Los Cooperadores Salesianos, indispensables para la misión.

Por: Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar
Cuando los primeros salesianos desembarcaron en América, todavía faltaban unos meses para el decreto del papa Pío IX de mayo de 1876 que hoy se considera la “partida de nacimiento” de los salesianos cooperadores. Pero si desde el primer día de oratorio, Don Bosco no dejó nunca de convocar a todos los posibles para que lo ayudaran en la misión de salvar a los jóvenes pobres y abandonados, mucho más lo haría al planear su aventura misionera fuera de Europa y, sobre todo, cuando la Congregación empezó a dar sus primeros pasos en un territorio desconocido y lleno de desafíos.
De hecho, cuando comenzó a escribir sobre los cooperadores, Don Bosco no dudó en remontarse enseguida a aquel primer encuentro con Bartolomé Garelli, en 1841, en la sacristía de la iglesia de San Francisco de Asís. En su memoria y su proyecto, los cooperadores habían estado desde el primer día, como una ayuda valiosa e indispensable, aunque todavía no existieran con esos nombres ni la Congregación Salesiana ni la Asociación de Salesianos Cooperadores.
Don Bosco no dejó nunca de convocar a todos los posibles para que lo ayudaran en la misión de salvar a los jóvenes pobres y abandonados.
Así sería también en América, aun antes de la oficialización. Por eso, en la lista de los cooperadores de los inicios, no puede faltar el arzobispo porteño, Federico Aneiros, que recibió como un padre a aquellos primeros misioneros y favoreció de todos los modos posibles los comienzos de su tarea. Ni tampoco el querido don José Francisco Benítez, que los esperaba en el puerto de Buenos Aires y que, en San Nicolás de los Arroyos, puso todo a disposición de los recién llegados. Por algo aquellos jóvenes salesianos le dieron en sus cartas el apelativo afectuoso de “barba”, como se llamaba en el Piamonte a los tíos mayores. También el párroco Ceccarelli de San Nicolás y el cónsul Gazzolo, contactos determinantes de la primera hora en el proyecto misionero, fueron reconocidos y apreciados, pero no siempre con el nombre de cooperadores ni con la misma intensidad. Ambos, Ceccarelli y Gazzolo, quedarían inmortalizados en fotos con los misioneros y en cartas de Don Bosco, es cierto, pero poco a poco se fue haciendo más evidente que uno y otro buscaban llevar agua para su propio molino. Por eso el afecto y el reconocimiento de los misioneros se manifestaron especialmente hacia el arzobispo, a quien más tarde llamaron “el ángel de la Patagonia”; hacia el “barba” Benítez, por quien rezaban para que viviera muchos años y hacia los beneméritos “quinteros de San Nicolás”.
“Los quinteros de San Nicolás”
Ya desde los primeros tiempos a orillas del Paraná aparecen en las cartas y en la memoria de los salesianos los apellidos de las familias Cámpora, Lanza, Montaldo, Vigo, Ponte y Bottaro. Eran genoveses afincados poco antes en el norte bonaerense, que habían trabajado duro labrando la tierra y habían prosperado. Con alegría y emoción recibieron a los primeros misioneros, confiaron a sus hijos a la incipiente educación salesiana y, años después, dieron también a la familia de Don Bosco abundantes vocaciones de salesianos y de hijas de María Auxiliadora.
La historia familiar los recuerda como “los quinteros de San Nicolás”, piadosos, generosos y leales. Una y otra vez respondieron a los pedidos de ayuda de los salesianos, ya sea cuando estos quedaron agobiados por las deudas como cuando con argucias legales el municipio les expropió el primer colegio y se hizo necesario trasladarse y empezar todo de nuevo en otra parte de la ciudad. Respondieron incluso a los pedidos de Don Bosco desde lejos para concluir la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús que el papa León XIII le había encomendado levantar en Roma. Por eso, hace ciento cuarenta años, el 25 de julio de 1886, el Santo les escribió personalmente una carta de agradecimiento en la que los llama: “mis beneméritos y caritativos cooperadores y cooperadoras que viven en San Nicolás de los Arroyos, en América”.
Amigos y amigas de la ciudad
En la ciudad de Buenos Aires, en cambio, los primeros cooperadores tuvieron que ver especialmente con contactos propios de la capital y con ayuda económica. A Carmen Nóbrega de Avellaneda, que era entonces la esposa del presidente, el padre Entraigas la llama “la primera cooperadora”. El doctor Eduardo Carranza Viamont (1827-1887), jurista, nieto del general Viamonte y yerno de Dalmacio Vélez Sarsfield, era el presidente de las conferencias de San Vicente de Paul, que firmó un convenio con don Cagliero para abrir en Buenos Aires la primera escuela de artes y oficios de la República. Félix Frías (1816-1881), una de las figuras más importantes del catolicismo argentino del siglo XIX, fue diputado y diplomático. Desde el comienzo prestó su apoyo, colaboración y ayuda económica a los salesianos. A su muerte les dejó también un valioso legado. Juan Dillon (1819-1887), hijo de irlandeses, fue el primer comisario general de inmigración de la República Argentina, designado por el presidente Avellaneda el mismo año del arribo de los misioneros. Promovió la fundación de colonias agrícolas en el interior del país y la llegada de los alemanes del Volga. Invitó más de una vez a los salesianos a misionar en las colonias italianas y procuró allanar para ellos el camino hacia la Patagonia.
El segundo congreso internacional de los cooperadores salesianos, celebrado en el año 1900 en Buenos Aires, recordó también, entre aquellos nombres de la primera hora, al prior Ginochio, de la hermandad de la Mater Misericordiae, y a las damas de San José: Petrona de Lamarca, Isabel Anchorena de Elortondo, Ana Dorrego de Ortiz Basualdo y Felisa Dorrego de Miró. Cuando se cumplen ciento cincuenta años de la Asociación de Salesianos Cooperadores en el mundo, elevamos una plegaria agradecida a la memoria de nuestros primeros cooperadores y cooperadoras de la Argentina.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – AGOSTO 2026
