¡Qué Dios te bendiga!

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Tenemos necesidad de sabernos amados y protegidos por Dios: ¿y si se lo hacemos saber a los demás?

«La más bella promesa que puede hacerse a una persona:ser una bendición para los demás».

Por Carmen Laval *

Las bendiciones son una de esas cosas que a veces se olvidan entre los creyentes, como si fuesen algo “viejo”, del pasado. Pero la bendición es uno de los temas centrales de la Biblia. Hoy más que nunca nosotros, seres miedosos, ansiosos e inseguros, seres humanos, tenemos necesidad de sentirnos decir que somos amados y protegidos.

Así sucede con tantas bendiciones presentes en la Biblia, de las que compartimos algunas:

1. La bendición de Adán y Eva

Dios los bendijo con estas palabras: ‘Sean fecundos, sean numerosos, pueblen la tierra y gobiérnenla’”. (Gen 1, 28)

Las criaturas humanas fueron claramente queridas por Dios y cubiertas de dones para vivir la dicha de sentirnos vivos y creativos. Cuando las personas forman una familia, trabajan y asumen responsabilidades con los demás y hacia el mundo, inventan, exploran y cuidan, se sienten profundamente felices. Viven la bendición del Creador. Asumen las últimas palabras de Santa Clara: “Te doy gracias, Dios mío, porque me has creado”.

2. La bendición de Abraham

Haré de ti un pueblo numeroso, una gran nación. Tu nombre será famoso. Te bendeciré y serás fuente de bendiciones.” (Gen 12, 2)

Es la más bella promesa que puede hacerse a una persona: ser una bendición para los demás. A veces decimos que una persona es una bendición para la comunidad, para un negocio o para una familia. Sin personas bendecidas, una comunidad no puede resistir. Ellas traen esperanza, optimismo, nuevas ideas, calor y felicidad.

Un misionero contó que cada mañana a las cinco iba a la iglesia a rezar y a meditar. Apenas abría el templo llegaba un anciano catequista que se sentaba en silencio durante una hora. Un día le preguntó qué hacía, y el anciano le explicó: “Recorro todo el pueblo, cabaña por cabaña. Me imagino las personas que la habitan, pienso cómo están, qué sufren y qué cosas necesitan o anhelan. Y después las bendigo. Para hacerlo necesito una hora entera”.

Ese anciano captó el sentido que tiene la bendición e hizo fecunda su ancianidad. Ya no podía trabajar, y bendecía a la gente de su pueblo. Sin duda alguna, él era una bendición para ese pueblo. 

Debemos cambiar las palabras ofensivas que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida. Las palabras de bendición hacen bien al alma. 

3. La bendición de Isaías

En el libro de Isaías, Dios promete a Israel: “Para mí eres muy precioso. Yo te estimo, te amo. Te daré hombres y pueblos a cambio de tu vida”. (Is. 43,4)

Estas palabras valen para nosotros mismos, para cada persona que bendecimos. Bendecir es más que decir una oración de intercesión. Bendecir equivale a decir: “Eres amado por Dios. Dios te estima. Ante Él eres precioso y de gran valor”.

Las palabras de bendición hacen bien al alma. Debemos cambiar las palabras ofensivas que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida. Aquel que es bendecido siente que en la bendición Dios mismo se inclina con benevolencia delante de él, que el Señor pone su mano buena sobre nuestra cabeza y nos habla con amor, nos anima y nos da fuerza y  esperanza.

Muchas personas sufren a causa de un profundo sentido de maldición. La sensación de estar “maldecido” a menudo golpea más fácilmente que la sensación de ser bendecidos.

4. La bendición de María

Cuando María fue a visitar a su prima Isabel, ésta, llena del Espíritu Santo, exclamó: “Eres bendita entre todas las mujeres, y bendito es el niño que tendrás.” 

“Bendita” significa que tiene una dignidad infinita e inviolable, garantizada por Dios mismo. Millones de personas cada día repiten esta bendición. Para María y para todas las mujeres. Las mujeres conocen la gran bendición de la Creación. En ellas brota y florece la vida. Y a través de la vida, las madres transmiten la bendición de Dios a sus hijos.

5. La bendición de Simeón

Aprendamos a bendecir a los seres queridos, a todos aquellos que nos aman y también a los que no alcanzamos a amar.

El viejo Simeón tomó al niño Jesús en sus brazos y lo bendijo: “Dios ha querido que este niño sea un signo de Dios.” (Lc 2, 34)

Cada mañana —¡no tengas miedo!— aprende a bendecir a tus seres queridos, a todos aquellos que te aman y también a que los que no alcanzas a amar. Los niños tienen necesidad de ser bendecidos por sus padres, y los padres necesitan ser bendecidos por sus niños. Todos nosotros necesitamos ser mutuamente bendecidos.

En la celebración hebrea de Bar Mitzvah, el padre bendice al hijo con estas palabras: “Hijo, cualquier cosa que suceda en tu vida, sea que tú tengas o no éxito, que tengas o no salud, acuérdate siempre que tu madre y yo te amamos”.

6. La bendición de Jesús

Lucas concluye su evangelio con estas palabras: “Después los condujo hacia Betania y alzadas las manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se alejó de ellos y fue llevado al cielo. Y ellos después de haberlo adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo”. (Lc. 24, 50-52)

Lucas describe el efecto de esta bendición sobre los discípulos. Adoran a Jesús y vuelven a Jerusalén con gran gozo. No tienen más miedo y la bendición suscita en ellos alegría, certeza de que su vida tiene un éxito positivo y produce fruto, y la confianza de quienes están en las buenas manos de Dios, protegidos y sostenidos por Él.

Y para vos, querido lector, si estás por comenzar el día:

“Dios bueno y misericordioso, bendice esta jornada. Me la has dado para que yo la viva como un tiempo donde tú estás siempre cerca de mí. Bendice todo aquello que hoy emprenderé. Haz que mi trabajo resulte bueno. Bendice a las personas que amo. Acompáñalas y envía a tus ángeles a fin de que las custodien y protejan. Y bendíceme hoy, para que me sea concedido ser fuente de bendición para las personas que encontraré. Amén.”

* Publicado originalmente en el Boletín Salesiano de Italia

BOLETIN SALESIANO – NOVIEMBRE 2021

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