Alegría, constancia y oración, los puntos cardinales.

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“Alégrense en la esperanza, sean constantes en la tribulación y perseverantes en la oración” – Rm 12,12: – .
Detengámonos un momento en estas pocas palabras. Volvamos a leerlas despacio, dejando que cada una encuentre su lugar dentro de nosotros: alegres… constantes… perseverantes. Son palabras breves, escritas por Pablo a la comunidad de Roma, que encierran todo un camino. Son como puntos cardinales ofrecidos a quien teme haber perdido el rumbo.
Y cuántos sienten hoy ese desconcierto. Vivimos en un tiempo rico en posibilidades, conocimientos y herramientas; y, sin embargo, a menudo pobre en referencias compartidas. Nos llegan a todas horas informaciones, propuestas y promesas de felicidad, y nos cuesta distinguir lo que permanece de lo que pasa. Todo se acelera. Crece la incertidumbre, la vida se fragmenta. Y algo, dentro de nosotros, se debilita: la capacidad de esperar, de perseverar, de confiar.
Pablo no nos ofrece una fórmula que consuela por un instante. Nos entrega una regla de vida. No nos pide que huyamos del mundo, sino que lo habitemos con un corazón que sabe hacia dónde se dirige. Esperanza, constancia, oración: entrelazadas como la cuerda de tres cabos que no se rompe tan fácilmente.
Alegres en la esperanza
La primera palabra es una invitación a la alegría. No a una alegría superficial, sino a esa alegría serena que nace de una certeza: Dios es fiel. Nuestra vida tiene un sentido. Ninguna situación, por oscura que sea, queda definitivamente fuera del alcance de su mano salvadora.
La historia no es una sucesión casual de acontecimientos; nuestra existencia no está abandonada al vacío. Caminamos hacia una plenitud que no construimos solos: la recibimos como promesa, la acogemos como don. Y, precisamente por eso, la esperanza no nos aparta de los compromisos de cada día. Al contrario, nos los devuelve para vivirlos con mayor libertad y responsabilidad.
La esperanza no nos aparta de los compromisos de cada día, al contrario, nos los devuelve para vivirlos con mayor libertad y responsabilidad.
Quien espera puede sembrar aunque todavía no vea la cosecha; amar sin poseer; servir sin buscar recompensa. La esperanza nos libera de la ansiedad del “todo y ahora”, nos educa en una espera fecunda, paciente y confiada: como la del agricultor que aguarda con constancia el precioso fruto de la tierra.
Ser alegres en la esperanza significa, por tanto, guardar en el corazón una alegría capaz de atravesar también las lágrimas. Es la alegría de quien sabe que el mal no tendrá la última palabra. Una alegría humilde, a veces silenciosa, pero que se asienta sobre una roca: la presencia de Dios.
Constantes en la tribulación
La esperanza cristiana no elimina la tribulación. No promete a nadie una vida sin pruebas. Nos pide algo más humilde y, a la vez, más grande: mantenernos constantes en medio de la prueba.
La constancia es la fuerza silenciosa de quien permanece fiel cuando el camino se hace cuesta arriba. Consiste en no abandonar el bien solo porque exige tiempo, sacrificio y paciencia. Cuando todo a nuestro alrededor nos empuja a desechar lo que no da resultados inmediatos, el creyente da testimonio del valor de la fidelidad: en las relaciones, en la vocación, en el servicio, en la educación, en el compromiso con la justicia.
Quien espera puede sembrar aunque todavía no vea la cosecha; amar sin poseer; servir sin buscar recompensa.
La tribulación tiene muchos rostros, y cada uno de nosotros conoce alguno: la enfermedad, la soledad, el fracaso, las incomprensiones, la crisis de fe, el esfuerzo de acompañar a quien sufre. Y también las tribulaciones que pesan sobre pueblos enteros: la guerra, la pobreza, las migraciones forzadas, la violencia, las desigualdades, la desconfianza en el futuro. Ante todo esto, el discípulo no puede mirar hacia otro lado. La indiferencia no es un camino evangélico.
La constancia según el Evangelio se convierte entonces en presencia: la capacidad madura de permanecer junto a quien sufre, sin huir. Es el valor de defender la dignidad de la persona cuando nadie parece reconocerla.
Perseverantes en la oración
Pero, ¿de dónde nacen la esperanza y la constancia? No solo de la fuerza de voluntad. Necesitan una fuente más profunda, y Pablo la nombra: perseverantes en la oración. Sin la oración, la esperanza corre el riesgo de reducirse a un optimismo ingenuo, y la constancia, a una obstinación sin sentido. En la oración, en cambio, reconocemos con gratitud que Dios sostiene nuestra vida.
Orar es volver, cada día, a la fuente. En el silencio y en la escucha de la Palabra aprendemos a distinguir lo urgente de lo verdaderamente importante. La oración no es una varita mágica que cambia las circunstancias. Es el espacio sagrado en el que Dios nos cambia a nosotros: transforma la mirada, ilumina el corazón, nos enseña a leer la historia no desde nuestros miedos, sino a la luz de su fidelidad.
Perseverar en la oración significa permanecer también en los tiempos de aridez, de distracción, de silencio, cuando no encontramos ningún consuelo. Es precisamente ahí donde la oración se purifica: elegimos confiar en Dios por lo que Él es, y no solo por lo que nos da.
Una brújula para nuestro tiempo
En un mundo sin brújula, el cristiano no pretende tener todas las respuestas. Da testimonio, sencillamente, de haber encontrado una dirección. Y esa dirección tiene un rostro y un nombre: Cristo, en quien el amor atraviesa el sufrimiento y la muerte se abre a la resurrección.
El creyente no impone certezas con arrogancia. Ofrece un testimonio creíble: alegre sin ser ingenuo, constante sin volverse rígido, orante sin alejarse de la historia. Con su vida muestra que es posible otra manera de vivir.
En la desorientación de nuestro tiempo, Pablo nos entrega una brújula sencilla y profunda. Sostengámosla entre las manos y dejemos que oriente nuestros pasos: esperar con alegría, resistir con amor, orar sin cansarnos.
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Don Fabio Attard, Rector Mayor
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – NOVIEMBRE 2026
