“¿Se acuerda de los campamentos?” 

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 Entrevista al padre Pablo Kolomi.

Por: Redacción Boletín Salesiano

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El padre Pablo Kolomi tiene 86 años y hace 60 que fue ordenado sacerdote. Durante su infancia vivió en distintos países escapando de la guerra en Europa. Cuando finalmente se estableció en Argentina, en un momento de enfermedad, conoció a un sacerdote que le presentó la Obra Salesiana. Y a partir de ese momento –entre inolvidables campamentos, entrañables adolescentes y mascotas exóticas– intento vivir siempre en movimiento y siguiendo a Don Bosco.

¿Cómo fue su infancia?

Nací en Eslovaquia y en mi familia éramos mi madre, mi padre y dos hermanos. Recuerdo que íbamos a la montaña, a pescar, y la pasábamos muy bien. Pero cuando tenía cinco años tuvimos que escaparnos por la guerra. Salimos en el último tren y al día siguiente hicieron volar el puente. Fuimos primero a un campo en Alemania, y un año y medio después nos trasladamos a Asís en Italia, donde comencé los estudios. Ahí mi papá pidió para ir a Canadá donde había una comunidad eslovaca, pero no le llegaba nunca la visa. Entonces, pidió para la Argentina y al día siguiente la tuvo.

Llegamos a Buenos Aires cuando tenía ocho años, el barco tardó 28 días para cruzar el mar, si bien estaba adaptado para pasajeros era carguero.

¿Cómo conoció a los salesianos?

Un año después mi papá vio en el diario que ofrecían trabajo en un hotel en Miramar de Córdoba, y nos fuimos a vivir ahí. Un día me enfermé fuerte de gripe y vino a verme un sacerdote que estaba vacacionando ahí. Él le propuso a mi papá que yo fuera a la escuela salesiana en Colonia Vignaud. Y así fue como empecé a mitad de quinto grado. Eso ya era un aspirantado, y me gustó, entonces lo seguí. Después fui al noviciado en 1957 y finalmente me ordené en 1966 en Villada.

¿Qué fue lo más disfrutaba de sus tareas y servicios?

Lo que más me gustaba eran los grupos juveniles y los campamentos. Tenía cinco campamentos por año con segundo, tercero y cuarto año, los más grandes iban de coordinadores. 

El campamento es una vida al aire libre, sin depender de nada. Ellos tenían que encargarse de todo, se acomodaban en grupos y cada uno armaba su carpa. Las carpas las mandé a fabricar según medidas y con una tela que era impermeable al agua. Así cuando llovía se hinchaba y no pasaba el agua.

También traían su menú para cocinar todos los días. Y después hacíamos muchos juegos, nos divertíamos. Los pibes no se olvidan más de eso. Lo primero que me dicen cuando me visitan es: “¿se acuerda de los campamentos?”.

¿Es posible que usted haya tenido más de una mascota en los colegios?

Tenía en mi oficina una culebrita verde, linda. La tenía en un armario y cuando lo abría la culebrita se asomaba. Una vez vino una inspectora y la atendió otro salesiano. Cuando abrieron el armario saltó la culebrita y la inspectora casi se desmaya, el salesiano ya la conocía.

Después en el San José de Rosario teníamos una sala de juegos en el último piso con metegoles, mesa ping pong, de billar… Y ahí tenía un lagarto. El lagarto Juancho, que se metía por debajo del metegol y dormía ahí porque era como una cueva. Una vez los pibes estaban jugando y el lagarto saca la cabeza por un arco. ¡Salieron rajando!

Seguramente ha sentido la presencia de Dios a lo largo de toda su vida. Pero, ¿hay algún momento en particular que recuerde dónde lo haya sentido especialmente cerca?

Particularmente en la gente buena que me encontré. Yo siempre en todos los lugares donde estaba fundaba la Unión de Padres, que eran representantes de cada curso. Nos reuniamos y organizábamos cosas, eso me ayudó mucho, con algunos todavía nos escribimos.

Por otro lado, recuerdo que en un campamento en Paraná, estábamos cenando y apareció una viejita en medio del monte. Preguntó: “Buenas noches, ¿hay aquí un sacerdote?”. Yo estaba ahí, el único sacerdote: “Sí, soy yo”. “¿Usted podría venir dice conmigo para ir a ver a mi marido para la unción de los enfermos?”. Enseguida llevé las cositas, fui ahí en el medio del monte, en un ranchito perdido, estaba el viejito en la cama y le di la unción de los enfermos.

Otra vez, en un paseo de esos de primer año en la isla, había llevado a los chicos a una playita, el río comenzó a crecer y no todos sabían nadar. Pegué el grito: «Salgan todos afuera». Me la pasé sacándolos, tenía miedo que alguno se ahogara.

¿Y qué le gustaría agradecerle a Dios?

La vocación salesiana. Me entregué por completo. Lo mejor siempre fue estar con los muchachos y enseñarles. Para mi siempre fue muy importante estar con ellos la presencia en el patio, ahí donde los chicos sienten mucha cercanía, y aprenden mucho también.

Me acuerdo en una ocasión que uno de los chicos tiró un petardo en el baño. Me puse a averiguar quién había salido de la clase. Llegué a uno que podía haber sido, pero me parecía raro porque era medio amigo mío. Un día lo acompañé hasta la casa y conversamos sobre lo que había hecho. Bueno, ese después fue mi mejor amigo

¿Quién es Don Bosco para usted?

Don Bosco es para mí un ideal, yo siempre trato de pensar qué y cómo hubiese hecho él, y en todo el legado que nos dejó.

Justamente hace poco falleció un salesiano mayor de aquí, de la casa de salud. Y Don Bosco decía que el día que muere un salesiano es un día de gloria para la Congregación. En lugar de tristeza que es de gloria porque ha ido al cielo. Don Bosco nos prometió: pan, trabajo y paraíso. Que nunca iba a faltar el pan. Nunca iba a faltar el trabajo. Y al final de la vida, el paraíso.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – ABRIL 2026

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