviembre de 1875 venían con la ilusión de ponerlo en marcha. Era el único compromiso definido de antemano. Todo lo demás estaba por verse.
El 14 de diciembre de 1875, el párroco de San Nicolás, que se había escrito varias veces con Don Bosco, salió del puerto de Buenos Aires en un vaporcito, al encuentro de los recién llegados. Quería conocerlos antes que nadie. A 16 kilómetros de la costa, trasbordó al vapor Savoie, que había anclado esa madrugada, saludó efusivamente a cada uno de los salesianos y almorzó con ellos antes del desembarco, que en esos tiempos era complicado y agotador.
Pedro Ceccarelli, también originario de la península itálica, había llegado a la Argentina cuatro años antes, acompañando el cuerpo del arzobispo Escalada, fallecido en Roma. Como tantos de sus paisanos, se había quedado en estas costas. Y ya hacía dos años que el nuevo arzobispo, monseñor Aneiros, lo había designado párroco de esa próspera localidad a orillas del Paraná.
San Nicolás de los Arroyos, fundada en 1748, se encuentra entre las poblaciones más antiguas de la provincia de Buenos Aires. El Congreso de Tucumán le había concedido el codiciado título de ciudad. La población, de diez mil habitantes contando a los de la campaña, había crecido después de la epidemia de fiebre amarilla en la capital.
El proyecto de fundar un colegio secundario, que sería el primero en toda la región, ya venía de quince años atrás. Pero, aunque había una comisión encargada de conseguir el terreno y de levantar el edificio, todavía nadie se había comprometido a llevarlo adelante. Hasta que en 1874 el cónsul Gazzolo escribió desde Italia a monseñor Aneiros recomendándole a los salesianos para venir a la Argentina. Fue entonces cuando el prelado compartió esa carta oportuna y providencial con el emprendedor párroco Ceccarelli.
También el anciano estanciero José Francisco Benítez esperaba ansiosamente a los misioneros en el puerto de Buenos Aires. Al igual que su párroco, se había carteado con Don Bosco más de una vez. Tanto Ceccarelli como Benítez fueron desde el primer día amables, hospitalarios y generosos con los salesianos. Pero lo que los misioneros encontraron al llegar resultó muy distinto de lo que esperaban. “El colegio no está terminado” escribió el padre Tomatis, cronista de la expedición. “Y lo peor es que no hay dinero para terminarlo”.
“El colegio no está terminado. Y lo peor es que no hay dinero para terminarlo”, escribió el padre Tomatis, cronista de la expedición.
Una semana después de desembarcar en Buenos Aires, los siete designados para San Nicolás partieron hacia allá acompañados por Ceccarelli y Benítez. El padre Cagliero fue con ellos hasta lo que hoy es la estación Retiro. Después permanecería en Buenos Aires para hacerse cargo de la iglesia de los italianos, donde quedarían estables el padre Baccino y el coadjutor Belmonte. En Retiro, los misioneros tomaron el tren hasta la estación Tigre. Allí se embarcaron hacia San Nicolás. En el viaje, quedaron deslumbrados con la belleza exuberante del delta del Paraná. A las cinco de la mañana divisaron desde el barco las torres de la parroquia de San Nicolás, que hoy es la iglesia catedral, en ese tiempo todavía en construcción.
En el antiguo muelle de madera los esperaban otros dos sacerdotes del lugar. El colegio estaba todavía inhabitable, así que cinco se alojarían en la casa parroquial y dos en lo de Benítez. Al mediodía hubo un gran almuerzo de recepción en la parroquia, con toda la comisión encargada de la construcción del colegio. El padre Tomatis, que era el que mejor hablaba el castellano, tuvo las palabras de ocasión en nombre de todos en la sobremesa. Mientras no se pudo empezar otra tarea, los salesianos aprovecharon a seguir estudiando el idioma, a conocer el lugar y las costumbres y a aprender a andar a caballo, principal medio de locomoción en esa época.
Recién en la segunda quincena de enero, Cagliero consiguió viajar por primera vez a San Nicolás. Fue con el cónsul Gazzolo a celebrar con los misioneros su primera fiesta de San Francisco de Sales en América, que coincidía con el cumpleaños número ochenta de don Benítez. En casa del patriarca los esperaba un banquete. Los diarios de la ciudad se hicieron eco de la llegada de “el doctor Cagliero de los saleses”, así lo llamaban. Los salesianos le ayudaron a lucirse no sólo con la predicación sino sobre todo con sus habilidades musicales, que no requerían traducción. Además de resolver un montón de pequeñas y grandes cuestiones, en esos días Cagliero también le puso música al himno del nuevo colegio, compuesto por el poeta Carlos Guido Spano, papá de un futuro alumno.
Los diarios de la ciudad se hicieron eco de la llegada de “el doctor Cagliero de los saleses”.
Desde San Nicolás, Cagliero escribió a Don Bosco en el día del santo patrono anticipándole su próximo viaje a Montevideo, para ver la posibilidad de fundar allí otro colegio, en las afueras de la ciudad. Recién comenzaban a “hacer pie” en la Argentina, pero la mirada de aquellos intrépidos misioneros ya estaba puesta también en la otra orilla del río de la Plata.
Cagliero viajó nuevamente en marzo a San Nicolás para la inauguración del colegio, en el nuevo edificio, en la barranca del Paraná. Los actos oficiales se postergaron hasta el 25, para que pudiera estar presente el arzobispo Aneiros. Al final hubo que demorar todo un día más, a causa de un implacable aguacero. “¡Si viera a estos americanos!” escribió Cagliero a Don Bosco después de los festejos. ¡Qué vivacidad! El primer colegio salesiano en América ya estaba en marcha.
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