Esperanza perdida, la fe reencontrada por medio de la caridad

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De la ceguera espiritual al reconocimiento del Resucitado.

Ilustración Carlos Julio Sanchez

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El relato de los dos discípulos de Emaús nos ofrece tres movimientos que, de alguna manera, tienen algo importante que decirnos también hoy a nosotros.

La sola comprensión humana nos deja en el camino

Los discípulos en la ruta hacia Emaús representan el límite de una interpretación puramente humana. Conocían los acontecimientos –la crucifixión, las voces sobre el sepulcro vacío– pero únicamente como información. Hechos que representaban tan solo una tumba, un fracaso, un callejón sin salida. “Nosotros esperábamos que él fuera el que iba a liberar a Israel” –Lucas 24; 21–. Todo reducido a cosas pertenecientes al pasado. La esperanza ya había muerto.

Este sentimiento habla con fuerza de nuestro momento actual. Vivimos rodeados de información, pero a menudo encallados en el sinsentido. Los ciclos de noticias, los traumas, las contradicciones de nuestro tiempo –si se leen solo a través del análisis humano– conducen a la desesperación. La conversación de los discípulos refleja la nuestra: los hechos sin significado se convierten en peso en lugar de luz. Lo que pensaban estaba encerrado en la caja de sus propias categorías humanas, y estas por sí solas no pueden abarcar la frontera de la resurrección.

¿Cuántas veces también nosotros intentamos resolver la fe solo con la razón, con el análisis social, con la solución de problemas institucionales? Es un esfuerzo al que le falta el aire de lo divino, un esfuerzo que pierde el oxígeno espiritual.

Jesús como compañero

Lo que impresiona es que Jesús, al ponerse en camino con ellos, no se revela inmediatamente. Primero escucha –“¿De qué venís hablando?”– , y después enseña. No minimiza su dolor, sino que lo afronta con una paciente pedagogía: “Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras” –Lucas 24; 27–.

Jesús no impone la comprensión, aunque es precisamente lo que necesitan. Invita a ensancharla. Los conduce con delicadeza fuera de su laberinto. El razonamiento de los discípulos, el Mesías que imaginaban, todo ello es ampliado y profundizado a través de las Escrituras. El mensaje de los profetas es un texto vivo, no muerto.

El detalle más hermoso es que, aunque escuchaban con atención, no lo reconocieron mientras enseñaba. El reconocimiento llega después. Con la esperanza todavía vacilante, ofrecen al querido compañero su hospitalidad, es decir partir el pan.

Aquí tenemos una hermosa lección para hoy. No se trata solamente de transmitir la doctrina, por noble y urgente que sea. Es necesario ayudar a las personas, con calma y paciencia, a ver su propia vida, sus preguntas y sus esperanzas dentro de una comprensión más amplia del mensaje de Jesús. Esta escucha requiere comunidad y se alimenta de comunión. Es un paso hacia la verdadera comprensión, es decir, cuando se abren los ojos del corazón.

Encontrarlo al partir el pan

La paradoja es exquisita: “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista” –Lucas 24; 31–. Lo encuentran precisamente sin verlo, reconociéndolo en el gesto de hospitalidad y comunión.

Este es el punto más profundo. La Eucaristía no es solo un recuerdo ritual, sino la realidad continua de la presencia de Cristo a través del don y la entrega de sí mismo. Los dos discípulos ahora ya no necesitan una prueba visual continua. Han experimentado algo más profundo: la participación en su entrega.

A estos tres pequeños pasos quisiera añadir algunas luces para nuestro camino.

Salir de una fe esclava de lo inmediato y de las apariencias

También hoy corremos el riesgo de vivir la fe en Jesús con la misma mentalidad dominante del cálculo: quisiera ver, estar seguro. Acepto, sí, pero con condiciones.

En cambio, Jesús, compañero de Emaús, nos invita a un modo diferente que comienza por la cercanía, se enriquece con la escucha y conduce a la comunión. Este camino está marcado por la paciencia y la caridad. Gradualmente, Jesús nos pide desmontar esas estructuras de miedo y de defensa que nos mantienen prisioneros de nosotros mismos. El Jesús que descubrimos a través de la enseñanza nos invita a ir más allá, entrando y asumiendo su modelo de autodonación. Nos pide renunciar a las falsas imágenes, salir de las trampas de dependencia de todo tipo, ofreciéndonos él mismo el ejemplo: entregándose hasta la cruz. Fijando los ojos en él, muerto y resucitado, reconocemos nuestras prisiones sin miedo y las superamos con valentía.

La vivencia auténtica de la fe se reconoce por la hospitalidad

Los dos discípulos podían haberse resistido a las palabras de Jesús. Sin embargo, no lo hicieron. Se dejaron interpelar. No olvidemos que habían perdido toda esperanza, quizá también la fe. Pero no habían perdido la capacidad de acogida, de hospitalidad: seguían siendo discípulos capaces de vivir la caridad.

Aquí, en este punto y solo en este momento, se produce el giro: lo reconocieron al darle hospitalidad. Al acoger a Jesús, Jesús se les entregó por completo, todo él mismo. Le pedían que permaneciera con ellos. ¡En cambio, Jesús les pagó permaneciendo en ellos!

La Eucaristía como culmen y comienzo

El partir el pan no es el final de la historia; al contrario, es el inicio de su auténtica historia. Aunque anochecía, los dos discípulos regresan inmediatamente a Jerusalén, a la comunidad, para dar testimonio. La oscuridad exterior ya no tiene poder sobre la luz que llena el corazón del creyente. La verdadera fuerza de la Eucaristía es la que impulsa hacia fuera, hacia el otro, hacia lo alto.

Esta es la belleza de la fe en Cristo, sostenida por la esperanza y vivida con caridad.

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Don Fabio Attard, Rector Mayor

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