Confiar para creer, creer para confiar

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La pandemia y el aislamiento han profundizado una actitud de desconfianza. Pero no podemos vivir desconfiando de todo y de todos.

Por Germán Cuesta
germanarielcuesta@yahoo.com.ar 

Todos somos conscientes de estar viviendo algo inédito. El horizonte se llenó de incertidumbres que se van renovando periódicamente y por más tiempo del que esperábamos. Y en una sociedad muchas veces marcada por el individualismo, fue creciendo paulatinamente un sentimiento de desconfianza.

Quizás comenzó al pensar en las otras personas como posible foco de contagio, incluso nuestros familiares. Andar solos, no cruzarnos con nadie: una nariz afuera del barbijo ya era motivo de sospecha. También colaboraron las idas y venidas respecto a las medidas y los tiempos necesarios para combatir la pandemia —comprensibles frente a un fenómeno tan nuevo—, las demoras en los datos, la desinformación, la incertidumbre económica, por nombrar algunos. Incluso en el ámbito escolar, que se sustenta por entero en la premisa de una confianza mutua, fue instalándose la desconfianza. 

Si bien no se trata de un fenómeno nuevo, ni exclusivo de este tiempo, sin duda la pandemia y el aislamiento han profundizado esta actitud frente a todo y a todos aquellos que tenemos cerca. Va a ser difícil que podamos seguir así.

Pensar siempre bien

Hoy se hace urgente volver a proponernos como comunidad y como sociedad una cultura del encuentro, basada en la confianza mutua. En su última encíclica, Fratelli Tutti (FT), el papa Francisco nos alienta a que es posible la hermandad universal, pero también advierte que se requiere “la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles” (FT 180). Y aclara: “Hablar de cultura del encuentro significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos. Esto se ha convertido en deseo y en estilo de vida” (FT 216).

La pandemia y el aislamiento han profundizado una desconfianza frente a todo el que tenemos cerca

En este sentido, una actitud concreta que puede ayudarnos, aunque algunos puedan tildarlo de exceso de ingenuidad, es “buscar las maneras para pensar siempre bien del otro”. Pensando bien del otro, nos será más fácil hablar bien de él y también buscar la forma de hacerle el mayor bien. Es un simple programa que nos ayudará a desarrollar una mirada empática, para evitar enroscarnos en murmuraciones que no ayudan a crecer como comunidad.

¿Por qué es tan importante cultivar la confianza entre nosotros? En primer lugar, porque no se puede vivir desconfiando de todo. Eso no es vida. La confianza favorece la cultura del encuentro, y nos permite generar un ambiente propicio para desarrollarnos y crecer: la confianza engendra vida. 

Para creer tengo que creer

Vivir con fe es vivir con la certeza de que Dios camina a nuestro lado, en las buenas y en las malas. Es creer en la fidelidad de su promesa: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. Pero para poder abrazar esta certeza previamente necesitamos haberle creído a esa persona que nos la transmitió. Por eso, la fe en Dios necesita primeramente la fe y la confianza en una persona: mamá, papá, abuelos, catequistas, animadores, educadores… No por nada, Dios mismo decidió hacerse uno de nosotros: para enseñarnos el lenguaje del amor en nuestro idioma. De allí podemos pensar que creer en Dios implica primero creer en el otro.

Creer en Dios implica creer en el otro

Nadie se pone en camino tras los pasos de Jesús en solitario, siguiendo su propia intuición o sus deseos de vivir un ideal, ni solamente después de haber leído y estudiado el conjunto de doctrinas que contiene nuestro catecismo. Comenzamos a seguirlo cuando nos sentimos atraídos y llamados por Cristo, que se nos revela en la vida de algún testigo que camina a nuestro lado. ¿Qué hacemos nosotros para que otros crean lo que nosotros creemos?

Necesitamos cultivar una cultura de la confianza, o como dice Francisco, una “fraternidad universal” o “amistad social”, para favorecer el acontecimiento de la fe.

Dar lugar a la pregunta

Como cristianos nos mueve el amor de Dios que otros supieron transmitirnos. Y ese amor nos llama a comunicarlo, a compartirlo. Por eso buscamos que cada joven haga experiencia de ese amor para que pueda acercarse a Dios.

En algunos espacios será necesario hablar explícitamente de Dios y en otros alcanzará con hablar de Él sin nombrarlo, a través de gestos concretos de ternura y de acompañamiento. Probablemente estos gestos provoquen la pregunta sobre nuestras motivaciones profundas; en definitiva, la pregunta sobre Dios.

Por eso necesitamos no perder de vista que somos mediadores de ese amor, pero no destinatarios últimos del cariño y la confianza de los jóvenes. Dice Francisco: “… una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra” (FT 196).

Para hablar, tengo que escuchar

Si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados‒enviados” (FT 227), nos previene Francisco. 

Si queremos ser fieles discípulos de Jesús necesitamos conocer, leer, escuchar y meditar su Palabra, que no es otra que el Evangelio. Hoy más que nunca tenemos que seguir buscando la manera de escuchar la voz de Jesús. Sabiéndonos amados por él, consolados por sus palabras, hospedados por su mensaje, podremos testimoniar “que él nos amó primero”.

Estamos llamados a dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido. Estamos invitados a compartir ese encuentro que hemos tenido con Jesús. Como afirma Francisco: “Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien. La reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida (…) y comprendieron que nadie se salva solo” (FT 54).

Dios nos acompaña en cada momento de nuestra historia, por más difícil que sea. Lo que está en juego es la confianza entre nosotros. Parafraseando a San Juan: ¿cómo creerle a Dios, a quien no veo, si no le creo a los hermanos, a quienes veo?

Fratelli Tutti: hermanos todos

El 3 de octubre, en la ciudad de Asís, el papa Francisco presentó su tercer encíclica, Fratelli tutti. Las repercusiones e interpretaciones llegaron casi de manera simultánea. Pero quienes quieran conocer de “primera mano” las palabras de Francisco pueden acceder al texto completo acá.

BOLETIN SALESIANO – NOVIEMBRE 2020

Confiar para creer, creer para confiar

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La pandemia y el aislamiento han profundizado una actitud de desconfianza. Pero no podemos vivir desconfiando de todo y de todos.

Por Germán Cuesta
germanarielcuesta@yahoo.com.ar 

Todos somos conscientes de estar viviendo algo inédito. El horizonte se llenó de incertidumbres que se van renovando periódicamente y por más tiempo del que esperábamos. Y en una sociedad muchas veces marcada por el individualismo, fue creciendo paulatinamente un sentimiento de desconfianza.

Quizás comenzó al pensar en las otras personas como posible foco de contagio, incluso nuestros familiares. Andar solos, no cruzarnos con nadie: una nariz afuera del barbijo ya era motivo de sospecha. También colaboraron las idas y venidas respecto a las medidas y los tiempos necesarios para combatir la pandemia —comprensibles frente a un fenómeno tan nuevo—, las demoras en los datos, la desinformación, la incertidumbre económica, por nombrar algunos. Incluso en el ámbito escolar, que se sustenta por entero en la premisa de una confianza mutua, fue instalándose la desconfianza. 

Si bien no se trata de un fenómeno nuevo, ni exclusivo de este tiempo, sin duda la pandemia y el aislamiento han profundizado esta actitud frente a todo y a todos aquellos que tenemos cerca. Va a ser difícil que podamos seguir así.

Pensar siempre bien

Hoy se hace urgente volver a proponernos como comunidad y como sociedad una cultura del encuentro, basada en la confianza mutua. En su última encíclica, Fratelli Tutti (FT), el papa Francisco nos alienta a que es posible la hermandad universal, pero también advierte que se requiere “la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles” (FT 180). Y aclara: “Hablar de cultura del encuentro significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos. Esto se ha convertido en deseo y en estilo de vida” (FT 216).

La pandemia y el aislamiento han profundizado una desconfianza frente a todo el que tenemos cerca

En este sentido, una actitud concreta que puede ayudarnos, aunque algunos puedan tildarlo de exceso de ingenuidad, es “buscar las maneras para pensar siempre bien del otro”. Pensando bien del otro, nos será más fácil hablar bien de él y también buscar la forma de hacerle el mayor bien. Es un simple programa que nos ayudará a desarrollar una mirada empática, para evitar enroscarnos en murmuraciones que no ayudan a crecer como comunidad.

¿Por qué es tan importante cultivar la confianza entre nosotros? En primer lugar, porque no se puede vivir desconfiando de todo. Eso no es vida. La confianza favorece la cultura del encuentro, y nos permite generar un ambiente propicio para desarrollarnos y crecer: la confianza engendra vida. 

Para creer tengo que creer

Vivir con fe es vivir con la certeza de que Dios camina a nuestro lado, en las buenas y en las malas. Es creer en la fidelidad de su promesa: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. Pero para poder abrazar esta certeza previamente necesitamos haberle creído a esa persona que nos la transmitió. Por eso, la fe en Dios necesita primeramente la fe y la confianza en una persona: mamá, papá, abuelos, catequistas, animadores, educadores… No por nada, Dios mismo decidió hacerse uno de nosotros: para enseñarnos el lenguaje del amor en nuestro idioma. De allí podemos pensar que creer en Dios implica primero creer en el otro.

Creer en Dios implica creer en el otro

Nadie se pone en camino tras los pasos de Jesús en solitario, siguiendo su propia intuición o sus deseos de vivir un ideal, ni solamente después de haber leído y estudiado el conjunto de doctrinas que contiene nuestro catecismo. Comenzamos a seguirlo cuando nos sentimos atraídos y llamados por Cristo, que se nos revela en la vida de algún testigo que camina a nuestro lado. ¿Qué hacemos nosotros para que otros crean lo que nosotros creemos?

Necesitamos cultivar una cultura de la confianza, o como dice Francisco, una “fraternidad universal” o “amistad social”, para favorecer el acontecimiento de la fe.

Dar lugar a la pregunta

Como cristianos nos mueve el amor de Dios que otros supieron transmitirnos. Y ese amor nos llama a comunicarlo, a compartirlo. Por eso buscamos que cada joven haga experiencia de ese amor para que pueda acercarse a Dios.

En algunos espacios será necesario hablar explícitamente de Dios y en otros alcanzará con hablar de Él sin nombrarlo, a través de gestos concretos de ternura y de acompañamiento. Probablemente estos gestos provoquen la pregunta sobre nuestras motivaciones profundas; en definitiva, la pregunta sobre Dios.

Por eso necesitamos no perder de vista que somos mediadores de ese amor, pero no destinatarios últimos del cariño y la confianza de los jóvenes. Dice Francisco: “… una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra” (FT 196).

Para hablar, tengo que escuchar

Si la música del Evangelio deja de vibrar en nuestras entrañas, habremos perdido la alegría que brota de la compasión, la ternura que nace de la confianza, la capacidad de reconciliación que encuentra su fuente en sabernos siempre perdonados‒enviados” (FT 227), nos previene Francisco. 

Si queremos ser fieles discípulos de Jesús necesitamos conocer, leer, escuchar y meditar su Palabra, que no es otra que el Evangelio. Hoy más que nunca tenemos que seguir buscando la manera de escuchar la voz de Jesús. Sabiéndonos amados por él, consolados por sus palabras, hospedados por su mensaje, podremos testimoniar “que él nos amó primero”.

Estamos llamados a dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido. Estamos invitados a compartir ese encuentro que hemos tenido con Jesús. Como afirma Francisco: “Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien. La reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida (…) y comprendieron que nadie se salva solo” (FT 54).

Dios nos acompaña en cada momento de nuestra historia, por más difícil que sea. Lo que está en juego es la confianza entre nosotros. Parafraseando a San Juan: ¿cómo creerle a Dios, a quien no veo, si no le creo a los hermanos, a quienes veo?

Fratelli Tutti: hermanos todos

El 3 de octubre, en la ciudad de Asís, el papa Francisco presentó su tercer encíclica, Fratelli tutti. Las repercusiones e interpretaciones llegaron casi de manera simultánea. Pero quienes quieran conocer de “primera mano” las palabras de Francisco pueden acceder al texto completo acá.

BOLETIN SALESIANO – NOVIEMBRE 2020

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