Mejor pedir perdón

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Ante una sociedad polarizada, y vínculos que también caen en una “grieta”, saber perdonar y pedir perdón cobra cada día mayor valor.

Por Francisco Hernández, sdb
fhernandez@donbosco.org.ar

La actitud ética fundamental de toda relación humana es el reconocimiento del otro en cuanto otro, distinto de mí. De esta constatación antropológica nace el respeto al prójimo, que es mi hermano y no mi enemigo.

De aquí también nace el perdón más allá de toda cultura, clase social o religión, porque reconocemos —cada uno en particular y la sociedad en general— las injusticias cometidas, la mentira consentida frente al hecho rotundo de la verdad, el abuso de poder, la violencia explosiva y cotidiana, nuestras absurdas agresiones, la impulsividad de nuestros sentimientos y emociones, nuestras búsquedas de venganza, nuestros odios ocultos e inconfesables, los errores y debilidades de la frágil e inestable condición humana.

Esta mirada realista de lo que somos, este tomar conciencia, es el paso de madurez para poder pedir y aceptar el perdón del otro. Entonces es posible buscar la fuente del perdón con humildad y verdad. Y esa fuente es el amor, palabra desgastada y desvalorizada, pero que es necesario reivindicar. El amor es un arte, y por eso necesita pasión y aprendizaje. Desde la infancia es necesario recorrer un camino pedagógico que nos enseñe a pedir perdón y recibirlo.

Una mirada realista de lo que somos, este tomar conciencia, es el paso de madurez para poder pedir y aceptar el perdón del otro.

El amor purifica nuestras emociones negativas y destructivas. El amor nos pone en camino hacia una de las actitudes más difíciles de la vida: la autocrítica. Porque nos desnuda ante nuestra propia verdad, quizás dolorosa, pero real. Y ante el amor no hay excusas para ir por la vida diciendo que la culpa es siempre del otro, nunca mía.

El amor tiene que ser nutrido toda la vida. Y ese alimento no es otro más que el cultivo de la vida interior, la espiritualidad, sea cual fuere. El siglo XXI reclama a gritos, y en especial lo hacen los jóvenes, tener a la espiritualidad como sentido profundo de la vida.

“Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”

¿Vale la pena una vida de resentimiento, odio y rencor que jamás perdona? ¿Vale la pena una vida atormentada y orgullosa por años y años que es incapaz de aceptar el perdón? ¿Vale la pena vivir la vida con el auto engaño de que “perdono, pero no olvido”?

En este camino de la reflexión sobre el perdón, el creyente encuentra en Jesús el modelo de un hombre perseguido, injustamente condenado, que paga con su vida crucificada el precio insondable del perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Y en los evangelios encontramos textos tajantes y exigentes que nos provocan abiertamente a preguntarnos si vivimos o no el perdón:

  • En Mateo 6, 12: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”.
  • En Mateo 7, 3: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?”.
  • En Mateo 5, 43-48: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre”.
  • En Mateo 5; 38-39: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra”.

Predicar con el ejemplo

En este camino de reflexión también es importante destacar a la Iglesia como ámbito de perdón y reconciliación, dando ejemplo de autocrítica humilde y valiente. Solo comunidades cristianas que viven el perdón cotidianamente son creíbles.

Pero esta actitud de saber pedir perdón y perdonar no es propiedad exclusiva de los cristianos. Es sencillo encontrar a lo largo de la historia diferentes acontecimientos al respecto. Tal vez el más paradigmático, iluminador, desafiante y esperanzador sea la superación del apartheid en Sudáfrica por la acción comprometida de Nelson Mandela, como acto reparador de justicia, verdad y reconciliación.

¿Vale la pena una vida atormentada y orgullosa por años y años que es incapaz de aceptar el perdón? ¿Vale la pena vivir la vida con el auto engaño de que “perdono, pero no olvido”?

La sabiduría del perdón nos permitirá aceptar nuestra común y frágil humanidad; tener una mirada global de la vida, distinguiendo lo importante de lo secundario, lo valioso de lo relativo y disfrutando de horizontes de fraternidad y esperanza; y recuperar una mirada transparente de misericordia, compasión y ternura.

El odio solo destruye, y la grieta distancia y bloquea. La sociedad, la patria y las personas necesitan urgentemente optar por una vida reconciliada y en paz.

BOLETIN SALESIANO DE ARGENTINA – AGOSTO 2022

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