¿De vida o muerte?

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Eutanasia: ¿quién decide cómo y cuándo termina la vida?

Ilustración: Unsplash

Por Ricardo Díaz
redaccion@boletinsalesiano.com.ar

La vida nos presenta diversas circunstancias en las que ponemos nuestro empeño, nos alegramos, nos entristecemos, hay momentos especiales particularmente breves, procesos que involucran tiempos largos… un abanico muy variado de situaciones, y en todas ellas, la fe nos propone una mirada, una actitud, una opción, un compromiso, una tarea.

Una de las situaciones de la vida, paradójicamente, es la misma muerte, misterio que desborda el mero fin de determinados procesos biológicos, sin negar la realidad de los mismos. La fe tiene para decirnos sobre la muerte, a la luz de Cristo Resucitado. Es el paso, la propia Pascua, hacia la Vida en abundancia prometida por el Señor que implotó la muerte, venciéndola desde dentro. Sin embargo, nada de esto anula la angustia ante la misma, o el dolor y sufrimiento que pueden precederla, incluso por períodos largos…

No faltan planteos, que nacen también desde una buena voluntad, genuina y sincera, que piden legalizar la eutanasia —literalmente, “buena muerte”—; es decir, terminar con una vida, rodeada de sufrimiento, ante una muerte relativamente próxima —o no tanto—. 

Una de las situaciones de la vida, paradójicamente, es la misma muerte, misterio que desborda el mero fin de ciertos procesos biológicos.

Desde 2009, la Ley 26.529, sobre derechos del paciente, contempla algunas situaciones de “eutanasia pasiva” —es decir, la negativa informada a recibir determinados tratamientos médicos—, pero también hay proyectos de ley en el Congreso para legalizar la eutanasia “activa” o el suicidio asistido.

Acompañar un tema complejo

Ante esta realidad, tan personal y tan respetable, ¿qué podemos decir…? Parece que, antes de decir nada, es mejor acompañar, tener compasión, solidarizarse, amar… y luego se podrá compartir u ofrecer una palabra que calme, oriente, sostenga y anime. Con la mirada fija en Jesús, hombre sano, saludable y sanador, podemos apreciar su cercanía con los enfermos y sufrientes, su empatía con los mismos, una actitud que la comunidad cristiana ha extendido a lo largo de los siglos, procurando seguir su ejemplo, valorando la vida como un regalo que no nos pertenece, sino que se nos ha concedido administrar por un tiempo (Lc. 19, 11-27). Desde este punto de vista, no puede aceptarse la búsqueda deliberada de terminar la vida, por más bienintencionada que sea esta decisión.

Antes de decir nada, es mejor acompañar, tener compasión, solidarizarse y amar.

Sin embargo, la cuestión es más compleja, y, sin traicionar nuestra fe —se puede profundizar en los artículos 2276 a 2279 del Catecismo , podemos reconocer algunas otras cuestiones que es válido contemplar, lo que es particularmente útil a la hora de encarar un diálogo sincero, sereno y fecundo con quienes no comparten la fe, o a la instancia de abordar este tema desde una perspectiva meramente no creyente desde la enfermedad misma.

El compromiso con la vida y con la salud también incluye el auxilio de medidas paliativas, lo que hace a la dignidad humana, aún si indirectamente acortasen la esperanza de vida, en aquellas situaciones en las que la cura no sea posible. Por otro lado, tampoco hace a la dignidad humana el encarnizamiento terapéutico, es decir, aplicar procedimientos para prolongar, más allá de lo razonable, una situación ya final, irreversible y cercana, con dolores asociados.

¿Cansados de vivir?

Puede haber situaciones en las que la calidad de vida haya quedado definitivamente afectada, sin cura médica disponible al momento presente. Es entonces cuando puede surgir el pedido de eutanasia. Puede ser útil pensar en tantas personas que han sabido sobreponerse a dificultades, enfermedades, limitaciones, que incluso han resaltado aún más el esfuerzo realizado por aportar a la comunidad desde la propia situación, por mantener una actitud y un pensamiento positivos, por profundizar y resaltar los vínculos y aspectos fundantes de la vida. Este tipo de referencias no deben ser tomadas como una exigencia, cual deber moral —nadie está obligado al heroísmo—, sino como orientación, ejemplos de aliento, estímulo y ánimo.

Por otro lado, también, aparecen en lugares como Países Bajos planteos similares ante situaciones no necesariamente extremas, sino ante el tedio, aburrimiento o “cansancio existencial”. Esto ya introduce un aspecto nuevo, y muy delicado. La depresión es un trastorno muy extendido, y si no siempre se la percibe como una enfermedad que afecta nuestra salud mental, nuestra calidad de vida, y nuestra capacidad de tomar de decisiones, ¿qué impediría que un sujeto, transitando por una depresión, pida morir para terminar con su vida, a la que no le encuentra un sentido…?

En busca de una buena vida

Aunque no se trata de una situación educativa, sí podemos reconocer la importancia del enfoque preventivo para evitar que se afiancen este tipo de cuadros psicológicos en las personas, la relevancia de difundir socialmente modelos de vida que vayan más allá de un exitismo superficial y aparente o de una acumulación de experiencias agradables, sin una satisfacción espiritual más profunda. Naturalmente, esto también nos lleva a cuestionamientos filosóficos, a preguntarnos por las condiciones de vida de adultos y mayores, en general, que pueden preferir terminar sus días ante la rutina cotidiana, la indiferencia o el maltrato.

Finalmente, no debemos olvidar que la salud también tiene un aspecto financiero —cuestión que merece otro serio y hondo debate social—. Sería tristísimo que se legalice la eutanasia sólo para aliviar los costos económicos de determinados tratamientos. Ninguna persona o familia tendría que verse en la situación de analizar la continuidad de la existencia por una restricción presupuestaria.

Sin lugar a dudas, el complejo dilema asociado a la eutanasia nos pone de frente al problema de la muerte… y de la vida. Como dice la canción, no se trata sólo de “durar y transcurrir”, se trata de “honrar la vida”, en nuestro compromiso firme por defenderla y que brille su dignidad.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – MAYO 2022

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