De la Revolución Industrial a la IA: el Papa de los tiempos de cambio.

Por Oscar Campana
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La elección del nombre “León” por parte del cardenal Robert Prevost llevó a revisitar la figura del último Papa que portó ese nombre. Aquí, algunas breves pistas sobre su persona y su obra.
Joaquín Pecci
Hijo de una familia de la nobleza romana, Gioacchino Vincenzo Raffaele Luigi Pecci Prosperi Buzzi nace el 2 de marzo de 1810 en Carpineto Romano. Realiza su formación inicial con los jesuitas de Viterbo. Estudia teología en el Collegium Romanum. Es ordenado sacerdote en 1837 y obispo en 1843.
Su estancia en Bélgica como nuncio apostólico lo pone en contacto con la naciente “cuestión social”: el progresivo enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía, al calor de la conflictividad surgida de la revolución industrial, como así también de las propuestas en boga de las diversas corrientes socialistas. Todo esto contribuye a la formación de un pastor con una profunda y variada mirada política.
En 1846 es nombrado arzobispo de Perusa y diez años más tarde es elegido cardenal, siendo luego camarlengo de la curia romana.
Su creciente prestigio, su autoridad intelectual y su capacidad diplomática, en medio de la dura coyuntura que atraviesa el papado en el último cuarto del siglo XIX, parecen ser las razones de uno de los cónclaves más breves de los que se tenga memoria, que daría lugar al tercer papado más extenso de la historia. Siendo, a la vez, el tercer Papa más longevo, muere el 20 de julio de 1903, a los 93 años. Fue el primer Papa nacido en el siglo XIX y el primero en morir en el siglo XX.
León XIII
Si bien el papado de León XIII es recordado, sobre todo, por la Rerum novarum y su posicionamiento frente a la cuestión social, muchas fueron las cuestiones que debió abordar. En el tiempo convulsionado que le tocó vivir, y con las limitaciones a las que la coyuntura había llevado al papado, es admirable tanto la amplitud de problemas a los que hizo frente como el prolífico magisterio que desplegó.
En una época marcada por el anticlericalismo y la masonería, por un positivismo que planteaba la incompatibilidad entre la ciencia y la fe, con un papado absorbido por la “cuestión romana” (la puja con el nuevo Estado italiano, que se extiende desde 1870 hasta el concordato de 1929) y que reclamaba frontalmente la restitución del poder temporal, es notable cómo León XIII pudo ir más allá de la coyuntura y percibir que eran muchos los problemas que interpelaban a su magisterio y a su pastoreo.
Tuvo que navegar entre las aguas de los intransigentes y los conciliadores, sea con los valores del liberalismo en boga, sea con la cuestión romana, sea con la posición de abstencionismo de los católicos italianos en el nuevo escenario de la naciente república peninsular, sea con la cuestión social. Esto lo lleva, incluso, a ser el autor de publicaciones anónimas que no tenían otro fin que sondear las reacciones de los grupos en pugna.
Junto a estas preocupaciones más políticas, León XIII redefine la formación teológica de los seminarios, inicia el lento camino del ecumenismo con su acercamiento a las iglesias orientales, decide la apertura de los archivos vaticanos, busca recomponer la relación entre el papado y los diversos Estados, tanto europeos como de nuestro continente, y encara la repuesta de la Iglesia católica a la cuestión social.
La Rerum novarum
Es habitual escuchar decir que la doctrina social de la Iglesia comenzó con León XIII. Tal fue el impacto de la encíclica Rerum novarum (1891) que nadie parece discutir este lugar común. Siempre es necesario aclarar que la enseñanza social de la Iglesia es inherente a su propia existencia, y que desde la era apostólica, del mensaje y la praxis evangélica se desprenden consecuencias que con el tiempo serán llamadas “sociales”. Pero la fe es un todo en el que “lo social” no es un apéndice circunstancial del cual pueda prescindirse.
Sí debe decirse que León XIII inaugura el magisterio social de los papas en la época contemporánea, atravesada por la revolución industrial, el liberalismo económico y las corrientes socialistas. De hecho, ese magisterio será permanentemente actualizado por todos los papas hasta la actualidad.
La acción y la palabra del Papa no serán, a finales del siglo XIX, una voz solitaria. A lo largo del siglo precedente, el escándalo frente a la situación de los obreros como consecuencia de la revolución industrial dará lugar a numerosas reacciones y posicionamientos. Numerosos pensadores y hombres de acción, comenzaron a proyectar un futuro distinto, para lo cual se valieron tanto de su imaginación como de su saber.
Sin este siglo de pensamiento y acción ante el surgimiento de “la cuestión obrera” no entenderíamos el magisterio aportado por León XIII. En este tema, como en muchos otros, el Papa trata de recuperar el terreno perdido. Porque, sin dudas, las palabras de la Iglesia llegan tarde, si pensamos que tantos supieron qué decir en el siglo precedente a 1891. Incluyendo a algunos “utopistas” que recurrieron a ideas, conceptos y valores de la antigüedad cristiana para cuestionar el dogma de la propiedad privada del capitalismo en expansión.
La preocupación de León XIII, desarrollada a lo largo de la encíclica, se centra tanto en la situación que la revolución industrial generó para las masas obreras como en la “falsa solución” que, considera, aporta el socialismo. Desde esa mirada, despliega un abordaje amplio sobre la cuestión social o cuestión obrera, en la que abordará los temas principales del debate tanto teórico como político que envuelven al mundo de entonces: la cuestión de la propiedad, el rol del Estado en la economía, los derechos de los obreros, el salario…
Cuando leemos la Rerum novarum, desmalezando el lenguaje de época de su redacción, resulta claro que León XIII trata de encontrar puntos de equilibrio entre la iniciativa privada y el rol de Estado, entre el destino común de los bienes y el derecho de propiedad, entre el aval al asociacionismo obrero y el rechazo a la lucha de clases. Lo más significativo sigue siendo el haberle dado estatuto propio, dentro del magisterio, a la cuestión social. Y en el plano pastoral, haber otorgado un aval indiscutible a los entonces llamados “católicos sociales”, aquellos cristianos impactados por las consecuencias inhumanas de la revolución industrial, que sentían que la injusticia que clamaba al cielo se convertía en cuestionamiento a su lugar como creyentes y que ello los impulsaba a dar una respuesta tanto teórica como práctica frente a lo que ocurría.
La Rerum novarum abrió un camino que el magisterio sigue transitando hasta el día de hoy. Desde Pío XI hasta León XIV, no hay Papa que no le haya dedicado su recuerdo y su tributo.
El legado
Imposible que el Papa Pecci no sea deudor de su época. Ni que la situación de estar “a la defensiva” –a la que el derrotero histórico de la modernidad había llevado al catolicismo en general y al papado en particular– no impregne su obra y su magisterio. Pero aún con todas las salvedades del caso, el camino de renovación que la Iglesia católica emprendió en el último tercio del siglo XX, expresado en el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965) y encarnado en los papados de Juan XXIII y Paulo VI, hunde sus raíces en las intuiciones renovadoras del papado de León XIII.
Sin dudas, compartía la cosmovisión de sus inmediatos predecesores. Pero desde ese suelo, fue capaz de ir hilvanando una nueva trama, asumiendo los cambios de los paisajes circundantes y recentrando a la Iglesia en los ejes fundamentales de su ser y su misión.
Por eso, aunque mediatamente, es en parte responsable de la renovación teológica y bíblica del siglo XX, del sostenido crecimiento de un catolicismo social, del camino ecuménico, de un papado cada vez más despojado y cercano a los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias del conjunto del pueblo de Dios. Como alguna vez escribió Joseph Comblin, “con León XIII comienza una era de nueva evangelización y con la Rerum Novarum se fijaron los cimientos de la opción por los pobres que se desarrollará de modo explícito durante el pontificado de Juan XXIII”.
El poeta nicaragüense, Rubén Darío, publicó en 1896 un artículo titulado León XIII. Allí dijo: “León XIII en el presente es el primer hombre del mundo. Sus encíclicas son escuchadas con veneración y respeto por todas las naciones. Es lo más augusto que posee la humanidad contemporánea entre su inmenso cúmulo de errores y miserias”.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – SEPTIEMBRE 2026
