Los que no se escondieron

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El salesiano Elías Comini, será beatificado junto a dos compañeros de martirio.

Por: Néstor Zubeldía

nzubeldia@donbosco.org.ar

Elías Comini nació en Calvenzano de Vergato, cerca de Bolonia, el 7 de mayo de 1910. A los cuatro años la familia se mudó a Casetta, en la parroquia de Salvaro, todas pequeñas poblaciones rurales en el valle del río Reno. El párroco del pueblo, Fidenzio Mellini, había frecuentado el Oratorio de Valdocco cuando hacía el servicio militar en Turín. El santo de los jóvenes le había profetizado que un día llegaría a ser sacerdote. Ya como párroco, ese admirador agradecido de Don Bosco encaminó al pequeño Elías a la casa salesiana. 

En 1926, el joven Comini hizo su primera profesión como salesiano en Castel de’ Britti, Bolonia. Ese mismo año murió su papá. Don Mellini cuidaría de él en adelante como un segundo padre. Elías cursó los estudios filosóficos en Valsalice, donde en ese tiempo estaba la tumba de Don Bosco. Allí comenzó a escribir un diario espiritual que continuó hasta sus últimos días. Ya cercano a la ordenación sacerdotal escribió: “He pedido a Jesús la muerte antes que traicionar mi vocación y un amor heroico por las almas”

“He pedido a Jesús la muerte antes que traicionar mi vocación y un amor heroico por las almas”.

Elías se doctoró en letras en la Universidad Estatal de Milán. El 16 de marzo de 1935 fue ordenado sacerdote. Sus alumnos lo apreciaron como profesor en los colegios salesianos de Chiari y Treviglio. Eran los años de la segunda guerra mundial. En el norte de Italia, tras la caída de Mussolini, los aliados del Tercer Reich se convirtieron en tropas enemigas de ocupación. Algunas zonas de la península se veían atenazadas entre el ejército alemán, el avance de los aliados y la acción armada de los partisanos locales. En 1944, ante la enfermedad de su madre y el recrudecimiento de la guerra, Elías fue a pasar el verano en la parroquia de Salvaro. 

La zona de los Apeninos boloñeses había quedado entre fuego cruzado. La devastación era casi total y las necesidades se multiplicaban día a día. Elías conoció en Salvaro al joven sacerdote Martín Capelli, dehoniano, de 32 años, que había acudido también en ayuda del anciano párroco. Juntos compartieron el trabajo, la amistad y el riesgo cada vez mayor en los que serían los últimos tres meses de sus vidas. Los soldados alemanes se habían alojado a la fuerza durante un mes en la casa parroquial. Al retirarse, dejaron el territorio en manos de las temibles SS que, con la excusa de combatir a los partisanos, comenzaron los asesinatos a mansalva de la población civil en todo el Monte Sole. 

Los dos jóvenes sacerdotes visitaban a los enfermos y moribundos, daban sepultura a los muertos, consolaban a los desesperados y ayudaban a algunos refugiados a esconderse en la casa parroquial o en los bosques cercanos. Elías escribió en su diario espiritual: “Es insistente en mí el pensamiento que debo morir. ¿Quién sabe? Hagamos como el servidor fiel, siempre preparado a la llamada, a rendir cuentas de la administración”.

“Es insistente en mí el pensamiento que debo morir. ¿Quién sabe? Hagamos como el servidor fiel, siempre preparado a la llamada, a rendir cuentas de la administración”.

El 29 de septiembre llegó a la parroquia de Salvaro la noticia de la cercana masacre de Creda, donde las SS habían ametrallado en un establo a 79 civiles inocentes. Antes de retirarse, incendiaron todo a su alrededor para que nadie pudiera escapar. Ese mismo día, los alemanes fusilaron ante el altar de la iglesia de Santa María de Casaglia, en lo alto del monte, al padre Ubaldo Marchioni, de 29 años. El copón de las hostias que llevaba en su mano se conserva todavía con la huella de los disparos. Después los soldados capturaron al azar a 69 pobladores. Entre ellos había enfermos y moribundos. 

Elías y Martín celebraron misa bien temprano en Salvaro. Luego, desoyendo las sugerencias del párroco y los lamentos de las mujeres que lloraban en la escalinata de la parroquia, salieron con la estola, los óleos de los enfermos y una teca para llevar la comunión a los heridos y ayudar en lo que se pudiera. Los soldados alemanes los interceptaron en el camino y, viendo que eran sacerdotes, los obligaron por horas a hacer de burros de carga trasladando municiones. Por la noche, los encerraron en un establo junto a los demás prisioneros. El sindaco del pueblo, que conocía de pequeño a Elías, intentó rescatarlo. Pero el joven salesiano respondió: “O todos o ninguno”. 

Los dos sacerdotes se confesaron mutuamente, dieron la absolución general a sus compañeros de cautiverio y se dispusieron a lo peor. Al atardecer del 1 de octubre fueron ametrallados junto a otros 44 prisioneros. Algunos que sobrevivieron heridos debajo de los cadáveres y luego consiguieron escapar, contaron más tarde los macabros detalles del final. Los cuerpos inertes quedaron sumergidos muchos días en el fango de una cisterna abandonada y luego fueron arrojados al río. El número de víctimas de esa semana, entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre de 1944 en toda la zona del Monte Sole, llegó casi a ochocientas personas, sin excepción para las mujeres, los ancianos ni los niños. Fue la matanza de civiles más grande de toda Europa Occidental durante la segunda guerra mundial.

El 27 de septiembre, Elías Comini será beatificado en Bolonia junto a dos de sus heroicos compañeros de martirio: Ubaldo Marchioni y Martín Capelli, un salesiano, un diocesano y un dehoniano. Elías, con 34 años, era el mayor de los tres. Ya en 2021 había sido beatificado el sacerdote diocesano Juan Fornasini, asesinado en esa misma matanza a los 26 años. Los que ayudaron a muchos a esconderse para salvar sus vidas en esos días trágicos, eligieron no esconderse ante las necesidades urgentes de su pueblo. 

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