De Martas, Marías, Verónicas y Magdalenas…

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Todas las voces todas: Día internacional de la Mujer

Por Susana Alfaro
msusana.alfaro@gmail.com

Que nuestra palabra no cuenta; que nuestro cuerpo, atravesado por los ciclos de la vida, nos hace sucias y sospechosas; que la pasión debemos pagarla apedreadas por aquellos que la disfrutaron; que somos propiedad del varón; que la Sabiduría no es nuestro terreno; que debemos mantener cierta distancia de las cuestiones sagradas son algunas de las ideas que configuraban la matriz a través de la cual éramos miradas las mujeres en tiempos del rey Herodes. Así nos veían los varones, así nos nombraba la Ley, así nos miraba la sociedad, así nos reconocíamos nosotras mismas.

Pero un día, un joven judío llamado Jesús, nacido de mujer, hizo un giro de 180°. Con toda la serenidad del mundo, haciendo carne y acto el Amor de Dios-Papá-de-toda-la-humanidad, nos regaló su mirada fraterna y se sentó a nuestra mesa, se detuvo junto al pozo a conversar con nosotras como iguales, legitimó la posibilidad de que no nos gustaran las tareas del hogar, celebró nuestros pequeños gestos de generosidad silenciosa, se interesó por nuestros hijos y hermanos, se hizo amigo, se dejó querer, acariciar, consolar, perfumar.

No le resultó gratis esa revolución a Jesús, pero su giro no fue en vano, porque quienes habían experimentado a su lado la maravilla del Amor habían podido intuir que la muerte no había sido el final sino la llave para que una catarata de Vida se derramara sobre toda la humanidad y comenzaron a contar a otros lo que habían visto y oído haciéndoles saber que el Maestro seguía con ellos, inspirándolos y acompañándolos en el camino. Así fue como las escenas que habían tenido lugar en Galilea traspasaron las fronteras, primero circulando de boca en boca y luego – 40, 70, 100 años después – en los escritos que recogieron la fe de cada comunidad.

Indudablemente fue Jesús quien dio el salto y recreó sustancialmente la mirada y el vínculo con las mujeres, pero fueron hombres y mujeres comunes, permeables al Espíritu, quienes se dejaron atravesar por esa mirada transformadora que les llegaba a través de quienes habían estado con Él. Debe haber sido muy poderoso el signo para las primeras comunidades cristianas, muy significativa la ruptura con lo que estaban acostumbrados vivir, una Buena Noticia que no podía perderse y debía quedar registrada para las generaciones siguientes.

Hoy, veinte siglos después, seguimos disfrutando y aprendiendo de aquellas mujeres perceptivas, que inmediatamente se dieron cuenta de que con Jesús no había motivos para mantenerse a la sombra, y se animaron a estar cerca. Mujeres de mente despierta, que rápidamente entendieron cuál era el corazón del anuncio de Jesús sin distraerse tratando de ponerlo a prueba preguntando por las leyes del sábado o por los caminos para alcanzar la salvación. Mujeres con corazón sensible, que descubrieron en esa masculinidad distinta de Jesús un signo claro del Amor de Dios que no nos pensó encorvadas, sino erguidas y con la mirada en alto.

Hoy es 8 de marzo. Quizá, la mejor celebración que podamos hacer, sea abrir en nuestras casas, en nuestros grupos, en nuestros equipos de trabajo, espacios de diálogo e intercambio en los que -como los primeros creyentes- podamos trabajar comunitariamente para construir una Mirada Nueva que impregne nuestros vínculos y los libre de las heridas que dejaron aquellas sentencias del siglo I y todas las que se sumaron a lo largo de 2000 años de historia. Una mirada común que se haga visible en nuestras decisiones, nuestros proyectos, nuestros organigramas, nuestra liturgia, nuestras maneras de divertirnos.

Que la lucidez de la samaritana, el espíritu servicial de Marta, la sensualidad de la pecadora, la generosidad de la viuda, la fe de la hemorroísa, la bondad de la Verónica y, sobre todo, la confianza y disponibilidad de María de Nazareth, habiten en nuestras comunidades y nos inspiren en esa transformación.

BOLETÍN SALESIANO – MARZO 2022

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