Hacerle lugar a la tristeza, un requisito imprescindible para volver a sonreír.

Por Susana Alfaro
salfaro@donbosco.org.ar
“No logro imaginar la vida sin él. Tampoco quiero. ¡Siento que lo estoy traicionando!» – Laura, viuda hace tres años.
“Es que vos no entendés, seño… Mi papá me dice que no esté triste, mi mamá me dice que no esté triste, vos me decís que no esté triste… No entienden que yo necesito estar triste, sino como me voy a poner contento” – Baltazar, 5 años, llorando cuando la mamá lo deja en la escuela.
“¿Cómo estoy? Mal, triste. Toda la vida soñé con ser piloto de avión. Nunca hubiera imaginado que la traba iba a venir del lado de la salud. De golpe me siento inseguro para todo” – Mariano, 19 años, al enterarse de que estaba descalificado para ingresar a la carrera.
Liliana Bodoc comienza su libro “Amigos por el viento” diciendo: “A veces la vida se comporta como el viento, desordena y arrasa, algo susurra pero no se le entiende. A su paso todo peligra, hasta aquello que tiene raíces…”.
Sin necesidad de que sea un gran huracán –que también los hay– en distintas ocasiones a todos nos toca experimentar el paso de una ráfaga que nos despeina un mechón de la vida. Entonces, nos damos cuenta de que parte del mundo que conocíamos ya no está y nos cuesta reorientarnos en esas nuevas coordenadas. Registramos la falta de algo que era importante para nosotros y ese registro nos llena de tristeza.
Estar triste es haber registrado la ausencia irremediable de algo querido.
Si buscamos la raíz etimológica de la palabra tristeza, encontramos que, en griego, el verbo ‘tritosko’, se puede traducir como herir, atravesar o agujerear. Es interesante esta asociación de significados, porque esas son las imágenes que elegimos para expresar
lo que nos pasa: “Estoy partido al medio”, “me siento vacío”, “me atravesó el corazón…”. Estar triste es haber registrado la ausencia irremediable de algo querido. Hay algo –una persona, una meta, una situación vital– que se ha perdido, que no está, más allá de nuestra voluntad de conservarlo. El registro de su ausencia, del vacío que deja, causa un dolor que llamamos tristeza.
Para recuperar la alegría y la capacidad creativa y volver a sentirnos afectivamente disponibles, nuestra psiquis y nuestro corazón –me pregunto si tiene sentido esta diferenciación– tienen un trabajo por hacer.
¿Pasar la página?
“¡Soltá!”. “Listo, ya fue, no gastes un segundo más en llorar por eso”. Parece ser que este mundo que tanto repite “lo importante es lo que uno siente”, cambia de criterio frente a algunos “sentires”, y apenas ve asomarse una gota de tristeza por algún rincón, saca sus pancartas preferidas y exhorta: “Siempre terraza…”. “La vida es demasiado corta para andar llorando…”. “Pasá la página, ¡a otra cosa, mariposa!”.
Pero, ¿cómo se hace para “pasar la página” cuando se da por terminada una relación larga, profunda, comprometida, que alguna vez se la soñó para toda la vida? ¿O cuando finaliza un proyecto que hasta ayer ocupaba casi todo nuestro tiempo, en el que construimos vínculos y donde pusimos toda nuestra creatividad? ¿Cómo retomar la vida después de un diagnóstico que nos cambia los planes que teníamos para el futuro? ¿O cuando –en la lucha por la conquista de la propia libertad– tenemos que dejar atrás lugares conocidos y seguros en los que hemos sido felices?
Las personas no somos sistemas, necesitamos tiempo para procesar lo que vamos viviendo.
Las personas no somos sistemas, necesitamos tiempo para procesar lo que vamos viviendo. Procesar, en este caso, quiere decir poder anoticiarnos de todas las modificaciones que esa ausencia va imprimiendo en nuestra vida, y poder discriminar qué es lo que en realidad extrañamos. Porque cuando algo importante se va, se lleva también un pedacito de nosotros, de lo que éramos juntos, y toma un tiempo descubrir si una nueva presencia va a poder permitirnos recuperar alguna porción de esa parte nuestra que parece perdida, o si es algo a lo que tendremos que renunciar definitivamente.
Este discernimiento es un proceso que requiere tiempo y paciencia. Baltazar lo dice con claridad: “Necesito estar triste un rato…”. Y tiene razón: es esta posibilidad de hacerle lugar a lo que sentimos, de ir recorriendo el dolor para saber qué entraña, de conversar con otros, lo que nos va a permitir ‘encontrarle un lugar’ en nuestra vida. Transitar ese tramo no siempre es sencillo, pero es mucho menos doloroso si se cuenta con otros que sostienen y acompañan.
Estar y sostener
El enojado posiblemente encuentre quien se sume a su enojo y lo acompañe en las acciones reivindicativas que se le ocurran; también es muy probable que quien está feliz cuente con otros que acompañen las celebraciones, pero es más difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a sostener la tristeza de otro sin apurar su proceso. Con toda la buena voluntad, tendemos a intentar palabras de consuelo y a vaticinar con una certeza oracular cosas como: “Ya va a venir otra oportunidad…”, “vas a ver que vas a estar mejor…”, “cuando menos te lo imagines vas a estar en pareja de nuevo“, “no tenía que ser”. Sin embargo, quien tiene el alma dolida por algo que ya no está, o que nunca estuvo, lo que necesita es sentir que se valida lo que siente y que cuenta con otros dispuestos a permanecer cerca, sin querer apurar sus ritmos.
A veces puede pasar que sintamos que no vamos a saber qué decir, pero sólo se trata de estar ahí, de escuchar y responder sencillamente. Decir “cuánto lo lamento…”, “podés contar conmigo…”, “qué duro tiene que haber sido…”, son maneras posibles de alojar sus sentimientos y hacerle saber que no está solo/sola. En situaciones más serias, acompañar puede ser algo tan simple como resolver cuestiones prácticas que resultan momentáneamente inabordables para quien está triste: preparar una rica comida, hacer una compra, entretener a los chicos, ordenar la casa, aliviar un trámite… sencillos gestos cotidianos que además de sostener a quien sufre, sostienen su proceso y –con él– la posibilidad de estar mejor. Y así, la oscuridad de la noche se va pespunteando con “el hilo dorado de la Pascua” y se vuelve más habitable.
“Valen más dos temores que una esperanza”
Cuando lo único que tenemos para ofrecer son lágrimas, mocos y mal humor, contar con alguien que nos acolchone con su presencia en lugar de filmarnos mientras rebotamos contra las paredes; alguien que, con paciencia, junte nuestros pedazos cuando nos encuentra hechos trizas, que respete la intimidad de nuestro dolor sin dejarnos solos, es “haber encontrado un tesoro” (Eclo. 6, 14. )
Los artistas en general, pero muy especialmente los poetas, tienen la capacidad de sintetizar en pocas palabras sentidos enormes. En tiempos no mucho mejores que estos, María Elena Walsh expresaba algo parecido en la bella “Canción de Caminantes”:
“Ánimo nos daremos a cada paso, ánimo, compartiendo la sed y el vaso…”
Y, un poco más acá en el tiempo, Eduardo Meana en su “Sostener”:
“Sostener es mi prueba de amor, es el nombre aguantador de mi amor: ¡Sostener!”
En un mundo que invita –en realidad, demanda– a que permanentemente demos cuenta de nuestra felicidad o que hagamos del dolor un espectáculo consumible, hacer silencio para que el alma hable, sostenernos en los momentos difíciles, “bancar la parada”, sin espectacularidad y sin condiciones, la mano en el hombro del amigo, la mirada en el horizonte y el oído disponible, es un ejercicio de humanidad que tenemos que poder regalarnos.
“Dame la mano y vamos ya”
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – MARZO 2026

