¿Hacia dónde mirar?

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La salvación que Dios ofrece es infinita y gratuita.

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El relato de la curación de Bartimeo, el ciego de nacimiento, no es únicamente la narración de un milagro, sino una auténtica parábola en acción sobre la condición del discípulo. Este encuentro entre Jesús y Bartimeo constituye el último episodio antes de la entrada mesiánica en Jerusalén, el punto de unión entre el ministerio público de Jesús y su pasión, muerte y resurrección.

Bartimeo, el ciego que, una vez curado, recupera la vista y sigue a Jesús, representa el contrapunto luminoso de los discípulos, que, aun viendo, todavía no han comprendido plenamente. En este horizonte lleno de contrastes quisiera proponer tres breves reflexiones.

Todos necesitamos luz

Antes incluso de que el ciego gritara, Jesús ya estaba saliendo de Jericó (cf. v. 46). El grito de aquel pobre ciego lo cambia todo: “Jesús se detuvo, y dijo: ‘Llamadle’” (v. 49). La iniciativa divina orienta siempre su camino hacia quien clama desde el margen del camino.

Este es un rasgo constante de la pedagogía de Dios: cuando nosotros gritamos, descubrimos que Él ya nos había encontrado. Este es el primer don, y quizá el mayor, que podemos recibir.

Cuando la ponemos en manos de Jesús, su acción no solo cura al enfermo, sino que transforma también la mirada de quienes lo rodean.

Dentro del camino de la fe, la “ceguera” que llevamos, bajo formas muy diversas, no es una condena. Es como una herida que puede ser sanada. Cuando la ponemos en manos de Jesús, su acción no solo cura al enfermo, sino que transforma también la mirada de quienes lo rodean.

Tanto si somos nosotros los “ciegos”, como si caminamos junto a quienes lo son, la presencia de Jesús marca siempre la diferencia. Él nos ayuda a descubrir nuestras propias cegueras y nuestras indiferencias, tantas veces ocultas. Jesús transforma a cada uno de nosotros: devuelve la vista, despierta la empatía y nos invita a reconocer que, de un modo u otro, todos necesitamos luz.

Humildad para dejarse curar

Este primer paso llega cuando somos sinceros con nosotros mismos. Bartimeo no ve, pero tiene voz. Aunque intentan hacerlo callar, grita todavía con más fuerza. Su insistencia no es arrogancia, sino la forma de una humildad auténtica. Porque la humildad no calla ante la indiferencia de los demás: conoce la propia necesidad y no se avergüenza de expresarla: “Hijo de David, ten compasión de mí” (v. 48).

Este grito contiene dos grandes verdades. La primera es una auténtica profesión de fe en la persona de Cristo, pronunciada por quien no puede verlo con los ojos del cuerpo, pero “ve” con claridad quién tiene delante. La segunda es el reconocimiento humilde de la propia pobreza, sin ocultarla, porque sabe que está ante el Hijo de Dios.

La humildad no calla ante la indiferencia de los demás: conoce la propia necesidad y no se avergüenza de expresarla.

Cuando Jesús lo llama, Bartimeo arroja su manto, lo único que posee. Nada debe retenerlo cuando recibe la llamada. Es una imagen muy elocuente también para nosotros: la verdadera curación, la que conduce a la luz auténtica, exige desprendernos de aquello a lo que nos aferramos buscando seguridad, quizá también por miedo.

Entonces Jesús le dirige a Bartimeo una pregunta que hoy sigue haciendo a cada uno de nosotros: “¿Qué quieres que haga por ti?” (v. 51).

Bartimeo pide lo único verdaderamente necesario: pide “ver”. La auténtica humildad consiste en saber nombrar con precisión nuestra pobreza ante Dios, sin sustituirla por deseos de poder o por satisfacciones superficiales.

Una visión limitada

Detengámonos ahora en la multitud que, al principio, quería hacer callar a Bartimeo. Cabe preguntarse quién era realmente el “ciego” y quizá también el “sordo”. La multitud con su indiferencia representa una ceguera distinta de la física: la de quienes ven perfectamente, pero no quieren que nadie altere su visión limitada de la realidad. Es la misma ceguera que todavía hoy nos acompaña ante la pobreza que no queremos “nombrar”, y menos aún afrontar.

Quizá esta sea la enseñanza más urgente para nuestro tiempo. Hay cegueras que pueden curarse, como la de Bartimeo. Pero existen otras  cegueras que se resisten obstinadamente a la luz, porque la luz de Dios siempre es más amplia, más gratuita y más desconcertante de lo que nuestras categorías están dispuestas a aceptar.

La salvación que Dios ofrece es infinita y gratuita. No responde a la lógica del mérito, del prestigio social, de quien tiene derecho a ser escuchado. Precisamente por eso, la tentación de hacer callar a quien grita desde la periferia —el pobre, el joven que atraviesa una crisis, quien plantea preguntas incómodas a nuestras prácticas consolidadas— sigue estando presente también en nuestras comunidades.

Reconocer esa obstinación en nosotros mismos no debe llevarnos al desaliento, sino convertirse en el comienzo de un camino nuevo y liberador. Que la valentía de Bartimeo sea para nosotros un verdadero don. Que su grito encuentre un hogar en nuestro corazón, no una sola vez, sino de manera permanente, como la oración de quien sabe que su propia visión necesita ser constantemente enfocada de nuevo por la gracia.

Solo entonces, como Bartimeo, podremos realmente “seguir a Jesús por el camino” (v. 52): verdaderos y auténticos discípulos, ya no simples espectadores curados, sino seguidores que han aprendido a contemplar lo que verdaderamente importa.

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Don Fabio Attard, Rector Mayor

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – SEPTIEMBRE 2026

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