“Rompan todo”

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Apuntes para un posible paseo por historias del rock latinoamericano 

Por Hugo Vera, sdb
hvera@donbosco.org.ar

Las empresas ambiciosas y con pretensión de visiones completas suelen ser muy criticables. Pareciera que es el caso de este documental de Netflix en seis capítulos producido por Gustavo Santaolalla. No se trata más que de un recorte que, si bien valorable, es solo un esbozo parcial de “historias” del rock latinoamericano.

El primer sabor agrio que le puede quedar al espectador podría resultar del lugar protagónico que ocupa Santaolalla en esas historias. ¿No estará sobrevalorado? No me considero un especialista, pero creo que otros nombres merecerían también ese lugar. Y pienso que ir por el lado de “nombres” nos va a dejar siempre a medias —¿se imaginan, por ejemplo, cómo sería la perspectiva de este fenómeno contada por el Flaco Spinetta?—. Desde ese sesgo “santaolallano”, es obvio que muchas cosas han quedado fuera de esta pretenciosa historia del rock latinoamericano: desde nombres y bandas, hasta países enteros —Brasil, por ejemplo, Venezuela…—. 

Se encuentran en el documental algunas “huellas” para una antropología de las juventudes latinoamericanas.

Sí, en cambio, quiero subrayar algunos aciertos que pueden darnos una pista para poder aprovechar estos “apuntes”, en la tarea educativo-pastoral, que es lo nuestro. Encuentro en el documental algunas “huellas” para una antropología de las juventudes latinoamericanas en contextos rockeros que bien pueden servir para ser “enlazadas” o “superpuestas” con otras que pueden venirnos del ámbito religioso, pastoral o educativo, y desde allí establecer una especie de “recálculo” del GPS de esos años en muchas de nuestras propuestas de pastoral juvenil.

Resistencia-reacción-rebeldía juvenil

El primer subrayado lo haría sobre la atención que el documental da al rock como resistencia-reacción-rebeldía a las condiciones sociopolíticas que atravesaban los países latinoamericanos en esos años. En la mayoría de ellos, las dictaduras, los gobiernos autoritarios y las movidas sociales en diversos sectores elevaban las temperaturas políticas hasta generar respuestas que, lejos de ser solo una expresión estética y naif, habitada por el desencanto, comenzaba a pronunciarse “en lo público” a través del rock como contestación cultural.

Esto es clave para entender cómo se fueron configurando las diversas facetas de la subjetividad juvenil latinoamericana, protagonista de “irrupciones” significativas en la escena sociopolítica y cultural de estos países. El documental nos ayuda a pasear estas realidades desde México hasta Argentina, Chile y Uruguay, mostrando, de manera muy poco homogénea, expresiones más comprometidas o jugadas, u otras, quizá no sin un dejo de cierta sofisticación, de carácter críptico o simbólico —pienso en el caso de Charly y Soda Stereo aquí en Argentina—. Se pueden resaltar también las fusiones o cruces del rock con otros ritmos o marcas de sectores populares, más ligados al folclore, produciendo de este modo una suerte de “mestización” en las expresiones roqueras que circulaban por América Latina.

Soda Stereo, una de las bandas que rescata el documental, durante un concierto en 1984.

Lugar de protagonismo

En segundo lugar, la movida del rock latinoamericano fue una de las plataformas, en varios casos enlazada con lo estudiantil y lo laboral, en la que se fue perfilando el “sujeto protagónico” de muchos movimientos de revuelta y cambio: las juventudes latinoamericanas que, al igual que en el aspecto anterior, no puede ser categorizadas de manera homogénea, pero sí con algunas constantes típicas: la osadía desafiante al autoritarismo, el difícil maridaje entre los ideales y la atención a las concretas realidades de pobreza y pérdida de derechos, la implicación efectiva en los reclamos de la justicia social, la creación de estéticas que pasan por vestimenta, lenguajes y modos de habitar los espacios. 

El rock, lo estudiantil, otras artes o incluso la invención del joven dirigente en entornos religiosos fueron fundamentales para entender a las juventudes como nuevo sujeto de la vida humana.

El documental hace bien visible, y para mí es uno de sus logros, que la condición juvenil pasó a ocupar un lugar importante, estratégico, desestabilizante. Algunos juvenólogos se animan a decir que estos espacios —el rock, lo estudiantil, las expresiones de otras artes e inclusive la invención del joven dirigente en entornos religiosos— fueron fundamentales para entender a las juventudes como nuevo sujeto de la vida humana. No es este el lugar, pero se me ocurre que sería muy interesante rastrear esta huella de aparición del protagonismo juvenil en eventos eclesiales incipientes del CELAM o de la iglesia en Argentina, o de la prehistoria de lo que luego llegará a ser el Movimiento Juvenil Salesiano.

El aporte de las mujeres

Un tercer aspecto es el lugar dado a las mujeres en el documental, o a la aportación femenina al rock latinoamericano. Es evidente, como los movimientos feministas lo han militado claramente en estos años, que la mayoría de las expresiones sociales, políticas, religiosas y culturales han sido atravesadas por una perspectiva machista. El documental intenta salvar este aspecto haciendo visible el papel de algunas mujeres en las historias del rock de Latinoamérica. Sobre todo a partir de los años ochenta, las mujeres se fueron visibilizando en el rock.

No son muchos los nombres y las voces que el documental nos trae, consideradas en relación a los varones, pero es rescatable el intento de sumarlas, aunque para algunos sólo suene como un dato de color. Personalmente he podido revalorizar a mujeres más allá de Argentina, como es el caso de Andrea Echeverri, de la banda colombiana Aterciopelados. Su figura, inclusive desde un feminismo más disidente, desafía algunos estereotipos de mujer simplemente “asociada” al rock.

Andrea Echeverri, junto a Héctor Buitrago, de la banda colombiana Aterciopelados: su figura, inclusive desde un feminismo más disidente, desafía algunos estereotipos de mujer simplemente “asociada” al rock.

Una historia, a la espera de otras

Por último, considero de valor remarcar que Rompan todo, como documental, es una valiosa cantera de imágenes, sonidos, letras, testimonios y sobre todo de enclaves coyunturales del mundo roquero latinoamericano que, además de la calidad con la que están editados, posibilitan no canonizar el planteo y desarmarlo para establecer “otros” trazados de las historias del rock en Latinoamérica. Santaolalla nos ha aportado “una” mirada posible, la suya, que no necesariamente tenemos que compartir. No obstante, el material y hasta muchas de las intuiciones que el documental ofrece pueden ser piezas para armar otros recorridos de paseo. A fin de cuentas, quizá ninguno pueda sentirse merecedor del título de “oficial”.

¿Seremos capaces de que el arte no sea sólo un “relleno” de tiempo libre sino una plataforma válida y creativa de evangelización?

A partir de estos subrayados se me ocurre que puede ser interesante mirar nuestro hoy a la luz de lo que el documental nos propone y preguntarnos como educadores: 

– ¿Cómo leemos y acompañamos las militancias juveniles que se expresan en la vía pública o en las redes sociales, con temáticas que “acuerpan”, por ejemplo, las luchas por el medio ambiente y la ecología? 

– ¿Qué provocan en nosotros los reclamos de mayor protagonismo en lo pastoral, lo civil e inclusive lo gubernamental? 

– Las agendas del feminismo y los temas de género, ¿nos siguen sonando a esnobismo, o cosas de minorías o, peor inclusive, a ideologías que hay que combatir? 

– ¿Seremos capaces de acompañar propuestas educativas y pastorales en las que el arte no sea sólo un “relleno” de tiempo libre sino una plataforma válida y creativa de evangelización y muestra de “otros modos posibles” de habitar lo humano?

Concluyo jugando con el título, inspirado en la frase de Billy Bond: “Rompan todo”. Puede que más que ser el modo de poner nombre a lo que ocurrió realmente —no me animaría a afirmar que se logro “romper” y mucho menos “todo”— sea una especie de desafío o de destino, como queriendo decir: “No se crean la historia, es solo un intento. Más bien rompan todo y sigan armando nuevas lecturas del rico acontecimiento que puede seguir siendo el rock latinoamericano y el lugar de las juventudes en nuestras historias”.

La banda Peace and Love corea “Tenemos el poder” durante Avándaro, el primer festival masivo de rock en México, en 1971.

BOLETÍN SALESIANO – OCTUBRE 2021

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