¿Ya fue?

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Salir de la pandemia y acompañar a los hijos adolescentes en el proceso.

Por Adrián Barcas y Valeria Galizzi
adrianmbarcas@gmail.com

Nico, un paciente que está por llegar a los 17 años, se lamenta de cómo el club de fútbol en el que juega está desorganizado después de la pandemia, y siente que él mismo perdió habilidad en estos meses. Juani tiene 16 recién cumplidos, va a una escuela de clase media y me dice en una sesión: “Ya está, no voy a tener nunca una fiesta de quince…”; está resignado, pero no le hace gracia.

Maru recién llegó a sus 18. Ya sabe que no tendrá ni viaje de egresados, ni fiesta ni ninguno de estos rituales que marcan el final de la escuela y de una etapa de la vida. Entre enojada y triste me dice: “Igual este verano nos vamos todos a la costa y la rompemos…”.

Sin duda, muchos adolescentes de nuestro país sufren por cosas aún más profundas o dramáticas que la falta de una fiesta o un viaje. Pero a cada cual le afecta de manera particular lo que la pandemia rompió de su vida cotidiana. No conozco aún datos claros, y tal vez no lleguemos a tenerlos en mucho tiempo, pero tan sólo  “mirar” ciertos entornos juveniles revela con claridad la crisis emocional dejada por la pandemia. Siento que el encierro cuidó la salud física, pero no la salud mental. Tampoco sé si había opción.

Muchos chicos y chicas sufrieron la angustia de la reclusión vivida, que derivó en situaciones de ansiedad, de depresión, incluso de suicidios. La realidad no es chiste y se impone, con fuerte contundencia, la necesidad de prestar atención a las actitudes de quienes nos rodean, procurando ver si requieren de ayuda profesional.

Muchos chicos y chicas sufrieron la angustia de la reclusión vivida. Se impone la necesidad de prestar atención a las actitudes de quienes nos rodean.

“Este verano la rompemos”

Con el aislamiento y las restricciones que parecieran ir cediendo, crece la fuerte sensación de lo que “ya no fue y se fue”. ¿Y ahora qué…? Es indispensable que los adolescentes y jóvenes vivan, que salgan, que disfruten, pero “ojo”… ¿no debemos tener cuidado del “estallido”, el desborde total, tratando de recuperar el tiempo perdido? Las situaciones sin límites van a traer otros problemas. Y el que estaba angustiado, deprimido o constreñido al encierro, si ve la puerta abierta puede lanzarse “a lo loco”: los adolescentes suelen tener dificultades con los «grises» y gustan ir de extremo a extremo. Incluso los más grandes, que ya terminaron la secundaria, pueden ser propensos a esto.

Por extrañar a sus compañeros, para salir al recreo o para estar en el aula, algunos adolescentes y jóvenes se sentían muchas veces desesperados por ir a la escuela. Y bueno, empezaron a ir como es habitual. Pero la costumbre de no ir era cómoda, y pasadas las semanas se hace difícil en muchos casos agarrar el ritmo. Entonces varios aprovechan la flexibilidad de las inasistencias y siguen durmiendo hasta el mediodía.

Los jugadores claves son los hijos: cuanto más grandes, más responsables de sí mismos, pero no podemos dejarlos de lado.

Entre los más grandes, la costumbre de estar en la facultad desde casa sigue. En muchas universidades, la asistencia a clase es aún optativa entre virtual o presencial. Entonces los docentes seguimos viendo las cámaras apagadas y la cantidad de estudiantes que no participan ni para preguntar… ¿están ahí, che?

Algunos consejos

Lo vivido estos meses de pandemia nos afectó a todos. La incertidumbre económica, la convivencia, la salud permanentemente en riesgo: los adultos que llevan la responsabilidad de una familia cargan con estas y otras preocupaciones. Pero una de ellas, la más importante, es la salud de los hijos.

Como padres, ¿qué hacer? Magia, probablemente no; retroceder el tiempo… imposible. Los jugadores claves son los hijos: cuanto más grandes, más responsables de sí mismos, pero no podemos dejarlos de lado. Se me ocurren algunos “tips” que pueden ser útiles:

  1. Interesarse en el estado emocional de la familia, incluso el nuestro propio como adultos. Consultar a profesionales si hay elementos que nos llaman la atención, tales como mucha tristeza, mucho encierro elegido; falta o gran reducción de contactos sociales; fuerte caída del rendimiento académico. Si todo sale bien, la “pandemia” terminará, y no podrá seguir siendo la explicación a ciertas conductas, por lo que debemos estar atentos a estas señales de alarma.
  2. No sobreproteger ni apañar. La sobreprotección es una jaula fatal. Lo único que logra es que los jóvenes no maduren, frenando el desarrollo de su personalidad y su identidad.
  3. Ayudarlos a responsabilizarse de su vida. Que en el fondo es lo mismo que lo anterior, pero desde otra mirada. Darles lugar a que ellos resuelvan sus dificultades y que se choquen contra la pared en aquellas situaciones en las que no les va la vida.
  4. Equilibrar permisos y límites en las salidas y la diversión. Con los más grandes se puede actuar dando sugerencias o indicando situaciones inaceptables.
  5. Procurar que haya orden en el sueño, la alimentación y la asistencia a la escuela. Con los adolescentes grandes, si bien son ellos los que deben marcar sus propios ritmos, está bien aportar lo que podamos y ayudarlos reflexionando sobre el tema.

Vamos saliendo y es momento de seguir siendo resilientes. En muchas personas no quedará más que el recuerdo. En otros, el daño físico o emocional seguirá afectando. Hay que aprender a pedir ayuda, a las personas cercanas y a los profesionales. Y hay que enfrentar las situaciones, sacando de nuestra intimidad más profunda lo que el psicólogo Alfred Adler llamaba el sentimiento de comunidad. Un impulso vital a construir una comunidad humana ideal, donde predominen entre otras cosas la colaboración, y la búsqueda de la vida compartida. Un impulso a darle sentido a la existencia ayudando a los que tenemos cerca y los que no tanto, que los cristianos veríamos tan ligado a la construcción del Reino.

BOLETÍN SALESIANO – NOVIEMBRE 2021

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