La cultura de emprender y la fantasía del trabajo ideal.

Por Ricardo Díaz
boletin@donbosco.org.ar
“Queremos que los jóvenes salgan a crear trabajo, no a buscarlo”, decía provocativamente un Ministro de Educación hace unos años, cuando aún no se había producido la revolución de la Inteligencia Artificial.
Por otro lado, parece que el sueño de no trabajar en relación de dependencia se instaló con fuerza entre las generaciones más jóvenes: en una encuesta realizada por la consultora OnePoll, que incluyó más de 25 mil personas de 18 a 40 años en 35 países, el 74% de los encuestados sueña con ser un emprendedor, mientras que el 16% de ellos ya lo logró. La encuesta también demostró que el 29% de quienes deseaban iniciar su propio negocio manifestaron tener «menos miedo al fracaso» que otras generaciones.
El 74% de los encuestados sueña con ser un emprendedor.
En cuanto a las motivaciones –aspecto no menor–, de quienes expresaron estar interesados en el emprendedorismo, se observó que el factor de motivación número uno fue «ser mi propio/a jefe/a» –48%–, seguido por la posibilidad de seguir su pasión –44%– y del deseo de tener más flexibilidad en el trabajo –32%–. Otro hallazgo relevante en la encuesta fue que el 26% de jóvenes buscaba complementar su ingreso. Sobre este último punto, también tenemos la experiencia de crisis económicas pasadas y recientes en las que el emprendimiento personal ha servido como refugio y sostén de la economía de muchas familias. Podríamos sumar algunas posibilidades más –el crecimiento y el aprendizaje personales, la innovación y la creatividad implicadas en un emprendimiento, el impacto social, etc–, pero ya se esboza un panorama sobre el que reflexionar y hacerse preguntas.
Mi propio empleador, mi propio empleado
En primer lugar, el emprendedorismo, especialmente en su versión más imaginada popularmente, se condice con el clima de individualismo que parece cundir actualmente y que desconfía de los proyectos colectivos: se apuesta al esfuerzo individual, que sería pagado en su momento según el estricto mérito de cada quien.
Además, los cambios vertiginosos en el mercado laboral llevan a que muchos jóvenes miren con más expectativa las posibilidades más ágiles y versátiles de los emprendimientos “nuevos” antes que los empleos tradicionales.
No debe olvidarse tampoco que el trabajo formal en relación de dependencia ya no es garantía suficiente de desarrollo personal y prosperidad familiar, por diversos motivos, lo que lleva a los jóvenes a explorar alternativas.
Sin embargo, el concepto de ser “el propio empleador de uno mismo” suele esconder su necesaria contraparte: uno es “el propio empleado de uno mismo”, sin posibilidad de tener ingresos ante circunstancias difíciles –enfermedades, accidentes, etc.– o períodos especiales –vacaciones, licencias, etc.– y demás. Naturalmente, esta perspectiva asusta menos a los 20 años que a los 35; a los 50 ya se desea cierta estabilidad y previsibilidad, y a los 65 las mismas son una necesidad muy concreta… Sin descartar los valores que puede aportar el emprendedorismo, sería necesario no descuidar los mecanismos de Seguridad Social, buscar nuevos criterios e instrumentos para la misma, etc.
Emprender exige mucho esfuerzo, atención, respuestas ante imprevistos, sin horarios de finalización ni de desconexión.
Si bien es cierto que desarrollar una actividad por propia iniciativa habilita una mayor flexibilidad de los tiempos, al no tener horarios que cumplir para un empleador, es cierto que un emprendimiento exige mucho esfuerzo, atención, respuestas ante imprevistos, etc… probablemente sin horarios de finalización ni de desconexión. Es prudente lo que señalan varios encuestados acerca de la conveniencia de ya haber tenido experiencias laborales antes de emprender, conocimientos previos sobre la materia en la que se iniciará una experiencia propia, y demás.
El mercado laboral presenta algunos problemas que merecen ser abordados por las autoridades –elevado grado de informalidad, postergación salarial, etc.– para que la alternativa a estos problemas no sea simplemente abandonar al trabajo como tal… dado que el mismo continúa siendo indispensable como instancia de construcción y producción a escala, como ámbito de socialización, como oportunidad para la unión y la defensa colectivas, como una dimensión de encuentro significativo con camaradas, compañeros, colegas, etc.
Lo que “no”. Lo que “sí”
Emprender no es un rótulo atractivo para disimular bonitamente una triste realidad de precarización laboral, o someterse “por propia voluntad” a la exigencia del algoritmo de una plataforma o una aplicación en el celular, pedaleando o manejando a destajo, a horas imposibles… y a deshoras también –para evitar el temido “no te esforzaste bastante”–.
Emprender tampoco es abrir una cuenta de usuario en una red social, generar contenidos, provocar repercusión, empezar a acumular “seguidores”, monetizar las cantidades de likes, reposteos, etc.
Emprender tampoco es dedicarse a las finanzas, comprando y vendiendo instrumentos derivados, en una actividad que se parece poco a una verdadera inquietud empresaria, y semeja bastante a un casino…
Sería importante que desde las escuelas pueda educarse para prevenir ilusiones irreales y desilusiones dolorosas, mientras se forma para el mundo del trabajo… y de los emprendimientos también. Emprender es cultivar una actitud protagónica ante la vida, vislumbrar una oportunidad, asumir un riesgo, aceptar un desafío, invertir ahorros, hacer circular recursos, cuidar y defender una iniciativa, atravesar distintas etapas, sumar el trabajo de otros, etc. En la medida que podamos reconocer los genuinos valores que porta el emprendedorismo auténtico, sin disfrazar de tal a otras realidades problemáticas, es una alternativa interesante que puede presentarse y ofrecerse a los jóvenes que tengan una posible vocación emprendedora.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – MARZO 2026
