Pantallas, vínculos y responsabilidades, una reflexión necesaria.

Por Guy San Pedro Sedan //
guysps@gmail.com
Durante el pasado año, el debate sobre el uso de celulares y dispositivos en las aulas cobró especial relevancia en la agenda educativa. Diversos estudios y experiencias concretas evidenciaron que el uso irrestricto de estos dispositivos impacta negativamente en los procesos de aprendizaje, generando distracción, disminución de la atención y dificultades en la concentración. A ello se suma un aspecto no menor, la afectación de los vínculos y de la sociabilización, ya que el tiempo frente a la pantalla muchas veces reemplaza el encuentro, el juego compartido y la conversación entre pares.
Riesgos y responsabilidades
En este contexto, distintas jurisdicciones avanzaron en la sanción de leyes y normativas que establecen un uso más restringido y regulado de los dispositivos electrónicos dentro del ámbito escolar. Estas decisiones no buscan ir en contra del progreso tecnológico, sino proteger el derecho a aprender, a vincularse y a desarrollarse integralmente.
Sin embargo, la escuela no puede ni debe estar sola en este desafío. Uno de los ejes centrales sigue siendo el acompañamiento adulto. Muchas veces damos por sentado que nuestros hijos saben manejarse en el mundo digital porque nacieron en él. Pero saber usar una aplicación no es lo mismo que poder discernir, cuidarse y cuidar a otros. ¿Sabemos qué miran? ¿Con quién se comunican? ¿Qué contenidos consumen? ¿A qué juegos acceden?
Plataformas y videojuegos muy difundidos, como por ejemplo Roblox, suelen percibirse como espacios inofensivos. No obstante, distintos informes alertan sobre riesgos reales, interacciones con desconocidos, exposición a contenidos inapropiados, prácticas de violencia simbólica, consumo excesivo de tiempo y dinero, situaciones que pueden vulnerar la intimidad o la seguridad de niños y adolescentes. Frente a esto, la clave no está únicamente en la prohibición, sino en la presencia atenta, el diálogo permanente y el establecimiento de límites claros.
A este escenario se suma una preocupación creciente, la apertura y expansión de plataformas de apuestas, casinos online y prácticas asociadas a la ludopatía, muchas de ellas de fácil acceso desde el celular. Estas propuestas, presentadas como entretenimiento, esconden riesgos profundos, especialmente para adolescentes y jóvenes, adicción, endeudamiento, ansiedad y deterioro de los vínculos familiares y sociales. El acceso temprano y sin control a este tipo de contenidos constituye una forma silenciosa de vulneración de derechos que exige una respuesta responsable por parte de los adultos y de las instituciones.
Otro aspecto que merece una reflexión profunda es cómo nos comunicamos y cómo nos tratamos en los entornos digitales. La distancia que ofrecen las pantallas muchas veces habilita modos de decir y de actuar que difícilmente sostendríamos en un encuentro cara a cara. Mensajes impulsivos, juicios apresurados, descalificaciones o rumores se multiplican en chats y redes sociales, dejando huellas que no siempre se dimensionan.
En este sentido, los grupos de familias, creados con fines organizativos o informativos, tampoco están exentos de tensiones. En ellos pueden vulnerarse derechos, exponerse situaciones personales, difundirse información no verificada o generarse climas de conflicto que terminan afectando a toda la comunidad, y especialmente a los niños y niñas.
Desde una perspectiva salesiana
Desde una mirada salesiana, esta reflexión cobra un sentido aún más profundo, Don Bosco fue un hombre de su tiempo y supo reconocer el enorme poder de la comunicación. Utilizó los medios disponibles en su época entre ellos, el Boletín Salesiano como espacios privilegiados de evangelización, formación y construcción de comunidad. Para él, la comunicación no era solo transmisión de información, sino presencia educativa, cercanía, palabra que acompaña y orienta.
Siguiendo su ejemplo, hoy estamos llamados a habitar los nuevos medios con responsabilidad y espíritu educativo, haciendo de las redes, los mensajes y los espacios digitales verdaderos ámbitos de encuentro, cuidado y formación integral. No se trata solo de regular el uso, sino de educar el corazón, la conciencia y el criterio.
Además, en el mundo digital circulan con rapidez cosas que se dan por ciertas sin serlo. Mensajes reenviados sin verificar, interpretaciones parciales o comentarios sacados de contexto pueden escalar rápidamente. Frente a esta realidad, se vuelve imprescindible recuperar el valor del diálogo personal y humano, la conversación directa, la escucha respetuosa y la palabra responsable.
Educar en el uso responsable de la tecnología es una tarea compartida que exige presencia, coherencia y compromiso. No alcanza con establecer normas, es necesario sostenerlas con el ejemplo, revisando también nuestros propios hábitos digitales.
En definitiva, la tecnología debe estar al servicio de las personas y de los vínculos, y no al revés. Cuidar a nuestros hijos e hijas hoy implica también cuidar los modos de estar conectados, para que, como soñaba Don Bosco, cada espacio, también el digital sea una casa que acoge, una escuela que educa y un patio donde encontrarse como amigos.
Siempre prevenir
La psiquiatra especialista en adicciones Geraldine Peronace advierte que el uso excesivo de pantallas en niños y adolescentes puede generar impactos significativos en la salud mental, especialmente cuando no existe acompañamiento adulto. Señala que “la tecnología no es el problema en sí, sino cuando ocupa un lugar central y excluyente en la vida cotidiana, desplazando el juego, el descanso, el encuentro y la palabra”. Desde esta perspectiva, la prevención no se basa en el control rígido, sino en la construcción de límites con sentido, presencia y diálogo.
En la misma línea, el doctor psicólogo español Ángel Turbi propone algunos principios clave para pensar la prevención de los consumos problemáticos vinculados a la tecnología:
- Uso responsable: educar para un uso consciente en lugar de prohibir sin criterios, adaptando la tecnología a la vida y no al revés.
- Equilibrio de actividades: no se trata sólo de limitar horas, sino de equilibrar el tiempo digital con actividades offline como el deporte, la lectura, el juego, cocinar o compartir tiempo en familia.
- Integración familiar: las familias deben aprovechar el tiempo con los hijos e hijas para educar y reeducar en el uso de la tecnología, involucrándose activamente en sus actividades digitales y no digitales.
- Fomentar la conexión real: animar a niños y jóvenes a conectarse con personas y a realizar actividades que les aporten valor, y no solo a estar “conectados” de manera permanente.
- Programar actividades: construir rutinas que incluyan diversas experiencias favorece un desarrollo equilibrado y previene el aislamiento digital.
A estos principios se suman algunos consejos prácticos para el acompañamiento cotidiano:
- Establecer límites claros y acordados, pactando horarios de uso de dispositivos (por ejemplo, no más de 1,5 a 2 horas diarias).
- Cuidar los espacios de uso, colocando computadoras y dispositivos en lugares comunes del hogar, lo que facilita la supervisión y el diálogo.
- Promover aficiones e intereses variados, como el deporte, la lectura, el cine o actividades artísticas, que funcionen como alternativas reales al mundo digital.
- Formarse y asesorarse, entendiendo que educar en tecnología también implica que los adultos revisemos nuestros propios hábitos y criterios.
Estos aportes refuerzan una idea central, la prevención es un proceso educativo, que se construye con presencia, coherencia y vínculo. Solo así la tecnología puede transformarse en una aliada para el crecimiento integral y no en un riesgo silencioso que afecte la salud, los vínculos y la vida comunitaria.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – ABRIL 2026
