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Pornografía: gratuita y universal, a un click de distancia. Nuestra responsabilidad: estar antes.

Por María Susana Alfaro
msusana.alfaro@gmail.com

En la puerta del baño de nenas apareció un dibujo. Es una escena bien explícita de sexualidad adulta, dibujada con trazo infantil pero con la claridad de quien ha visto lo que dibuja. Al lado, lo que podría ser el guión de un diálogo, da cuenta de una escena de sexo oral entre quien dibuja/escribe y un tal Bruno.

La precisión de detalles nos lleva rápidamente a preguntarnos cuál habrá sido —o estará siendo— la situación que le dio origen. ¿Será una escena tomada de Internet? ¿Será que esta nena está sufriendo situaciones de abuso? ¿Será que los adultos convivientes son “poco cuidadosos” de su intimidad?

Esta es una de las tantísimas situaciones que nos hacen saber que el encuentro de nuestros niños y niñas con la sexualidad genital se está dando de manera temprana, mucho antes de estar en condiciones de entender su naturaleza. Es evidente que hay un grupo importante que está expuesto a ver, escuchar y participar de ella en forma directa, con la gravedad que esto reviste. Pero en la mayoría de los casos, es a través de las pantallas que pueden acceder a materiales de contenido sexual de distinto tipo.

Todo y nada, a un “click” de distancia

Como sabemos, este encuentro no es gratis para la psiquis infantil. La inmadurez de sus cuerpos hace que no tengan cómo encauzar la excitación que experimentan, y los frágiles recursos simbólicos no les alcanzan para poder representarse el sentido de lo que allí ocurre, llevándolos a construir las significaciones que pueden, la mayoría de ellas, cargadas de culpa y de vergüenza.

Lamentablemente, la existencia de material pornográfico de todo tipo a un click de distancia es un gran facilitador de estas situaciones, y si le sumamos la disponibilidad de dispositivos informáticos con cuentas personales a su nombre, vemos cómo niños y niñas en edad de escuela primaria tienen la puerta abierta para participar de conversaciones, escenas y prácticas para las que emocional y psíquicamente no pueden estar preparados.

Las redes sociales salvan su conciencia preguntando al que quiere loguearse: “¿Tienes más de 18 años?”, pregunta que se contesta con un simple “✓”, sin tener que ofrecer constancia de ningún tipo. Así de fácil, desde falsos perfiles, niños y adolescentes que quieren “jugar a ser grandes” quedan habilitados a participar en las redes sin poder dimensionar que del otro lado de la pantalla hay adultos de verdad que no están jugando, y quedan atrapados en sus demandas que los incitan a subir fotos y videos o a sostener videollamadas online a cambio de un “me gusta” o de promesas que, en el mejor de los casos, no se cumplen.

Cuando gozar es obligatorio

En este estado de cosas, nuestros pibes y pibas transitan parte de su infancia hipersexualizados y con altísimos niveles de ansiedad producto de una excitación que no pueden manejar y una vergüenza que no logran explicar.

Al llegar a la adolescencia, inician su vida sexual cargados de imágenes que poco tienen que ver con lo que después sucede: la performance sexual de los protagonistas del material porno, los cuerpos que responden sobradamente al ideal estético, la asunción de conductas de riesgo que no tienen nunca consecuencias, el ajuste milimétrico de los cuerpos y de las intenciones de los participantes…

Todos esos elementos dibujan un ideal inalcanzable que —podríamos suponer— está en la base de la creciente necesidad que refieren los jóvenes de “estimularse” con alguna sustancia para poder sostener relaciones sexuales, atravesados como están por las exigencias que provienen de aquella falacia de rendimiento impecable y la felicidad plena. Nada es más eficaz contra la felicidad que estar obligados a ella y —mucho más aún— a alcanzarla de una manera determinada.

Tomar la palabra, habilitar el deseo

A nuestros chicos y chicas les pasan estas cosas. Habitan este mundo que a nosotros, los adultos, muchas veces nos asusta, pero del que —mal que nos pese— somos responsables. Probablemente no esté a nuestro alcance modificar los filtros de acceso a las redes o sus algoritmos de funcionamiento, que están al servicio de intereses corporativos difíciles de enfrentar, pero sí podemos —y tenemos la obligación moral de hacerlo— acompañar a nuestros chicos y chicas para que no queden lidiando solos con esta realidad.

Si nosotros —padres, educadores— no tomamos la palabra, sobran discursos sobre el tema. Si no estamos ahí para hablar de sexualidad a escala humana, hay cientos de “gurúes” listos para hacerlo con perspectiva de ránking. Si no estamos disponibles para contarles que para nosotros tampoco fue fácil, que muchas veces las cosas no resultan como las esperamos, que el humor puede ser una buena salida y que ni el tamaño, ni los kilos, ni un tatuaje determinado garantizan nada, está toda la industria farmacéutica para asegurarles el máximo rendimiento o —en caso de que eso falle— sacarlos del pozo para que sigan funcionando como si nada les pasara.

Por eso es fundamental que estemos, y que estemos teniendo algo que decir. Algo que no sea un saber acabado, sino que nazca de la experiencia de haber vivido. Compartamos nuestras inseguridades y nuestras búsquedas que, después de todo, no es la perfección sino lo que falta lo que da lugar al deseo.

Animémonos a hablar de sexualidad en las escuelas, en las parroquias, en los patios. Hablemos con ternura, con tiempo, con respeto, con libertad, con cariño. No tengamos miedo a palabras como sexo, género, orgasmo, relación sexoafectiva, sexting y tantas más: tenemos que conocerlas y animarnos a pronunciarlas en voz alta sin temor a que los dioses se escandalicen. Eso sí: cuando las usemos, mezclémoslas con otras como intimidad, suavidad, acuerdo, igualdad, caricia, cuidado, compañerismo, lealtad, proyecto, responsabilidad, amor…

Hablemos de sexualidad con nuestros pibes y pibas y escuchemos, también, lo que ellos tienen para decir, porque seguro tenemos mucho que aprender.

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