Prohibido abstenerse

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Animar a hacer camino hacia lugares nuevos, muchas veces resistidos, cuestiona nuestra posición frente a los que nos fueron confiados.

Por Susana Alfaro
msusana.alfaro@gmail.com

Desde un gran cartel en la pared del patio, desde el sticker pegado en el termo, desde el flyer que asoma de la agenda, llega la propuesta: “Todo por amor, nada por la fuerza”. Desde que tomamos contacto con ella fuimos desgranando una multitud de sentidos posibles para la primera parte, “Todo por amor”. Pero cuando quisimos aproximarnos al segundo término, “nada por la fuerza”, nos dimos cuenta que nos resulta más complejo. Quizá sea porque nos arrima a lugares que en los últimos años han sido materia de fuertes discusiones, pero lo cierto es que ese final nos interroga de una manera distinta.

¿Y cuáles son esos interrogantes? Nos preguntamos, por ejemplo, si es posible educar sin “tensar” algo en algún sentido, si educar no se trata —en alguna medida— de movilizar cierta inercia y animar a hacer camino hacia lugares nuevos, muchas veces resistidos, pero que nunca serían visitados si no hubiera ese Otro que fuerza el recorrido. O si parte de nuestra función de educadores no es ir tirando suavemente de las fibras interiores para ir devanando la madeja de potencias que habita en cada uno, en cada una, de manera tal que puedan entramarse con otras en un tejido que reúna a las personas y sostenga la vida.

¿Es posible educar sin “tensar” algo en algún sentido, si educar no se trata —en alguna medida— de movilizar cierta inercia y animar a hacer camino hacia lugares nuevos?

Educar también es, sin dudas, demandar al otro en un lugar determinado. Cuando mandamos a un nene de cinco años a levantar sus juguetes, cuando a los ocho le decimos que hasta que hasta que no termine la tarea no puede jugar a la Play, cuando a los diez le señalamos que si ofendió a alguien tiene que pedir disculpas y, a los quince, que si quiere permiso para salir el sábado tiene que cumplir con sus obligaciones escolares, estamos llamándolo a un lugar al cual lo creemos capaz de llegar, le estamos diciendo “acá te espero”. 

Igual que cuando estaba dando los primeros pasos y, poniéndonos a una distancia lo suficientemente lejana como para permitir la caminata, pero lo suficientemente cercana como para prevenir una caída, le decíamos “vení”, haciendo una apuesta a favor que era en sí misma condición de posibilidad para la realidad que nombraba. 

Parece entonces que al educar hay algo del orden de la fuerza, de la exigencia, que es necesario poner en juego. Pero si no va por el lado de dejar hacer a gusto, si no estamos hablando de hacer desaparecer las tareas, ni de silenciar las confrontaciones, ni de renunciar al ejercicio de la autoridad bien constituida, cabe preguntarse: ¿qué quiere decir, entonces, esto de “nada por la fuerza”? ¿A qué nos convoca?

Parece entonces que al educar hay algo del orden de la fuerza, de la exigencia, que es necesario poner en juego.

La propuesta de este año nos plantea una cuestión profundamente ética, en tanto interroga nuestra posición frente a los que nos fueron confiados. Es una invitación a desnaturalizar nuestro lugar de saber, a abrir un espacio vacío en el cual podamos construir nuevos sentidos, nuevas maneras de posicionarnos frente a los más vulnerables sin que esto signifique ausentarnos de nuestra función, ni borrar las diferencias generacionales, ni abstenernos de tomar decisiones que les afecten, ni evitar señalarles los errores, porque cualquiera de esas alternativas tiene como resultado la soledad de aquellos a quienes debemos acompañar y sostener.

Quizá podríamos pensar ese “nada por la fuerza” no tanto por el lado de la abstinencia cuanto por el del profundo respeto por la originalidad de cada uno de esos “otros” que son nuestros pibes y nuestras pibas, evitando cualquier acción que pudiera violentar su esencia. Y abrazar con fuerza la diferencia de edad y de recorrido sobre la que se asienta nuestro rol de educadores, para llevar adelante el revolucionario acto de ser quien teniendo el poder de silenciar al otro, elige darle la palabra; pudiendo someterlo, elige emanciparlo; pudiendo negarlo, elige reconocerlo en su singularidad e invitarlo a ser, desde ahí, partícipe del mundo, heredero de un legado común y constructor del porvenir.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – ABRIL 2022

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