«Para eso está el recreo»

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Mucho más que un tiempo libre.

Por: Miguel Savio

boletin@donbosco.org.ar

“Profe, ¿puedo ir al baño?”

“Recién volvemos del recreo, ¿por qué no fuiste ahí? Si para eso está…”.

Más de una vez protagonizamos esta situación, ya que, en general, el recreo es visto sólo como un tiempo para desenchufarse, y luego volver a lo realmente educativo: las clases.

Sin embargo, el recreo es, en sí mismo, un momento de libertad y autonomía. Elijo lo que quiero hacer, con quién estar –aunque luego me indiquen que en el aula debo sentarme con otros–, voy al kiosco a comprar en forma independiente, me acerco a los educadores para plantear cuestiones, repaso para una prueba, reviso el celular. Es un tiempo no marcado por obligaciones.

También es un tiempo donde pueden darse situaciones problemáticas: chicos y chicas aislados del resto, y nadie se les acerca, aburrimiento que hace que se lo utilice para apostar vía celular, situaciones de agresión o bullying.

Y para los educadores, es un tiempo para encontrarse informalmente con los pares, interesarse por sus vidas, sus alegrías y tristezas, más allá de las plenarias o de los espacios por departamento.

El patio y los vínculos

Para Don Bosco, el patio es un espacio clave en su sistema educativo, porque en la espontaneidad del juego y del recreo los jóvenes se muestran como son, y los educadores pueden conocerlos en profundidad

Dirá Don Bosco: “Aprovechaba aquellos recreos tan movidos para sugerir a mis muchachos buenos pensamientos”. Son las famosas “palabritas al oído”, aquellas palabras dejadas caer casi como el pasar por el educador, que son estímulos para el bien.

Para Don Bosco, el patio es un espacio clave en su sistema educativo, porque en la espontaneidad del juego y el recreo los jóvenes se muestran como son, y los educadores pueden conocerlos en profundidad. 

“Deseo ver a mis muchachos corriendo y saltando en el recreo, porque así estoy seguro de que las cosas andan bien”, dirá a sus salesianos.

Escribirá sobre Miguel Magone y su vida en el Oratorio: “Un momento precioso para verlo era cuando la campana anunciaba el inicio del recreo. Parecía salir de la boca de un cañón: corría por todo el patio; probaba todos los juegos disponibles”. Y es en este mismo patio donde Don Bosco advierte que Magone está triste. Al hablar con él, Miguel le dice que le falta algo para ser feliz: estar en amistad con Dios.

El patio será espacio donde se ejercite el cuidado hacia los otros. Lo narra Don Bosco en la biografía de Domingo Savio: “Llegó al Oratorio un tal Camilo Gavio, y estaba arrinconado en el patio, observando a los demás jugar”. Domingo se le acerca –se solía asignar a un compañero para que estuviese atento de los nuevos y de quienes estaban tristes para ayudarlos–, y le dice: 

–Hola, amigo. Se te ve triste. 

–Sí, no conozco a nadie… 

–Tranquilo, seremos amigos. Vos querés ser feliz, ¿verdad? 

–Sí, pero no sé cómo hacer.

–Mirá, ser felices es ser santos, y aquí nosotros hacemos consistir la santidad en estar muy alegres, haciendo bien lo que tenemos que hacer…”. 

Y a partir de allí ambos se hicieron inseparables. 

Todo esto requiere un elemento fundamental: la presencia del educador en el patio, no para vigilar que no haya problemas, sino para animar, acompañar, proponer, estar atento a cómo está cada quien, dar una palabra de aliento a quien está desmotivado, compartir juegos y actividades. 

Lo dirá Don Bosco en su carta desde Roma en 1884: “El maestro al que se ve sólo en la cátedra es maestro y nada más, pero si comparte recreo con los jóvenes, se hace como hermano”.

¿Es más difícil? Seguro, porque en el recreo la relación asimétrica educador/alumno se nivela un poco, y hay más libertad por parte de los chicos. Tal vez, por eso, a algunos les resulte tensionante estar en el patio. Porque debe vérselas con iguales, que dialogan, preguntan, son incisivos, cuestionan, y se desdibuja el supuesto pedestal docente que sirve también de “protección”.

La originalidad educativa

Si todo en la escuela debe ser educativo –el currículum, el ambiente, el edificio, etc–, el recreo también, con sus propias características.

Siendo en esencia un tiempo “libre”, no debería ser un espacio hiperprogramado, ya que mataría la iniciativa y la originalidad. Y debería tener una variedad tal que cada quien pueda elegir aquello con lo que se sienta más cómodo.

Además de juegos pintados en el piso, puede pensarse en metegoles, mesas de ping pong, tejos, puede haber juegos que requieran más movimiento: aros de basquet poniendo a disposición pelotas para jugar al 21, pelotas de voley para jugar a los tres tiros, otra pelota para jugar al frontón con la mano.

También pueden ofrecerse crucigramas, o colocarse libros o revistas en una mesa para revisar y quien quiera llevar alguno.

Y habrá recreos en los que la propuesta de fe sea más explícita. Son los recreos eucarísticos, en donde quienes quieran y estén dispuestos pueden recibir a Jesús eucaristía.

No es necesario que todo esté disponible todos los días. Que haya rotación de actividades y que algunas sólo aparezcan en ciertos días, ayuda a que sean novedosas y aún esperadas.

Si queremos que nuestra escuela se siga llamando “salesiana”, los recreos, a veces descuidados, otras veces mirados sólo desde la vigilancia, deben ser auténticamente educativos. 

¿Es más problemático esto? Por supuesto, es más fácil no proponer nada, para no correr riesgos o que implique un trabajo más. Pero si queremos que nuestra escuela se siga llamando “salesiana”, los recreos, a veces descuidados, otras veces mirados sólo desde la vigilancia, deben ser auténticamente educativos. 

Para lograrlo, se requiere un cambio de actitud, inversión en materiales, repensar los espacios y acompañamientos, modificar usos y costumbres… en definitiva, optar. Si esto es así, el recreo será un auténtico espacio/tiempo educativo que aporte al crecimiento integral de la persona… que, como todo en la escuela, para eso está.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JULIO 2026

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