Nadie crece solo

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El Movimiento Juvenil Salesiano, una propuesta contracultural.

Por Gustavo Zarrilli

azarrilli@unq.edu.ar 

En una sociedad que invita a competir, mostrarse, consumir, rendir y salvarse solo, el Movimiento Juvenil Salesiano –MJS– propone otra gramática: encontrarse, compartir, servir, creer, cuidar y caminar juntos. Sus oratorios, grupos juveniles, exploradores, grupos misioneros y voluntariados son espacios donde se aprende otra forma de estar en el mundo. No se trata de una contracultura del enojo o del resentimiento, sino de la alegría; no de una rebeldía destructiva, sino educativa. 

Contra el “sálvese quien pueda”

Uno de los grandes “mandatos” de nuestro tiempo es el individualismo. Cada persona debe construir su marca, competir, adaptarse y reinventarse. Incluso el fracaso se vuelve culpa privada: si alguien no llega, se cansa o queda afuera, se le dice que no fue suficientemente resiliente o no se esforzó lo necesario. 

El MJS parte de otra convicción: nadie crece solo. La vida necesita comunidad, amigos, adultos significativos y espacios de pertenencia. El grupo, el patio, la patrulla o la misión son escuelas donde se aprende a convivir, escuchar, organizarse y celebrar juntos.

En una época de hiperconexión y soledad, el patio salesiano no es sólo un espacio físico: es una pedagogía de presencia, cercanía, juego, confianza y conversación. Allí el joven deja de ser usuario, cliente, número o rendimiento. Es alguien que importa, cuya ausencia se nota y cuya historia merece ser escuchada.

Don Bosco comprendió que no se educaba a los jóvenes desde lejos ni solamente mediante discursos: había que estar entre ellos, conocerlos, compartir el patio, ganar su confianza y acompañarlos en la vida concreta. El Sistema Preventivo nació de esa presencia cercana. Frente a relaciones cada vez más rápidas, funcionales y mediadas por pantallas, se propone tiempo, presencia y vínculos.

Contra el mercado de valores

Nuestro tiempo tiene como regulador al mercado. La solidaridad se convierte en “habilidad social”; la empatía, en “competencia de liderazgo”; la espiritualidad, en “bienestar emocional”; la comunidad, en “red de contactos”. La amistad importa si amplía contactos, la pausa si mejora el rendimiento, la belleza si genera impacto, la verdad si conviene.

Frente a ese mercado de valores, el MJS tiene una tarea urgente. Que el servicio vuelva a significar entrega; solidaridad, fraternidad concreta; alegría, algo más que entretenimiento; comunidad, algo más que juntar gente; fe, algo más que costumbre. Esto obliga a preguntar: ¿formamos jóvenes libres, críticos, solidarios y creyentes, o solamente jóvenes eficaces, adaptables y funcionales? El ideal salesiano nunca fue producir buenos engranajes del sistema, sino “buenos cristianos y honrados ciudadanos”: personas capaces de vivir la fe y comprometerse con la realidad.

Contra los “jóvenes-sofá”

En la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia, en 2016, Francisco habló de los “jóvenes-sofá”. No criticaba el descanso, sino una comodidad que adormece, paraliza y deja que otros decidan el futuro. Frente a ella, propuso jóvenes dispuestos a entrar en la cancha de la historia.

Hoy se suele reducir el sufrimiento a un problema individual: si estás angustiado, gestiona tus emociones; si estás cansado, sé resiliente; si estás frustrado, reinvéntate. Pero hay malestares ligados a la desigualdad, la violencia, la precariedad, la discriminación, la falta de futuro y la degradación ambiental.

La imagen interpela al MJS. El patio, el campamento, la misión, el voluntariado o la animación no deberían convertirse en refugios para escapar del mundo. Deberían despertar, incomodar y dejar huella. Por eso, la espiritualidad salesiana no puede ser anestesia. La esperanza cristiana no consiste en repetir que “todo va a estar bien”. Consiste en mirar el dolor sin naturalizarlo y creer que la realidad puede transformarse. El MJS está llamado a formar jóvenes buenos, pero no ingenuos; alegres, pero no superficiales; creyentes, pero no desconectados de la realidad; capaces de escuchar, pero no dóciles frente a la injusticia.

Contra la crisis ambiental

La contracultura del MJS se juega también en nuestra relación con la naturaleza. La crisis ambiental no es sólo técnica: es social, económica, cultural y espiritual, y afecta con mayor dureza a quienes menos tienen. Por eso, no alcanza con reciclar o plantar un árbol una vez al año. Laudato si’ propone una ecología integral: cuidar la naturaleza es inseparable de cuidar a los pobres, los barrios, los vínculos y las generaciones futuras.

Los jóvenes no son solamente destinatarios de campañas ecológicas diseñadas por adultos. Pueden ser conciencia crítica de nuestras comunidades y empujar cambios en nuestros modos de consumir, usar recursos y relacionarnos con el territorio. La pregunta ya no es sólo ¿qué puedo hacer yo?, sino ¿qué podemos cambiar juntos para vivir de manera más justa, sobria y fraterna?

Una insurgencia educativa

El MJS es una forma de insurgencia educativa, pacífica y evangélica. Donde la cultura dice competí, propone compartí. Donde dice mostrate, dice serví. Donde dice rendí, dice crecé. Donde dice adaptate, dice discerní. Donde dice consumí, dice agradecé. Donde dice salvate solo, dice caminemos juntos.

Muchas de sus transformaciones son invisibles: un joven recupera confianza, otro descubre su vocación, otro deja de sentirse solo, otro aprende a servir. Eso difícilmente entra en una planilla de indicadores, pero allí se juega lo esencial.

Hay una raíz profundamente contracultural en el carisma salesiano: mirar posibilidades donde otros sólo ven problemas.

Don Bosco conoció bien esta clase de transformaciones silenciosas. Su obra comenzó precisamente apostando por jóvenes que la sociedad de su tiempo muchas veces consideraba problemáticos, peligrosos o descartables. Frente a esa mirada, él eligió confiar, educar y ofrecer oportunidades. Nada fácil desde ya y si lo pensamos bien, fuertemente inconformista e insumiso Allí hay una raíz profundamente contracultural del carisma salesiano: mirar posibilidades donde otros sólo ven problemas, formar protagonistas donde otros esperan obediencia y descubrir dignidad allí donde la sociedad produce descarte.

La contracultura salesiana comienza cuando la comunidad adulta no teme una juventud inquieta, crítica y creadora, sino que acompaña esa energía hacia el servicio y la misión. Un movimiento juvenil que sólo escucha a los jóvenes cuando confirman lo que los adultos ya decidieron convierte el protagonismo en una palabra decorativa. 

Otro modo de vivir

El MJS es contracultural porque conserva viva la posibilidad de otro modo de vivir, no porque genere un enfrentamiento gratuito o destructivo. No propone escapar del mundo, sino habitarlo de otra manera. No rechaza la cultura juvenil: la acompaña, la evangeliza y también la desafía.

El MJS no rechaza la cultura juvenil: la acompaña, la evangeliza y también la desafía.

Es rebelde quien sirve cuando otros son indiferentes; quien escucha cuando todos gritan; quien comparte cuando la cultura invita a acumular; quien cuida cuando otros descartan; quien reza sin escapar de la realidad; quien se compromete sin buscar aplausos. Es rebelde quien sigue creyendo que la amistad, la justicia, la belleza, la verdad, la fe y la solidaridad no están en venta.

Tal vez esa sea hoy la forma más salesiana de ser contraculturales: demostrar que todavía es posible un mundo donde el yo aprenda a decir nosotros, la alegría no se compre, la esperanza no sea resignación y cada joven descubra que su vida puede ser un don para los demás.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – OCTUBRE 2026

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