Proponer la eternidad en tiempos de inmediatez.

Por Ángel Amaya
aamaya@donbosco.org.ar
Un muchacho le preguntó a Jesús: ¿qué debo hacer para entrar a la vida eterna? Y Don Bosco les decía a sus muchachos: “los quiero felices, ahora y en la eternidad”. Esa palabra eternidad me trae problemas. Es de esas palabras que –me lo dijo un joven universitario– “te hacen estallar la cabeza”. Porque “eternidad” suena grande, infinito, casi impensable. Una categoría de otros tiempos.
Y como salesiano –lo confieso– no menciono tanto el concepto de eternidad. Tengo miedo justamente de nombrar algo tan lejano e intangible que quizá suene hasta irrelevante. O sea, innecesario. Y creo que omito hablar de eso no solo por el deseo de que mi palabra suene siempre aterrizada y útil.
También lo hago porque formo parte de esta sociedad en la que abrazamos fuertemente el aquí y ahora, la gratificación inmediata. La tan citada dificultad para asumir procesos y más aún la dificultad para entender que hay algo que no se vence, no se termina, es perdurable.
Planteo existencial
Don Pascual Chávez decía: “cuando Dios nos llama a la vocación salesiana nos está pidiendo entregar la vida. Y eso encierra tres aspectos: se trata de la propia vida, de la única vida y de toda esa vida”. Un mensaje que al menos suena serio e invita a pensarlo muy bien. Como cuando siendo testigo de una boda, recordamos a los contrayentes que están diciendo “sí …para siempre”. Otra expresión que hace estallar la cabeza porque estamos en un mundo de lo provisorio y cuesta, cuesta mucho, hacerse a la idea de algo que será para siempre.
Estamos en un mundo de lo provisorio y cuesta mucho hacerse a la idea de algo que será para siempre.
Suena quizá antipático, pero lo real es que estamos en este mundo no para disfrutar, sino para trascender. Invertimos mucha energía en tratar de dejar de sufrir y muy poca en aprender a amar. Cuando Jesús de Nazareth dice que vino a traer vida y vida en abundancia, ya estaba invitándonos a extender la mirada a un horizonte enorme, que nos trasciende, que va más allá del aquí y ahora.
¿Dónde queda el cielo?
Así como decimos que alguien que ha padecido mucho durante su vida o antes de morir es como que ya ha vivido su purgatorio, así también podemos decir que quien mucho ama y con esfuerzo se abre al amor en el día a día, ya está habitando el cielo.
Lo dijo Jesús a los apóstoles: “sus nombre están escritos en el cielo”, o como cuando promete al ladrón arrepentido: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Está hablando de la eternidad. Y eso es algo que ya se va haciendo realidad en el día a día, en el paso a paso por tratar de vivir el Evangelio. Es algo que inevitablemente nos suena lejano, y es lógico que nos pase eso porque es una dimensión que no llegamos a captar desde nuestra supuesta omnipotencia que quiere tenerlo todo claro, y encima todo controlado.
Pablo, el apóstol, nos advierte: ni el oído humano oyó ni el ojo humano vio todo lo que Dios tiene preparado para los que él ama.
Dejate sorprender
A nosotros, tan apegados a lo que captan nuestros sentidos. Tan zambullidos en el momento presente. Tan pendientes de los resultados inmediatos. A nosotros, tan fascinados por un consumismo que nos presenta de mil maneras distintas una felicidad muy copada, a nosotros se nos invita a no quedarnos con eso, a ir más allá. A esperar algo más.
Lo que llamamos cielo es algo que hace estallar todos nuestros cálculos y supera cualquier expectativa.
“Dejate sorprender” me dice Dios. La tierra es maravillosa y cautivante. Te tiene seducido. Pero hay algo más. No te quedes corto. Lo que llamamos cielo es algo que hace estallar todos nuestros cálculos y supera cualquier expectativa. Y no sólo algo más. Hay alguien más. Es Dios mismo. Es su abrazo. Es verdad que la palabra eternidad suena chocante a veces o cuesta explicarla. Pero una y otra vez estamos llamados a creer. A decir no solamente “creo”, sino también “te creo”. Te creo a vos, Dios Padre, revelado en Jesús de Nazareth.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – DICIEMBRE 2025
