Me llamo José María Brentana

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Por Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar

Me llamo José María. Nací en un pueblo del norte de Italia. Mi familia era muy creyente. Por eso para mí resultó natural en la adolescencia ingresar al seminario, con el deseo de ser sacerdote. Me iba bien en los estudios. Pero fue en ese tiempo cuando, leyendo el Boletín Salesiano con las andanzas de aquellos primeros heroicos misioneros patagónicos, me dio ganas de ser como ellos y de un día para otro me fui del seminario.

Mis padres se sorprendieron ante una decisión que parecía tan repentina. Pero después me apoyaron cuando les pedí ingresar al Oratorio de Valdocco, en Turín, que ya era conocido en toda Italia. Llegué allá con dieciocho años. Lamentablemente por pocos meses no pude conocer a Don Bosco. ¡Me contaron cosas tan hermosas de él! Sin embargo, en Valdocco me recibió nada menos que su sucesor, don Miguel Rua. Él comprendió enseguida mi fuerte deseo de ser misionero, y poco más de un año después, ya estaba embarcándome rumbo a la Patagonia, junto a un numeroso grupo de salesianos.

Mi primer destino fue Uruguay. En Paysandú me dediqué especialmente a aprender español. En Villa Colón, en las afueras de Montevideo, hice el noviciado y mis primeros votos como salesiano. Después fui enviado como parte del primer grupo de salesianos que llegó a Bahía Blanca, ese pequeño pueblo en las puertas de la Patagonia que monseñor Cagliero llamaba “Bahía Negra”, por la visible hostilidad de su gente hacia las cosas de Dios y de la Iglesia, aunque muchos de ellos eran paisanos nuestros italianos.

En Bahía me dediqué con alma y vida al oratorio, que para esos chicos sin nada con qué divertirse se convirtió en su gran entretenimiento. Allí se hicieron famosos por primera vez los títeres que había llevado en la valija desde Italia. Papá les había hecho las cabezas en madera y mamá les cosió las ropas. Yo les puse la vivacidad, el ingenio y las voces a un montón de personajes que, tengo que reconocerlo, terminaron arruinándome las cuerdas vocales ya de muy joven, pero haciéndome famoso en el pequeño pueblo del sur que en ese tiempo tenía apenas unos pocos miles de habitantes. Cuando pasaba vestido de sotana por las calles de tierra haciendo sonar mi campana, todos los chicos venían enseguida detrás de mí al oratorio.

Monseñor Cagliero me ordenó sacerdote en Viedma a los veinticinco años. Enseguida me dediqué, entre otras cosas, a una publicación periódica que se llamó “Flores del Campo” y que siguió saliendo durante muchos años. Pero tengo que reconocer que mi lugar en el mundo fue el Alto Valle. Allí, entre Río Negro y Neuquén, me convertí en cura universal al servicio de todo el mundo. No importaba si eran católicos o no. No había quien no me conociera en la zona. Hasta el tren me paraba en cualquier lugar cuando alguno veía mis señas y distinguía desde lejos mi sotana, para ese tiempo ya de color indescifrable. No había gauchada que no me pidieran en todos lados y a cualquier hora. También fueron muchos los que me dieron una mano, sabiendo que todo lo que recibía era para compartir con los más pobres.

Será por eso que todavía me recuerdan y me quieren tanto por la zona. Hoy hay calles, barrios y escuelas con mi nombre y hasta algunas estatuas por ahí donde en realidad me cuesta reconocerme, porque nunca fui de quedarme quieto en ningún lado. Don Bosco pedía a sus salesianos “Procura hacerte querer”. Y a decir verdad, en eso no me fue nada mal.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – MARZO 2024

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